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MACHU PICCHU (IV): PLANIFICACIÓN y CONSTRUCCIÓN DE LA CIUDAD/ City planning and development

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© Texto y fotografías: José María Fernández Díaz-Formentí

Quizá ningún enclave arqueológico del mundo supere en belleza escénica a Machu Picchu. El lugar en que asienta es realmente impresionante y hermoso, y aunque todo el mundo conoce la imagen clásica de la ciudad con el Huayna Picchu al fondo, se queda sin ver lo que hay a ambos lados, un extraordinario circo de montañas inacabables, cañones, valles, selva y nieves. Uno de los mayores valores de la ciudad es su armónica integración en el espectacular paisaje. Construir una centro urbano hoy en día en un lugar así crearía una fortísima polémica al suponer el destrozo de un paisaje único: sin embargo Machu Picchu no sólo no ha destrozado el paisaje, sino que incluso lo ha embellecido aún más, admirándonos de la armonía que se puede conseguir entre la creación humana y la naturaleza. Este es uno de los principales valores que le ha merecido el reconocimiento de las personas de todos los continentes, que lo han incluido entre las 7 Nuevas Maravillas de la Humanidad.

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Aunque la clásica imagen de Machu Picchu es conocida por casi todo le mundo, quien no lo haya visitado desconoce el extraordinario entorno en que asienta, un circo de montañas inacabables, cañones, valles, selva y nieves

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La magia del lugar y las emociones que suscita han creado el caldo de cultivo para numerosas explicaciones y suposiciones sin apenas base científica, e incluso turismo esotérico, que intenta sacar provecho del encanto del lugar proponiendo captaciones de energía y cosas así. Eran muchas las dudas y enigmas que me planteaba Machu Picchu hasta que mi comprensión y valoración del lugar cambió por completo cuando leí un libro extraordinario,“Machu Picchu. A civil engineering marvel”, escrito por un prestigioso arqueólogo, el Dr. Alfredo Valencia Zegarra en colaboración con un destacado ingeniero civil estadounidense, Kenneth R. Wright. Ambos realizaron un exhaustivo estudio de la ciudad analizando como fue planeada y construida, y como se fueron resolviendo los problemas que planteaba. El libro fue publicado en el año 2000, y su versión en español (“Machu Picchu. Maravilla de la ingeniería civil”) en el año 2006. Basándome en parte en las descripciones de este libro y de otros muchos, así como de mi experiencia personal tras más de 10 visitas al lugar, expondré una síntesis de lo que hoy sabemos acerca de la planificación y construcción de esta ciudad inca.

PLANIFICANDO LA CIUDAD

Cuando Pachacútec decidió fundar en la ladera de Machu Picchu una llacta o célula de colonización, que además sería su hacienda real de descanso vacacional, seguramente puso en graves aprietos a sus ingenieros y arquitectos. Imaginemos el lugar aún intocado y salvaje: una cresta uniendo dos montañas, flanqueada por ríspidos precipicios cubiertos de rocas graníticas y selva impenetrable…

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Los visitantes de Machu Picchu deberían dedicar unos minutos a imaginar el esfuerzo constructivo que supuso edificar la ciudad en un lugar como este. Hoy existen caminos incas, escaleras, andenes, carreteras para autobuses, etc., pero cuando Pachacútec decidió establecer una llacta y hacienda real aquí el lugar era salvaje, agreste y escabroso, en la cresta entre dos montañas, cubierto de rocas, selva y precipicios. La decisión del emperador puso en graves aprietos a ingenieros, arquitectos y encargados de la logística. En esta imagen modificada en el ordenador he intentado recrear el aspecto original que podría haber tenido el lugar antes de comenzar las obras en el siglo XV, sin disponer de ruedas, poleas, caballos, etc. Debajo, su aspecto actual.

Vista desde la llamada Casa del Guardián, Machu Picchu, Cuzco, Perú © Formentí 010 completa

La obra se presentaba muy compleja. A las dificultades arquitectónicas y de ingeniería se sumaban las derivadas de la logística, para abastecer de alimentos, refugio y materiales a la horda de trabajadores desplazados que serían necesarios. Pero era el deseo del emperador, a quien además le gustaba especialmente la arquitectura y los retos constructivos. Lo primero era planificar y proyectar la ciudad, antes de comenzar los movimientos de tierras…

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Como otras llactas y haciendas reales, Machu Picchu tiene un barrio alto (izquierda) y otro bajo (derecha), separados por amplias plazas. Vista de la ciudad desde la cima de la montaña de Machu Picchu, a una altitud 600 metros superior.

Las llactas y asentamientos urbanos incas tienen una serie de elementos y equipamientos comunes, que suelen aparecer en todas ellas, aunque a veces puede estar ausente alguno de esos elementos. Habitualmente hay un barrio alto (Hanan) y bajo (Hurin), separados por una plaza de cierta importancia. En el barrio alto suelen encontrarse construcciones relacionadas con el culto religioso (“templos”) y otras residenciales para la nobleza.

Templo Sol

En el barrio alto (Hanan) se encuentran los edificios más importantes, relacionadas con el culto religioso o las residencias de la nobleza. En la imagen el que se supone fue Templo del Sol.

En el resto de la ciudad se edificaba una plataforma ceremonial (ushnu), el acllahuasi o “Casa de las Escogidas” (Vírgenes del Sol), unas kallankas o galpones de gran tamaño, un sistema de abastecimiento de agua con fuentes o “pacchas” asociadas, almacenes o “qolqas” (para alimentos, ropa y armas), y por supuesto un área agrícola extensa para abastecer de alimentos a la ciudad. Además, había que conectar la ciudad con el resto del imperio, construyendo caminos que salvasen las dificultades necesarias (puentes, túneles, etc) para engarzar con el resto del sistema vial del imperio.

Conjunto 16

Se supone que el conjunto 16, situado en el barrio bajo o Hurin, corresponde al Acllawasi o “Casa de las Escogidas”, donde se encontraban las llamadas “Vírgenes del Sol”, dedicadas a servicios religiosos y de la clase real.

Machu Picchu cuenta con prácticamente todos esos elementos, con excepción tal vez de la plataforma ceremonial elevada (ushnu), si bien nos parece que esta estructura podría haber estado en construcción cuando la ciudad fue abandonada (sector del Templo Inconcluso, junto a la llamada Roca Sagrada). Los ingenieros y arquitectos incas conocían las necesidades y exigencias que imponía Pachacútec para sus llactas y asentamientos urbanos, así que comenzaron la planificación teniendo en cuenta que sería necesario dotar al lugar de todos esos elementos, y además asegurar su durabilidad en un lugar lluvioso y escarpado como este.

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La primera necesidad fue localizar fuente de abastecimiento de agua para la futura ciudad. La falla de Machu Picchu tiene grietas en la roca que colectan el agua infiltrada en el suelo y la canalizan hasta hacerla aflorar en un manantial al sureste de la ciudad. Desde allí los incas construyeron un canal de piedras cortadas y talladas, de 749 m de longitud y 25 m de desnivel.

Lo primero de todo era localizar fuentes de abastecimiento de agua para la futura ciudad. El asentamiento se encuentra entre dos fallas geológicas, una al norte (que se corresponde con el precipicio vertical que muestra Huayna Picchu) y otra al sur, entre la ciudad y la ladera que asciende a la cumbre de la montaña de Machu Picchu. Las grietas de las fallas colectan el agua infiltrada en el suelo y que corre por la ladera, canalizándola entre sus anfractuosidades hasta que aflora de nuevo en un manantial. En el caso de Machu Picchu, los incas localizaron uno en la ladera del cerro homónimo (falla sur), y además estaba algo más alto (25 m)  que la futura ciudad. La captación del agua se cuidó especialmente: se construyó un muro permeable de más de 14 m apoyado en la ladera que recoge las aguas que rezuman en la pendiente. En la base del muro, una acequia recoge las aguas que gotean y fluyen desde el muro, prolongándose dicha acequia en un canal que lleva el agua a la ciudad, atravesando las terrazas agrícolas.

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El canal (en el centro) atraviesa la zona agrícola antes de llegar a la ciudad. Para evitar su contaminación con las aguas de uso agrícola de los andenes situados por encima se construyó una ancha zanja de drenaje de dichas aguas (en la foto a la derecha del canal) 

Su longitud es de 749 m y se construyó labrando y acoplando piedras, pero además controlando su inclinación para hacerla lo más regular posible. Para evitar su deterioro, se construyó una terraza destinada específicamente a sostener el canal y a facilitar el acceso para su mantenimiento. También se cuidó su contaminación construyendo una zanja de drenaje por encima de él, de forma que las aguas sobrantes de las terrazas agrícolas situadas por encima (abonadas con estiércol) no fuesen a dar al canal. Con este acueducto la ciudad tenía garantizado un abastecimiento de agua de 20 a 150 litros de agua por minuto, dependiendo de la época del año y las lluvias habidas (podía verter incluso 300 l/min).

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El canal garantizaba un abastecimiento medio de agua de 20 a 150 litros de agua por minuto.

Además de localizar y canalizar agua, había que conocer bien el relieve y sus posibilidades y limitaciones para edificar una ciudad allí. Se comenzó deforestando la zona mediante quema y corte de troncos con hachas de bronce. Ahora los ingenieros podían tener una idea más cabal del relieve del enclave, con sus montículos, peñascos, rocas, depresiones, etc libres ya de vegetación. Algunos de estos elementos del relieve podrían ser remodelados y otros no: estos factores condicionarían el diseño de la ciudad y sus edificios. Por ejemplo el conjunto conocido como Intihuatana asienta en una colina rocosa natural cuyo desmonte hubiese sido muy costoso, así que los planificadores decidieron revestirla de andenes y construir un edificio religioso en lo alto: el conjunto sería imponente, a modo de una gran pirámide. Las zonas con depresiones podrían transformarse en plazas y las elevaciones remodeladas en áreas residenciales o religiosas. Con estas consideraciones, los ingenieros y arquitectos incas elaboraron maquetas de la futura ciudad, posiblemente modeladas en arcilla o esculpidas en piedra, y se las presentaron al inca, quien seguramente propondría o discutiría modificaciones o deseos personales.

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Tras deforestar la zona, los ingenieros podían tener una idea más cabal del relieve, con sus montículos, peñascos, rocas, depresiones,etc. Parte podían ser remodelados y otros no, condicionando el diseño de la ciudad y sus edificios. Así, los hundimientos podían transformarse en plazas; por el contrario, el conjunto religioso del Intihuatana asienta sobre una colina rocosa natural aprovechada para tal fin, revistiéndola de andenes a modo de gran pirámide, y construyendo un edificio o templete en lo alto. Con el diseño final se presentaron maquetas al Inca, que haría nuevas sugerencias.

COMIENZAN LAS OBRAS: LA CLAVE DE LA PERDURABILIDAD.

Aprobado ya el proyecto por el Inca, llegaba el momento de iniciar las obras. Como los actuales peruanos, los incas conocían bien los problemas de una geografía empinada y lluviosa: el riesgo de corrimientos y desprendimientos de tierras y laderas, o “huaycos”, que hoy siguen produciendo catástrofes y cortes de carreteras. Por tanto, un factor fundamental era garantizar una adecuada cimentación y drenaje de todo lo que allí se iba a edificar. Esta fue la fase más dura e ingrata de la construcción de la ciudad, y Wright y Valencia consideran que supuso un 60% del esfuerzo constructivo del total, es decir, que casi 2 de cada 3 horas invertidas de trabajo están invisibles bajo el suelo.

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Los incas conocían bien los riesgos de una geografía empinada y lluviosa: los corrimientos y desprendimientos de tierras y laderas. Era fundamental garantizar una adecuada cimentación y drenaje, y esta fue la fase más costosa en la construcción de la ciudad: un 60% del esfuerzo constructivo, aunque también es la clave de la perdurabilidad de la urbe.

Para ello iban a ser necesarios cientos de trabajadores mitayos que tendrían que cumplir con su obligación de trabajar para el inca durante muchos meses moviendo y picando las rocas, cavando zonas, rellenando otras, etc. Había que garantizar que todo ello diese buena cimentación a los edificios futuros, así que se construyeron sólidos muros y diques de contención que quedarían bajo tierra, rellenando compartimentos con rocas y cascajo. De esa forma se facilitaría un buen drenaje de las abundantes aguas de lluvia (2000 litros por metro cuadrado y año), evitándose el encharcamiento  de calles y plazas, así como el deslizamiento de laderas y el derrumbe de edificios. Como afirma Wright, “la infraestructura de drenaje de Machu Picchu y sus características especiales contienen el secreto de su perdurabilidad”.

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2 de cada 3 horas de trabajo invertidas en la construcción de la ciudad están invisibles bajo el suelo, en forma de muros subterráneos, rellenos de rocas y cascajo, movimientos de tierras, etc. En esta trinchera abierta por los arqueólogos en la terraza-jardín de la Residencia Real vemos un muro de cimentación, de buena factura pese a ser luego enterrado, y parte de los rellenos de piedra usados para la nivelación y drenaje del suelo que está encima. 

Tener a cientos de trabajadores en este lugar agreste exigiría unas infraestructuras básicas para alimentarlos y guarecerlos, por ello podemos inferir que las primeras construcciones debieron ser los caminos de acceso a la ciudad, el canal de agua y tal vez la zona agrícola. Estas obras facilitarían el abastecimiento, trasiego y remplazo de trabajadores. Tal vez el enorme galpón o kallanka (de casi 50 m de largo y cerca de 250 m2) que se encuentra sobre la llamada “casa del guardián” en lo alto de la ciudad sirvió de alojamiento comunitario para los contingentes de trabajadores en Machu Picchu, y después para los agricultores encargados de los andenes y otros operarios. Asimismo pudo servir de lugar para festividades religiosas de estos contingentes en los extramuros de la ciudad. Los trabajos eran duros: había que picar muchos metros cúbicos de rocas, moverlas con palancas, excavar, cargar tierra, cascajo y grava en canastos y transportarlos para rellenar en otras zonas, cubriéndolas luego con tierra vegetal.

Kallanka

En la parte más alta de la ciudad, sobre la llamada Casa del Guardián, existe un gran edificio (el mayor de Machu Picchu) a modo de galpón de casi 50 m de largo y 250 m2, con 8 portadas con vistas a la ciudad. Este tipo de construcción, llamada kallanka, permitía alojar a un gran número de personas bajo su techumbre vegetal, hoy ausente. Tal vez esta kallanka alojó comunalmente a los trabajadores de Machu Picchu, durante la construcción y también a los agricultores, así como servir de lugar para festivales religiosos de estos colectivos en los extramuros de la ciudad.

 

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Siempre pensando en el drenaje, se construyó una gran zanja colectora separando la zona agrícola (izq) de la urbana (dcha), que recogía buena parte de las aguas que discurrían por los rellenos de piedra del subsuelo. Equivocadamente algunos lo consideran un foso defensivo.

Siempre pensando en el drenaje, y aprovechando una falla menor que ascendía desde el río, se hizo una gran zanja colectora separando la zona agrícola de la urbana que recogía buena parte de las aguas del subsuelo que discurrían por los rellenos de piedra. Se cuidó muy especialmente la parte subterránea de las futuras plazas que se interponen entre las zonas oriental y occidental de la ciudad, pues como ambas están  elevadas sobre las plazas, estas iban a recoger la escorrentía de ambas zonas urbanas. En una excavación realizada en una de las plazas (junto al llamado Templo del Cóndor) apareció, junto a un muro subterráneo y entre el relleno de piedras, un brazalete de oro. Se desconoce el significado del mismo allí, pero tal vez fue parte de una ofrenda durante las fases fundacionales de la ciudad (algo así como cuando un político actual guarda el periódico del día en una caja junto a la primera piedra que comienza un edificio emblemático).

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Se cuidó muy especialmente el drenaje subterráneo de las plazas interpuestas entre las zonas oriental (izq) y occidental (dcha) de la ciudad, pues iban a recoger las aguas de escorrentía de ambos barrios, más elevados como vemos en la foto. De no estar bien drenada, la plaza se transformaría en un cenagal con las lluvias intensas.

El drenaje fue por tanto un concepto siempre presente, no sólo en el subsuelo sino también en superficie. Por muchas zonas de la ciudad se ven canales colectores junto a muros y escaleras, muros con salidas de drenaje (desde patios y calles interiores) e incluso acanaladuras labradas en las rocas basales anexas a algunos edificios que permitían recoger el goteo de la techumbre vegetal.

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Los abundantes canales colectores junto a muros, andenes y escaleras denotan la importancia que se dio al drenaje.

 

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Los patios y calles interiores evacuaban las aguas por canales de drenaje que pasaban a través de los muros. Aquí vemos uno de los que drenaban los patios del Acllahuasi, o Casa de las Escogidas (Vírgenes del Sol) hacia las plazas centrales. El piso del patio interior está a nivel del drenaje, al otro lado del muro.

 

Esta roca, anexa al dorso de un edificio tipo wayrona, tiene labrada una acanaladura destinada a recoger las aguas que goteaban desde la techumbre vegetal, que era mucho más gruesa que la que hoy vemos reconstruida en la parte superior.

Esta roca, anexa al dorso de un edificio tipo wayrona, tiene labrada una acanaladura destinada a recoger las aguas que goteaban desde la techumbre vegetal, que era mucho más gruesa que la que hoy vemos reconstruida en la parte superior.

Aunque extraordinarios constructores, los incas no eran perfectos: pese a sus esfuerzos en la planificación, y como en casi cualquier obra actual, aparecieron problemas durante la construcción. Uno de los más notables para el visitante es el que se ve en el llamado Templo Principal, que no se terminó debido a un importante hundimiento en la pared este, muy gruesa y pesada, para la que no se calculó correctamente la cimentación adecuada (también se ha pensado que lo que ocurrió, más que un error de cálculo, fue un desplazamiento tectónico de la base, teniendo en cuenta que la ciudad asienta en una zona tectónicamente activa). Otro ejemplo no tan apreciable hoy fue el deslizamiento de ladera que afectó a los andenes agrícolas cuando estaban siendo construidos. Dicho deslizamiento desvió la alineación original que tenían las terrazas y obligó a estabilizar el terreno para evitar un desprendimiento mayor, reparando los andenes o rehaciendo sus muros.

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Los incas no eran perfectos, y como en cualquier obra actual de gran envergadura, aparecieron problemas en la construcción: uno de los más notables es el hundimiento de la pared este del Templo Principal (dcha), excesivamente gruesa y pesada para unos cimientos no calculados correctamente, aunque también se ha pensado que podría deberse a desplazamientos tectónicos en la base.

EDIFICANDO LA CIUDAD

La construcción de Machu Picchu  fue realizada en etapas, las últimas de las cuales no llegaron a concluirse. Así, el Templo Inconcluso situado junto a la llamada Roca Sagrada estaba en construcción cuando se abandonó la ciudad. Es un lugar apenas visitado por los turistas, pero de sumo interés por mostrar técnicas constructivas de los incas (rampas temporales para ascender rocas, piedras en fase de ser talladas y encajadas entre sí, etc). Tampoco se concluyó un canal secundario de agua, cuyos bloques estaban siendo tallados y preparándose para ser ensamblados.

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Machu Picchu es una ciudad inacabada. Algunas obras no llegaron a terminarse, como el llamado Templo Inconcluso, muy interesante por ser una obra detenida en plena construcción, lo que nos da informaciones acerca de las técnicas usadas por los incas.

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Tampoco llegó a terminarse un segundo canal de agua. En las terrazas bajo el canal principal hay numerosos bloques tallados con una acanaladura, que no llegaron a ensamblarse entre sí; alguno de ellos quedó abandonado en pleno cincelado del canal. Probablemente un capataz hacía las marcas en cada extremo y el cantero iba labrando el canal que las unía.

Otras veces se alteraban los planes iniciales, y alguna puerta era reconvertida a ventana (un ejemplo se ve en los recintos del Intihuatana); otras ventanas fueron cegadas y transformadas en nichos (el famoso “Templo de las Tres Ventanas”, que Bingham suponía lugar originario de la dinastía Inca por coincidir con las tres ventanas de la leyenda de Tamputocco, en realidad tuvo cinco ventanas dando a la Plaza Principal, pero luego dos de ellas se transformaron en nichos interiores). La entrada al Acllawasi también se incrementó en cuanto a la anchura de la puerta planteada originalmente (se aprecia en las muescas hechas en el pedestal). También se encontraron algunos muros bajo tierra que no parecen tener fines de cimentación sino cambios en la planificación del edificio (se halló uno en el Templo del Sol).

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A veces se alteraron los planes iniciales: aquí vemos una puerta que fue reconvertida a ventana en el edificio del Intihuatana.

 

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El famoso Templo de las Tres Ventanas fue considerado por Bingham el mítico Tamputocco del origen de los Incas, que también tenía tres aperturas. Sin embargo, Bingham no estaba muy atinado, pues el templo no había sido concluido cuando se abandonó y además había sufrido una reconversión en su número de ventanas: originalmente tenía 5, pero las 2 de los extremos fueron cegadas (flechas), pasando a ser nichos interiores.

 

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Una excavación en el patio del Templo del Sol permitió hallar unos muros enterrados que no parecen ser destinados a cimentación: su refinada factura y hornacinas hacen pensar en un cambio de diseño del edificio cuando ya se había iniciado la construcción.

En una primera etapa, con el agua ya canalizada entrando a la futura ciudad, había que decidir dónde ubicar la primera fuente. Cerca de donde llegaba el canal se encontraba una gran roca bajo la cual había una cueva (los incas sentían veneración por esas cavidades, que comunicaban con la Pachamama y donde acostumbraban a enterrar a sus muertos). Parecía un buen lugar para construir la primera fuente y ubicar a su lado, sobre la gran roca y su cueva, un edificio religioso de importancia. Pero además Pachacútec parecía desear que esa primera fuente estuviese al lado de su futura residencia, y así disponer del agua recién llegada en primer lugar. Por tanto, una vez se decidió el lugar para la primera fuente, en la parte alta (Hanan) de la ciudad, se planificó a su vera los conjuntos más importantes de la ciudad, esto es, el Templo del Sol y la Residencia Real.

Templo Sol

Cerca de donde llegaba el canal a la ciudad se encontraba una gran roca bajo la que había una cueva. Los incas sentían veneración por esas cavidades, que comunicaban con la Pachamama y donde gustaban sepultar a sus muertos. Parecía un buen lugar para levantar un edificio religioso de importancia y una primera fuente. Así se edificó el Templo del Sol sobre la cueva, que a su vez pudo tener funciones de mausoleo temporal.

Desde allí se construyeron una serie de fuentes concatenadas, en total 16, de forma que el agua va pasando de una a otra. Este costumbre de escalonar fuentes aparece en otras llactas y enclaves incas, como en las cercanas Phuyupatamarka y Wiñay Wayna (ambas en el Camino Inca a Machu Picchu), Choquequirao, etc. Se ha propuesto un uso litúrgico de esas fuentes, pero tal vez fuese todo más sencillo y estarían a disposición de los habitantes, donde acudían con aríbalos y vasijas a recoger agua. La excepción podrían ser las fuentes 1 a 3 (la nº 3 es monumental y anexa al Templo del Sol), y la 16 (sólo accesible desde el llamado Templo del Cóndor). Cada fuente tiene en su entorno un pequeño recinto en el que cae el agua y luego es canalizada hacia la siguiente fuente. Ese recinto puede ser monumental como en la fuente 3, de mayor tamaño y rocas naturales delicadamente talladas.

Fuente 3

Desde el entorno del Templo del Sol (arriba) se construyeron una serie de 16 fuentes escalonadas, de forma que el agua va pasando de una a otra. La primera de ellas, al dorso del Templo del Sol, parece haber sido de uso exclusivo del Inca, encontrándose al lado de su residencia. La fuente nº 3, en la imagen, es la más monumental, grande y trabajada, y se encuentra frente al Templo del Sol

 

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Cada fuente (en la foto la nº 14) tiene un murete cuadrangular con una entrada y alguna hornacina. Parece que los sirvientes de los pobladores temporales de la ciudad (y luego los empleados de mantenimiento el resto del año) acudían a estas fuentes a llenar de agua sus aríbalos, grandes vasijas que eran transportadas a la espalda. Hoy no siempre se ven las fuentes con agua, no porque no funcione el canal, sino porque el agua es desviada y empleada por los trabajadores de mantenimiento de la ciudad. 

Junto a las 16 fuentes se construyó una escalera que además de facilitar el acceso a las mismas, sirve de comunicación directa entre el sector alto (Hanan) y bajo (Hurin), conectando el Templo del Sol y Residencia Real con el llamado Templo del Cóndor. Hay escaleras por doquier en Machu Picchu, lo que no debe extrañarnos en una ciudad ubicada en una geografía  tan irregular. Las que hoy perviven son las realizadas en piedra, aunque en su época tal vez también las había de madera. Con frecuencia están hechas sobre la propia roca natural del terreno, tallándola minuciosamente y completando los peldaños con piedras cuando es necesario. Las dos principales escaleras de Machu Picchu comunican los barrios alto y bajo: una es la de las Fuentes, ya comentada; la otra asciende a la vera de la residencia real, comunicando zonas muy importantes: un posible Acllahuasi (recinto de las Vírgenes del Sol) en el barrio bajo, con la llamada Plaza Sagrada, rodeada de templos importantes, y desde la que se asciende al Intihuatana (“piedra en la que se amarra el Sol”). También es muy notable la escalera que discurre junto al gran canal de drenaje, entre la zona agrícola y urbana, y por supuesto las de los caminos que unían la ciudad con la base del cañón o con el camino llegado desde Cuzco.

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Junto a las 16 fuentes se construyó una escalera, que además de facilitar el acceso a las mismas, sirve de comunicación  directa entre el sector alto (Templo del Sol) y bajo (Templo del Cóndor)

 

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Hay escaleras por doquier en Machu Picchu, lo que no debe extrañar en una ciudad ubicada en una geografía tan irregular. Las más importantes son las que comunicaban los barrios alto y bajo: una era la de las Fuentes (ver foto anterior) y la otra la de esta imagen, que comunicaba el Acllawasi (Casa de las Escogidas o Vírgenes del Sol) con la llamada Plaza Sagrada e Intihuatana, pasando a la vera del recinto destinado a residencia real (a la izquierda)

REFINADA CANTERÍA

Hacia los años 50 del siglo XV, Pachacútec estaba reformando por completo la capital, Cuzco. Poco antes, en sus conquistas se había adentrado por los señoríos collas cercanos al lago Titicaca y quedó admirado al ver construcciones como las tumbas en forma de torreón (chullpas), con las piedras minuciosamente talladas y encajadas entre sí. La perfección en la albañilería era un antiguo arte altiplánico, ya presente mil años antes en la cultura Tiahuanaco, cuyas ruinas también fueron examinadas por Pachacútec. Así lo cuenta el jesuíta P. Bernabé Cobo en su “Historia del Nuevo Mundo” (libro XII, cap. XIII): ” Llegó Pachacutic a ver los soberbios edificios de Tiaguanaco, de cuya fábrica de piedra labrada quedó muy admirado por no haber visto jamás tal modo de edificios, y mandó a los suyos que advirtiesen y notasen bien aquella manera de edificar, porque quería que las obras que se labrasen en el Cuzco fuesen de aquel género de labor.” El inca decidió llevarse los maestros canteros collas al Cuzco para aprovechar su sabiduría en el arte de tallar y encajar las piedras, y enseñar su destreza a los albañiles cuzqueños. Emprendió la construcción de gran número de edificios notables “al modelo de los edificios que había visto en Tiaguanaco“. El material de cantería en la capital era más duro y compacto (granitos como la diorita) que en el altiplano (rocas ígneas como la andesita, equivalente de la diorita pero de origen volcánico-magmático y por tanto más porosa).

Muro occ

Inspirado en la cantería de los señoríos collas del altiplano cercano al lago Titicaca, Pachacútec fomentó la mejora en la albañilería inca, dando lugar a un estilo de construcción denominado “Inca Imperial”, caracterizado por la exquisita perfección en el tallado y ajuste de sus bloques con formas de paralelepípedos. Este tipo de albañilería refinada se reservaba a edificios nobiliarios y religiosos. En Machu Picchu hay ejemplos magníficos como el muro occidental del Templo del Sol, un detalle del cual vemos en la imagen. Cuando Bingham lo examinó quedó maravillado: la gradual reducción en la anchura de las hileras crea un efecto estético de gran armonía, que hizo a Bingham referirse a este muro como “el más bello de las Américas”.

El trabajo de los maestros canteros en el Cuzco, y tal vez los gustos personales solicitados por Pachacútec, dieron lugar a un estilo de cantería y construcción denominado “Inca Imperial”. Se caracteriza por la exquisita perfección en el tallado de los bloques, de formas regulares (paralelepípedos), encajados entre sí con total precisión (es imposible introducir una hoja de afeitar entre ellos), en filas regulares. Los muros muestran unos grados de inclinación, de un 4 a 6 % (no son verticales a plomo), y con frecuencia se apoyan en rocas naturales vistas, a las que se ensamblan los bloques con la misma perfección que entre sí. Las puertas, portadas, ventanas y nichos en los muros son trapezoidales. Son ejemplos paradigmáticos el Qoricancha (Templo del Sol y “capillas” aledañas) de Cuzco, el antiguo Acllahuasi (calle Loreto), el sector Intihuatana de Písac, etc. En Machu Picchu aparecen ejemplos espléndidos, sobre todo en el llamado Templo del Sol.

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En el estilo de bloques poliédricos megalíticos las piedras también encajan con perfección, pero los bloques son con frecuencia poliedros de gran tamaño, con numerosos ángulos y formas. Conseguir su encaje debió ser muy complicado. Quizá el ejemplo más notable en Machu Picchu es el llamado Templo de las Tres Ventanas. En Cuzco existen otros imponentes como en la calle Hatun Rumiyoc (Piedra de los Doce Ángulos) o en los bastiones de Saqsaywamán.

Este estilo imperial parece haber sido el preferido por Pachacútec, aunque convivió con otros como el de bloques poliédricos megalíticos. En este último las piedras también encajan a la perfección, pero sus formas no son regulares como en el anterior, sino poliedros de gran tamaño, con numerosos ángulos y formas. Conseguir encajar a la perfección estos bloques debió ser mucho más complicado. Quedan magníficos muros en Cuzco (calle Hatun Rumiyoc, Sacsayhuamán…) y en  ciudades como Machu Picchu (ej. en el llamado Templo de las Tres Ventanas). Otro estilo de albañilería era el “celular”, así llamado porque los bloques, también ensamblados con extraordinario ajuste, son de tamaños más pequeños y regulares y recuerdan a las células de un tejido vistas al microscopio. Por último estaba el más rústico o “pirja”, donde los bloques apenas eran trabajados.

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En los muros más rústicos (“pirja”) las piedras eran escasamente trabajadas, lo que no ha impedido su estabilidad con los siglos. Muchos de ellos eran revocados y enlucidos con arcilla pintada.

En Machu Picchu aparecen estos estilos de cantería excepto el celular más típico, pues tal vez este último tuvo más auge en décadas posteriores a Pachacútec, sobre todo en tiempos de su hijo Túpac Inca Yupanqui (en su hacienda real de Chinchero hay magníficos ejemplos) y de Huayna Cápac. No siempre los estilos son puros, y con frecuencia los sillares muestran características intermedias, aspecto almohadillado, etc. La cantería más cuidada y exquisita se reservaba a edificios religiosos y a las residencias reales o de nobles de alto rango. A veces se combinaba con cumbreras no tan refinadas, quizá por quedar parcialmente ocultas por la gruesa techumbre vegetal, o porque se enlucían con arcilla pintada. Los pulcros muros de estilo Inca Imperial no eran enlucidos o revocados para no ocultar su belleza, pero sí aquellos de cantería más tosca (pirja). Para ello se usaba arcilla en varias capas, que a veces era pintada. Además de mejorar el aspecto del muro, dificultaba el asentamiento de arañas e insectos de la selva montana.

 

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En Machu Picchu abundan ejemplos de sillares de estilos intermedios, con aspecto almohadillado, sin la regularidad del estilo Inca Imperial pero sin llegar a poder clasificarse en el estilo celular, probablemente posterior. En la foto, templo del Intihuatana. Se aprecia el desagüe de la terraza superior.

 

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A veces las cumbreras se construían en un estilo menos refinado que el muro basal. Tal vez esa zona alta era revocada, enlucida y pintada, y exteriormente apenas era visible dado el espesor de la techumbre vegetal. Edificio de tres paredes, tipo wayrona, junto al Templo del Sol y Fuente Monumental nº 3. El muro basal es poliédrico megalítico y las cumbreras de pirja rústica.

Normalmente la privacidad en esos sectores reservados a la nobleza o a los servicios religiosos se aseguraba mediante una muralla perimetral con una portada trapezoidal. A diferencia de otras portadas trapezoidales de acceso a otro tipo de recintos, las que permitían la entrada a espacios religiosos o residencias de personajes importantes se distinguían por tener doble jamba. Esta es una deducción más basada en el examen de las construcciones incas, pero en el caso de Machu Picchu hay una excepción muy notable que  hace tambalear la hipótesis: la considerada “Residencia Real” tiene una puerta de acceso discreta, angosta, en medio de una escalera sin descansillo y sin doble jamba. Todo ello puede hacernos dudar que la supuesta residencia del Inca no fuese tal.

 

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Los accesos a sectores reservados a la nobleza o servicios religiosos se efectuaban por portadas trapezoidales de doble jamba, como esta del Grupo de las Tres Portadas en el barrio inferior. 

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Esta portada de doble jamba, semiderruida o inacabada, se encuentra por encima del Templo del Sol y Residencia Real.

Por otra parte, tres de las puertas de Machu Picchu disponen de un aparente sistema de cierre interior, a base de argollas y clavos líticos en el muro para supuestamente amarrar puertas de troncos atados. Las citadas puertas son la que da acceso a la ciudad desde el Camino Inca llegado de Intipunku, la de entrada al conjunto considerado Acllawasi (Templo de las Vírgenes del Sol) y la de la entrada al Templo del Sol. Bingham propuso un conocido esquema de como serían estas puertas de troncos y su fijación, que ha sido unánimemente aceptado. Sin embargo soy algo escéptico con ello. El Inca Garcilaso, en sus “Comentarios Reales de los Incas” refiere que los Incas no utilizaban puertas en sus templos ni en las casas. Todo lo más una cuerda o palo, a veces una cortina, indicaban que el propietario estaba ausente o por alguna razón no se debía pasar. Quizá estas argollas y clavos tenían esa función y no colocar una puerta de farragoso cierre que tal vez se trata solo de una suposición resultante de nuestra lógica “occidental”, pero que no parece tener antecedentes andinos.

Esta puerta hallada en el santuario costero de Pachacámac es probablemente similar a la que cerraba el acceso al habitáculo en el que estaba la imagen de este dios. Se trata de una puerta con función delimitadora o indicadora de un espacio vetado, dada su endeble naturaleza, pues cualquier agresión mínima (patada) la desbarataría. Pensamos que las puertas de Machu Picchu, cuando existieron en contados lugares, tendrían una naturaleza y consistencia similares, y no las puertas defensivas de troncos que plantea Bingham…

En la expedición de Hernando de Soto al santuario costero de Pachacámac (1533) hay referencia a una puerta que cerraba el acceso al lugar en que se guardaba el ídolo de este dios, que Estete nos describe como “muy tejida de diversas cosas: de corales y turquesas y cristales y otras cosas. (…) y según la puerta era curiosa, así tuvimos por cierto que había de ser lo de dentro”. Hace unos años en dicho santuario apareció una puerta en otro recinto que puedo ser similar a aquella. Se trata de una puerta elaborada con palos o cañas entretejidos, forrada con una tela a la que se cosieron conchas de “mullu” (Spondylus sp), que seguramente eran esas “otras cosas” de las que habla Estete. Hay que reseñar que no ofrece ninguna protección física real hacia el interior del habitáculo, y que parece haber sencillamente servido como delimitadora de un recinto ceremonial de acceso restringido, que nadie osaría violar sin autorización. Estete también habla de unos guardas que vigilaban la entrada. Pachacámac era heredero de una antigua tradición cultural costera, cuyo auge había comenzado 5 o 6 siglos atrás, mucho antes de los Incas, que habían incorporado esas tierras y santuario a su imperio unos 50 años antes. Los incas realizaron ampliaciones y construcciones en el lugar, fusionando estilos típicamente serranos con los costeños. Tal vez el tipo de puerta y su función que se describió (y luego se halló) en Pachacámac sea aplicable a las tres portadas de Machu Picchu que tienen un sistema de sujeción interior. Se trataría de puertas para delimitar recintos especiales e indicar que el paso estaba restringido o vetado. Pensamos que en un lugar de la naturaleza de Machu Picchu (hoy apenas ningún investigador sostiene su función defensiva o militar) sería innecesario cerrar esos recintos de forma inexpugnable, sobre todo los interiores.

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Los incas no usaban puertas en sus casas. Bastaban unas cuerdas, palos o cortinas de lana o tela para indicar que el acceso estaba prohibido. Algunas portadas de acceso a lugares vedados al público (residencias de nobles, templos, Casas de Escogidas, etc) disponen de aparentes sistemas de sujeción para fijar unas supuestas toscas puertas hechas de troncos amarrados entre sí; la sujeción interior a la portada se aseguraría mediante una argolla superior y unos amarres en las jambas. Un ejemplo lo podemos ver en esta portada del Templo del Sol. En las fotos siguientes vemos los detalles de las piezas de sujeción. Pero tal vez se trate solo de una suposición derivada de nuestros prejuicios “occidentales” respecto a la necesidad de una puerta…

 

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Detalle del sillar tallado en una de las jambas para amarrar la supuesta puerta lateralmente (¿o sencillamente una cinta?)

 

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La argolla sobre el dintel proporcionaría una mayor fijación a la supuesta puerta; otra de estas argollas se puede ver en la puerta principal de acceso a la ciudad. Advirtamos que en la argolla no se aprecian signos de desgaste por fricción de cordajes.

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Este esquema muestra la hipótesis planteada por Bingham acerca de como pudo ser el cierre de una de estas puertas, concretamente la puerta principal de la ciudad (National Geographic, abril, 1913). El sistema era ciertamente farragoso y nos preguntamos si no se trata simplemente de una extrapolación de nuestros prejuicios occidentales respecto a la necesidad de una puerta convencional, dado que los incas no las usaban. 

 

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Los incas aprovechaban sin problema los afloramientos de roca natural para edificar encima sus construcciones. La maestría en el tallado y ajuste de piedras les permitían adaptar los sillares a la roca natural con la misma perfección que entre ellos. El Templo del Sol (o “Torreón”) es un magnífico ejemplo. En la foto siguiente podemos ver un detalle.

 

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Detalle de la fotografía anterior, donde se ve el exquisito encaje entre la roca natural y los sillares de estilo Inca Imperial. Resulta imposible introducir una cuchilla de afeitar entre ellos, pese a no haberse utilizado argamasa o cemento alguno.

Para levantar un muro se comenzaba por cavar una zanja, intentando buscar apoyo en la roca basal (si esta estaba asomando se tallaba y se construía encima). Luego se rellenaba con bloques líticos que, pese a que no iban a quedar a la vista, se acoplaban con esmero para conseguir buena estabilidad. A partir del nivel del suelo se iba alzando el muro, que habitualmente era doble, con una capa de piedras hacia el exterior y otra al interior. Para dar cohesión entre las dos capas y solidez al muro, a intervalos se colocaban bloques de amarre atravesados, pasando de la capa externa a la interna. Durante la construcción se dejaban protuberancias ocultas en las caras superiores y/o inferiores de bastantes bloques (sobre todo en los esquineros), con concavidades en los que asentaban por encima o debajo para recibirlas. De esta forma las hileras quedaban más sujetas entre sí, sobre todo en muros de estilo inca Imperial o de bloques poliédricos, pues en ambos no se usaba mortero alguno (sí en los rústicos de pirja). Con mucha frecuencia, en la capa interna del muro se dejaban nichos trapezoidales alineados. A medida que se alzaba el muro, su espesor iba descendiendo, en correlación también a la inclinación del 4-6 % que muestra, de forma que en la última hilera, el espesor medio de un muro es de  unos 80 cm.

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Los muros se construyeron adosando dos capas de piedras, una interior y otra exterior. Para darles cohesión y solidez, a intervalos pasan bloques de amarre atravesados de una capa a otra, como vemos en extremo de este muro del Templo Principal (foto izq). Derecha: Los muros incas tienen una característica inclinación de un 4-6%, que hace que el espesor del muro se reduzca a medida que sube (callejuela en el Grupo de las Tres Portadas)

 

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Parte superior del llamado Templo Principal, donde se aprecian las dos capas de sillares.

Y UNA CRÍTICA… ¿HACIA UNA DISNEYLANDIA INCA?

En este punto debemos hacer una advertencia y una crítica. Cuando el visitante examina las construcciones de Machu Picchu, lamentablemente no siempre está viendo los muros incas 100% originales. La ciudad ha sido sometida a varios planes de actuaciones desde hace una centuria. El abandono de 4 siglos en un lugar húmedo y selvático permitió el crecimiento de una exuberante vegetación. Grandes árboles se desarrollaron aferrándose a sus muros y hastiales, lo que trajo consigo la alteración estructural de algunos de ellos e incluso el derrumbe de cumbreras y algún muro. Las tareas que se ejecutaron en el último siglo en la ciudad fueron de dos tipos, unas acertadas y necesarias (consolidación y refuerzo de andenes y muros próximos a derrumbarse, numerando y recolocando piedras en su posición original); otras creemos que desacertadas e innecesarias, como la de reconstruir cumbreras de tejado o hastiales “inventados”, usando las piedras desparramadas en el suelo tras su derrumbe siglos atrás y donde es ya imposible saber como estaban acopladas de forma original (si es que alguna vez lo estuvieron, pues Machu Picchu tiene edificios inconclusos). Peor aún, a veces se edificó algún edificio casi por completo, inventándolo a partir de sus cimientos remanentes (mostramos un ejemplo en las fotografías más abajo).

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Durante el último siglo, Machu Picchu ha sido sometido a diversas actuaciones, algunas convenientes y acertadas, como las destinadas a evitar desplomes de estructuras que peligraban, consolidando numerando y recolocando en su posición original las piedras de cumbreras, andenes y muros próximos a derrumbarse…

El autor de estas líneas visitó por primera vez Machu Picchu en 1979, y la última en 2016. Es sorprendente (y triste) comparar las fotos de ambas fechas, y estas a su vez con fotos más antiguas. Francamente no comprendemos esa obsesión por reconstruir los hastiales y algunos muros derribados. Algunos visitantes han sentido una gran decepción por esta cuestión. El prestigioso fotógrafo Galen Rowell quedó admirado por la ciudad en 1994, pero también escribió de forma demoledora (en su libro Galen Rowell’s Inner Game of Outdoor Photography): “Machu Picchu está cambiando para siempre. Los muros que aguantaron bien las fuerzas de la naturaleza, no están soportando la influencia de Disneylandia”: el autor observó como unos trabajadores levantaban hastiales con los bloques recogidos del suelo para completar el aspecto que podría haber tenido la estructura original. “Cuando le pregunté al supervisor acerca de la simulación, hizo gestos hacia cientos de personas que acababan de llegar en el tren y dijo: “Turismo”. Su gobierno le había ordenado que recreara un Machu Picchu virtual imitando el éxito de los parques temáticos americanos (…)” sacrificando “ahora su patrimonio para lograr divisas. (…) Machu Picchu, aunque merezca la pena verse, ahora me parece como un anuncio digital en el que la realidad aparente resulta sospechosa“.

Quizá el panorama que presenta de Galen Rowell sea excesivo. La mayor parte de lo que nos muestra Machu Picchu todavía es realmente original, y no es una ciudad “artificial”, a modo de la Disneylandia inca que presenta. Pero si es cierta (y suscribo) su crítica ante esas actuaciones. Una ruina es una ruina, y el visitante da mucho más valor a poder examinar el estado en el que superó los siglos y a ver muros originales que no a reconstrucciones e interpretaciones actuales (hay hastiales reconstruidos en edificios de los que ni siquiera sabemos si estaban terminados en época inca). Y si es necesario rehacer una estructura por alguna razón, el visitante tiene derecho a saber que es original y que partes no. Creo que la UNESCO y el Instituto Nacional de Cultura deben poner fin a este tipo de actuaciones, por no decir que se vuelvan a desmontar las “creaciones” del pasado siglo hasta devolver a la ciudad al estado en que estaba, suficientemente interesante per se. Los turistas pagan mucho dinero por visitar Machu Picchu, y así como creemos que tienen derecho a una información veraz sobre lo que visitan, su sentido, función, etc, también lo tienen respecto a la originalidad (o no) de lo que observan.

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Otras actuaciones, en cambio, nos parecen innecesarias y excesivas, desvirtuando la naturaleza original de los restos hasta extremos que parece que solo pretenden crear un parque temático inca. Esto era lo único que quedaba en pie, de forma original, de un antiguo edificio en la cima de Huayna Picchu, en una de mis visitas en el año 1996: apenas una portada, pero auténtica…

 

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…y esto es lo que el visitante se encuentra desde inicios del siglo XXI. Evidentemente es una reconstrucción en su práctica totalidad, más bien invención. ¿Quién sabía como fue originalmente la distribución de los muros, sus vanos, nichos, alturas, etc?. Al comparar las fotos vemos que se ha respetado la disposición de las piedras y dintel de la puerta, pero todo lo demás es inventado. La práctica totalidad de los visitantes dan a este edificio por inca original, pero evidentemente no lo es en absoluto.

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Creo que la UNESCO y el Instituto Nacional de Cultura deben poner fin a este tipo de actuaciones, por no decir que se vuelvan a desmontar las “creaciones” del pasado siglo hasta devolver a la ciudad al estado en que estaba. Los turistas pagan mucho dinero por visitar Machu Picchu, y así como creemos que tienen derecho a una información veraz sobre lo que visitan, su sentido, función, etc, también lo tienen respecto a la originalidad (o no) de lo que observan.

El prestigioso historiador de los Incas Luis E. Valcárcel no era partidario de hacer trabajos de restauración “si en primer lugar no se ha hecho un estudio técnico serio“. El no menos prestigioso arqueólogo Roger Ravines se muestra muy crítico con algunas acciones en Machu Picchu, “cuyo objetivo final fue y es fundamentalmente hacerlas atractivas al visitante (…) echándose a perder los rastros que el suelo conservó intangibles durante varios siglos. Toda reconstrucción es condenable. Denota una falta de respeto por la historia y es un escarnio a la verdad. Es, además, falta de sensibilidad ante la página de los siglos. Los secretos anhelos de perduración que tiene el espíritu y que afloran del subconsciente cuando contemplamos ruinas, se resienten al descubrir el engaño.(…) Entonces la reprobación inicial se expresa impetuosamente en reproche, al reconocer la teatralidad del asunto y la ignorancia de sus mentores.” (R. Ravines ” Machu Picchu: un siglo de intervenciones en su arquitectura”, en el libro Machu Picchu. Sortilegio en piedra de F. Kauffmann Doig (2013). En la misma línea reflexionaba el filósofo alemán Georg Simmel en 1924 sobre el verdadero valor de una ruina: “La ruina es la forma actual de la vida pretérita, la forma presente del pasado, no por sus contenidos o residuos, sino como tal pasado. En esto consiste también el encanto de las antigüedades; y solo una lógica roma puede afirmar que una imitación exacta de lo viejo lo iguala en valor estético.”

PICAPEDREROS, CANTEROS Y ALBAÑILES

La cantera es todavía visible en la zona oeste de la ciudad: allí trabajaban picapedreros con martillos también de piedra, palancas y cinceles de bronce. Aprovechando y agrandando fisuras naturales de la roca, se extraían bloques graníticos de variados tamaños que luego eran transportados a los edificios en construcción. Dada la ausencia de animales de tiro (la llama no es útil para este fin) y de la rueda, el transporte era a base de fuerza humana. Para ello se utilizaban troncos de árboles regulares, usados como rodillos, así como cantos rodados y palancas de madera que complementaban el empuje. Esas palancas, hábilmente usadas para producir a la piedra un movimiento de vaivén, podían ser muy eficaces. Si el bloque era muy grande, se desplazaba tirando con sogas un grupo numeroso de trabajadores. Para subir las piedras grandes a zonas altas del barrio o levantarlas para colocarlas en un muro, se construían rampas y planos inclinados temporales con piedras y tierra, que luego se desmontaban. Una de ellas aún es visible en el llamado Templo Inconcluso.

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Machu Picchu fue edificada en granito. En la zona suroeste de la ciudad se encuentra la cantera de donde se extrajo la mayor parte de las piedras con que se construyó.

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Vista de la ciudad desde la cantera: allí trabajaban picapedreros con martillos, palancas y cinceles agrandando las fisuras naturales de la roca para extraer bloques de variados tamaños.

 

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Todavía se aprecian los cimientos de las rústicas cabañas circulares de los picapedreros en la cantera

 

Los bloques de granito eran transportados desde la cantera a los edificios mediante fuerza humana, tirando con sogas, con rodamientos de troncos o piedras redondeadas en la base y mediante movimientos de vaivén con palancas. Dibujo de Guamán Poma de Ayala (ca 1615).

Los bloques de granito eran transportados desde la cantera a los edificios mediante fuerza humana, tirando con sogas, sobre rodamientos de troncos o piedras redondeadas en la base y ayudándose mediante movimientos de vaivén con palancas. Dibujo de Guamán Poma de Ayala (ca. 1600- 1615).

 

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En el Templo Inconcluso la obra parece haberse interrumpido hace pocos días. En la foto podemos ver algunos bloques que estaban siendo transportados cuando se detuvieron las obras,

 

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Para subir las piedras grandes a zonas altas del edificio o del muro se construían rampas o planos inclinados temporales, que luego se desmontaban. En la imagen vemos una de estas rampas en el Templo Inconcluso.

En cuanto a las herramientas utilizadas hemos visto algunas de las que encontró el equipo de Bingham en sus excavaciones hace un siglo (véase “Machu Picchu II” en este mismo blog). La herramienta principal del picapedrero y cantero era muy sencilla: una simple y pequeña piedra martillo, con forma redondeada y sin mango, que el trabajador sujetaba entre el pulgar y el resto de sus dedos cerrados. Con el se desbastaba la pieza en bruto y sus irregularidades. Estos martillos de mano fueron muy abundantes, y algunos quedaron incluso olvidados o depositados en el seno de ciertos muros. Además se utilizaron otras herramientas de bronce y piedra, como  cinceles, buriles, tumis (cuchillos de bronce en forma de T invertida) y palancas. Estas últimas podían ser de madera, para grandes piezas, o más pequeñas, en bronce y con sección rectangular. También se emplearon plomadas (se halló alguna de plata) y hachas de bronce, usadas para cortar troncos de árboles y preparar maderas, vigas, palancas, etc.

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La principal herramienta para trabajar la piedra no pudo ser más simple: una pequeña piedra martillo, redondeada y relativamente aplanada, sin mango y sujeta por la mano del picapedrero. Con ella se desbastaba la piedra en bruto y sus irregularidades. También se usaron palancas y cinceles de bronce. Para cortar troncos y maderas se usaron hachas del mismo material amarradas a un mango (en el centro de la imagen vemos dos de ellas, con su parte superior prevista para dicho amarre)

El ajuste fino se conseguía inclinando el bloque y echando una capa fina de arena en la superficie receptora del mismo: al bajar de nuevo el bloque, las zonas protruidas dejaban su impronta en la capa de arena, y el cantero las iba eliminando con su pequeño martillo hasta conseguir un buen encaje, momento en el que retiraba la arena. En el Templo Inconcluso se ve una piedra abandonada cuando se estaba trabajando en ella para ajustarla al muro: está apoyada sobre el mismo, inclinada unos 45º, como esperando el regreso del cantero con su martillo de piedra para seguir trabajándola hasta calzarla con los bloques contiguos. 

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En lo alto del Templo Inconcluso aparecen multitud de piedras que estaban siendo trabajadas por los canteros cuando la obra fue abandonada.

 

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Este dibujo de Guamán Poma (ca 1615) muestra a los “amojonadores deste Reino”. Los albañiles y canteros trabajaban la piedra con sus cinceles y martillos para lograr un ajuste entre ellas que en muchos edificios fue extraordinario.

 

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De nuevo en el Templo Inconcluso encontramos un muro muy interesante: una de las piedras estaba siendo ajustada a otras cuando se interrumpió la obra. Para ello se había inclinado unos 45 º atrás, lo que permitía el acceso a la cara que apoyaba en los bloques inferiores. Extendiendo arena y bajando la piedra, el cantero podía examinar las improntas que dejaban los salientes de la piedra y así identificarlos y eliminarlos.

COMPLETANDO EDIFICIOS

Los tejados eran de material vegetal amarrado a armazones de palos, listones, pontones y vigas de madera, que a su vez se sujetaban a las cumbreras de piedra. Para ello se dejaban asomando en ellas argollas y unas prolongaciones o clavos líticos que facilitaban el sólido amarre de la techumbre usando cuerdas y lianas resistentes.  Otras veces dejaban huecos en la cantería de la cumbrera para recibir en ellos las vigas de madera que sustentaban el tejado. En edificios alargados de tres paredes, tipo wayrona, la zona abierta muestra a veces una columna de piedra para dar apoyo a una viga. Para facilitar la rápida evacuación de las aguas del tejado en un clima lluvioso, las cumbreras tenían una pendiente  acusada.

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Los tejados eran de material vegetal amarrado a armazones de vigas y listones de madera. En este edificio de tres paredes (wayrona) junto a la llamada Roca Sagrada, se ha reconstruido la techumbre según el estilo inca, aunque el grosor de la capa vegetal debió ser considerablemente superior.

 

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Para sujetar su armazón a las cumbreras, se dejaban en las mismas huecos en la cantería para recibir las vigas de madera (1), así como clavos líticos sobresaliendo (3) para facilitar el sólido amarre de la estructura; en edificios grandes de tres paredes tipo wayrona (como el inacabado Templo de las Tres Ventanas) se colocaba a veces una columna de piedra (2) para dar apoyo a la viga. 

 

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Otro ejemplo de hueco para apoyar una viga de madera y clavos líticos para amarrar el armazón del techo; se aprecian también pequeñas argollas de piedra para fines similares (edificio 17 del conjunto 9 o Grupo de las Tres Portadas)

 

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Reconstrucción del armazón del techo en un edificio tipo wayrona: se aprecia la viga principal del vano entrando en el hueco preparado para ella.

 

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El armazón de la techumbre se amarraba a los clavos de piedra dejados en las cumbreras utilizando cordajes de fibras vegetales (magüey, lianas, etc) y tiras de cuero. No está aún muy claro la  forma en que se armaban y sujetaban los techos: esta reconstrucción muestra una de las posibilidades.

Las maderas utilizadas en el armazón del techo y los manojos de material vegetal que sustentaban se unían mediante cuerdas elaboradas con lianas, fibras vegetales (ichu, magüey…) o animales (pelo de llama, tiras de cuero).  Encima se cubría de una gruesa y densa capa vegetal; aunque en otras zonas de los Andes el material más usado para techos es el ichu (paja altiplánica frecuente en los Andes por encima de los 3800 m), Machu Picchu está algo alejado de zonas con abundancia de ichu, por lo que recurrían a plantas locales de la selva de montaña para ese fin, como helechos arbóreos (Cyathea spp) y carrizos (Phragmites spp). Probablemente incorporaron las técnicas usadas por los indígenas antis conquistados, que entrelazaban hojas de plantas anchas y coriáceas con cutículas muy impermeables y resistentes, como las de algunas palmeras. Este tipo de techumbre necesitaba un mantenimiento probablemente anual, pues la alta pluviosidad, humedad y calor tropical deterioraría con rapidez la cobertura vegetal, perdiendo su impermeabilidad. Para ello parece que se colocaban nuevas capas de material sobre el que mostraba deterioro o filtración, pues analizando la posición de las canaletas de desagüe en la base de algunos muros, se puede inferir que los techos tenían gran espesor.

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El armazón de los techos se cubría de una espesa capa vegetal, que en la zona de Machu Picchu debió ser a base de carrizos, hojas de palmeras y helechos arbóreos. 

 

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Almacén (qolqa) en la zona agrícola, en el que se ha reconstruido la techumbre vegetal; el espesor de la cobertura vegetal debió haber sido más grueso. Se aprecian los clavos líticos de amarre.

 

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Otros edificios en el sector agrícola: Dada la alta pluviosidad y el clima tropical, estas techumbres debieron necesitar un mantenimiento anual, quizá a base de acumular más material encima que cubría las partes deterioradas y filtraciones.

En Machu Picchu hay edificios de dos pisos, aprovechando las laderas empinadas. El suelo del segundo piso se hacía con un armazón de troncos y palos que se apoyaba en un escalón preparado a tal efecto en el muro. Finalmente se cubría de tierra apisonada. El acceso al piso superior no parece que se hiciese desde el interior sino desde una puerta independiente más alta en la pendiente en la que se construían estos edificios. Los pisos de las casas y plazas también se nivelaban y regularizaban con piedras, guijarros, arena y tierra apisonada.

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Algunos edificios de Machu Picchu tienen dos pisos, en su mayoría aprovechando el desnivel del terreno, de forma que hay una entrada al piso superior independiente a la del inferior.

 

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El suelo del segundo piso se hacía con un armazón de troncos y palos que se apoyaba en un escalón preparado a tal efecto en el muro. Luego se cubría de arena y tierra apisonada.

 

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Los pisos no tenían escalera interior. En esta imagen vemos las puertas que daban acceso al piso superior.

Así se fueron completando los barrios de Machu Picchu, aunque como sabemos quedaron edificios, canales, etc sin terminar. En nuestro anterior artículo (Machu Picchu III) hemos visto como fue despoblándose durante la guerra civil entre Huáscar y Atahualpa y la posterior conquista española. Los albañiles, canteros y otros trabajadores, ya sin capataces que les guiasen, fueron abandonando sus trabajos, tal vez reclutados por Manco Inca durante su sublevación contra los españoles. Sin mantenimiento, los techos se pudrieron y hundieron pronto, las bromelias se fijaron a los muros, junto con líquenes y musgos que ya nadie arrancaba… Machu Picchu, una maravilla de la creación del Hombre, fue poblado apenas un siglo. Millones de horas de trabajo que la selva engulló durante 350 años. Los edificios y obras inacabadas parecen aguardar el regreso del cantero al siguiente amanecer, pero como escribió Neruda en su poema “Alturas de Machu Picchu”…

No volverás del fondo de las rocas.

No volverás del tiempo subterráneo.

No volverá tu voz endurecida.

No volverán tus ojos taladrados.

Mírame desde el fondo de la tierra,

labrador, tejedor, pastor callado:

domador de guanacos tutelares:

albañil del andamio desafiado...”

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Muro en construcción con rampa temporal para subir los sillares desde el otro lado de la foto. Pensamos que las obras del Templo Inconcluso tal vez fueron interrumpidas en abril de 1536, cuando Manco Inca hizo un llamamiento general a la rebelión contra los españoles, reclutando miles de mitayos y trabajadores a sus filas. Salvo por las puyas crecidas entre las piedras, la construcción parece haber sido detenida hace unos días, como esperando el retorno de los canteros en cualquier momento, un retorno que ya nunca llegará… 

© Texto y fotografías: © José María Fernández Díaz-Formentí /http://www.formentinatura.com Prohibida su reproducción sin autorización.

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AUSANGATE, los colores del Apu

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© Texto y fotografías: José Mª Fernández Díaz-Formentí. Prohibida su reproducción total o parcial.

Entre Cuzco y el lago Titicaca, separando los inicios del Altiplano de la selva amazónica, se encuentra el imponente macizo del Ausangate, uno de los “Apus” o montañas sagradas de los Incas. Aparte de su importancia tradicional, cultural (en sus laderas se celebra la famosa fiesta de Qoyllur Rit’i) y destino andinista o de diversos “treks”, el lugar es paisajísticamente un continuo espectáculo, especialmente por sus colores de formaciones cretácicas, que brotan a lo largo de los Andes, desde Argentina hasta el Perú, en lugares muy concretos. La policromía geológica se refuerza por la luz pura de los altos Andes, creando paisajes indescriptibles e inesperados. Hace unos años, al regresar de una caminata por el Ausangate, llegué muy impresionado de lo que había visto y fotografiado. La conocida revista peruana “Caras” me pidió un puñado de fotos y sus textos para un pequeño artículo en la misma, cuyo PDF podéis ver en el enlace. Son solo unas pocas imágenes de los muchos cientos que tomé con colores asombrosos, en especial en Yauricunca: estaba allí extasiado. Llegar fue duro (3,5 días caminando siempre entre 4400 y 5100 m), pero cuando me vi frente a Yauricunca todas las fatigas se disiparon. Hubiese podido estar allí el resto del día. Estaba a 5000 m de altitud, con viento y un frío helador, pero no importaba. El espectáculo era de ensueño: las ondulaciones de color de la montaña parecían moverse, gracias a las sombra de las nubes tipo cúmulo que el viento movía, alternando luces y sombras sobre esa paleta de colores. Fue una de esas veces en las que te sientes extasiado en un lugar. En la revista solo sale una foto del lugar (no se ve el grandioso conjunto que recogí en otras imágenes), pero sirve de muestra…

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QUINUA SÍ, “QUINOA” NO

Paquete de granos de quinua, Oruro, Bolivia © Formentí 003 copia

© Texto y fotos: José María Fernández Díaz-Formentí (2016)

Los Andes centrales (Perú, Bolivia, Ecuador) han sido uno de los ocho grandes centros mundiales de domesticación de plantas. Difícilmente podemos concebir la alimentación actual de la humanidad sin patatas, tomates, alubias o pimientos, por ejemplo. Estas son sólo algunas de las muchas decenas de plantas domesticadas desde hace más de 7000 años en la región andina y que se han incorporado a la dieta universal. Otras muchas tenían orígenes próximos, como el cacao, la yuca, el cacahuete, etc., pero fueron las culturas andinas quienes las incorporaron y difundieron por su territorio, exportándolas a otras zonas de América.

Sin embargo, no todas las especies han tenido la difusión universal que se merecerían. En el catálogo de plantas domesticadas en los Andes figuran especies extraordinariamente nutritivas, de cultivo fácil incluso en condiciones duras (heladas, sequías, tierras pobres…), que por estigmatización como “comidas de pobres “ o “de indios” no han encontrado todavía difusión fuera del área andina, privando a la humanidad de mejorar el estado nutricional de millones de personas en otros continentes como África o Asia. En los últimos años, instituciones internacionales como la FAO, INTERMON-OXFAM, NASA, etc. han comenzado a percatarse del enorme potencial que ofrecen plantas como la quinua. No obstante, la distribución y popularización mundial sigue a lento ritmo, y otras muchas plantas igualmente valiosas aún no han merecido la necesaria atención, como la kiwicha, oca, numerosas variedades de patatas, kañiwa, etc.

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La incorporación de valiosos alimentos andinos es un proceso que no terminó con la patata, tomate, alubias o pimientos. Continúan existiendo plantas de extraordinario poder nutritivo pendientes de ser incorporadas a la alimentación mundial. Mercado de San Pedro, Cuzco, Perú

UNA ZONA CALIENTE DE BIODIVERSIDAD.

Los Andes centrales y sus vertientes (orientales y occidentales) constituyen una de las regiones más biodiversas del mundo, sino la que más. Ello se debe a la combinación de su ubicación en la zona tropical del planeta, asociada a una gran elevación altitudinal, superior a los 6000 m, lo que por la progresiva reducción de la temperatura al ascender en altitud crea una serie de pisos bioclimáticos. Cada uno de ellos tiene unas condiciones de temperatura media anual que imposibilita el desarrollo de unas especies o favorece a otras. A ello se une la presencia de dos mundos contrapuestos separados por la cordillera: a un lado la selva amazónica, un medio exuberante y muy húmedo que al encontrarse con los Andes va ascendiendo por sus laderas orientales. La temperatura decreciente hace que se vaya entonces diversificando en varios tipos de bosque. En la vertiente occidental, por el contrario, los Andes se encuentran con el océano Pacífico, que en esa zona es recorrido por la corriente de Humboldt, procedente de la Antártida. En esas costas se encuentra el más árido desierto del mundo.

Agricultores aymaras en sus campos. Altiplano del lago Titicaca, Perú

Agricultores aymaras en sus campos. Altiplano del lago Titicaca, Perú

Hace unos 7000 años o algo más, los antiguos pobladores de los Andes iniciaron un apasionante proceso de domesticación de muchas de las plantas que iban conociendo. Se trata de una sistemática que comienza con la recolección de las plantas silvestres antecesoras, su cultivo (inicialmente son plantas genéticamente idénticas a las silvestres) y finalmente una gradual selección por parte del agricultor de aquellos especímenes que mostraban características morfológicas y/o fisiológicas que resultaban más favorables para su aprovechamiento (ciclos biológicos más rápidos, resistencia a agentes climáticos o plagas, mayor producción de semillas, mejor sabor, etc). Esta selección orientada por el hombre durante siglos o milenios, terminó por fijar en la planta domesticada diferencias morfológicas y genéticas respecto a las plantas antecesoras silvestres.

Plantación de quinua en las riberas del lago Titicaca, Perú

Plantación de quinua en las riberas del lago Titicaca, Perú

ORIGEN Y EXPANSIÓN DE LA QUINUA

La quinua (Chenopodium quinoa), es una planta andina originaria del altiplano peruano y boliviano que rodea al lago Titicaca, entre Sicuani (Cuzco) y Potosí (Bolivia). Existen indicios de su domesticación por los pueblos andinos hace unos 7500 años, a partir de plantas silvestres. Está presente en antiguos yacimientos peruanos (Ayacucho, 5000 aC) y del norte chileno (Tarapacá, Calama y Arica, 3000 aC), donde también se comerciaba con ella en el 1000 aC; sus semillas se encontraron en tumbas chilenas de los Tiltil y Quillagua. En las excavaciones de la cultura Chiripa (primer milenio aC), en el entorno del lago Titicaca, aparecen sus granos de forma dominante respecto a otros, con signos de domesticación, pues sus semillas son mayores que en registros arqueológicos anteriores.

La quinua comenzó a ser domesticada hace 7500 años por los pueblos andinos de los altiplanos que rodean al lago Titicaca

La quinua comenzó a ser domesticada hace 7500 años por los pueblos andinos de los altiplanos que rodean al lago Titicaca. En la cultura Tiahuanaco fue ya un alimento de gran importancia junto con la patata. Puerta del Sol (detalle). Tiahuanaco, Bolivia

Su sucesora, la cultura Tiahuanaco, fue muy dependiente de la quinua y la patata, pues en el altiplano boliviano no es posible cultivar exitosamente el maíz. Aunque de forma relativamente escasa para su frecuente uso, también aparece representada en el arte precolombino y las numerosas referencias de los cronistas españoles del siglo XVI demuestran su importancia alimenticia, cuyo cultivo fue propagado por los incas en su imperio, desde Pasto y Nariño (Sur de Colombia) hasta Tucumán y Catamarca (Argentina). A su vez, los araucanos extendieron el cultivo más al sur del río Maule que les separaba de los incas, llegando hasta Valdivia y Chiloé. Por el norte los pueblos chibchas (muiscas, quimbayas…) propagaron por las sabanas de Bogotá y Cundinamarca (Colombia) el cultivo de la “suba” o “pasca”, que era el nombre con el que conocían a la planta.

Puesto de venta de quinua, kiwicha, kañiwa, etc en el Mercado Central de San Pedro, Cuzco, Perú © Formentí 027

Los antiguos pobladores de los Andes consumían el grano de la quinua hervido, a veces acompañándolo de hierbas. Las hojas se cocinaban como potaje, molían el grano para hacer harina, o lo fermentaban para hacer bebidas similares a la chicha obtenida al someter a dicho proceso al grano del maíz. Además la planta tenía otros variados usos, de forma que los incas la llamaban “el grano madre” y le daban un aura sagrada. El soberano inca inauguraba el año agrícola sembrando la primera semilla de quinua con un simbólico arado de pie hecho de oro, y en las fiestas solsticiales era una de las ofrendas de los sacerdotes al sol, presentada en vasos de oro. Sus semillas se almacenaban en los depósitos estatales (collca) para abastecer a las tropas del ejército incaico en sus desplazamientos a lo largo del imperio.

Collca

Como la patata y el maíz, la quinua fue parte fundamental en la dieta del hombre andino, y lo sigue siendo. Los incas tenían almacenados estos alimentos en depósitos estatales (qollcas) para abastecer a sus ejércitos en tránsito o a la población en caso de hambrunas. Conjunto de qollcas incas en Raqchi, cerca de Sicuani (Perú)

La domesticación de la quinua debió ser compleja y larga en el tiempo, comenzándose por el aprovechamiento de las hojas de sus predecesores silvestres como verdura (“jatacho” o “llipcha”). Todavía hoy algunas comunidades indígenas de los Andes hacen ese tipo de recolección de las Chenopodium silvestres. Pronto se emplearían también sus semillas, de enorme valor nutritivo. Durante el proceso de selección genética se escogieron plantas que condensasen la inflorescencia en el extremo de la planta, pues esto simplificaba mucho la recolección; en la cultura Tiahuanaco, s VI-IX dC, todavía se representan plantas de quinua con varios espigones florales, lo que puede indicar una domesticación aún incompleta.

Museo Hipólito Unanue, Huamanga, Ayacucho.

Cerámica Huari del yacimiento de Conchopata con quinua estilizada. Museo Arqueológico Hipólito Unanue, Huamanga, Ayacucho.

 

Representación de planta de quinua en vasija Tiahuanaco (Bolivia)

Representación de planta de quinua en vasija Tiahuanaco (ca s. V-IX dC, Bolivia) con varios espigones florales, que podría indicar una domesticación aún incompleta o transitoria hacia la variedad cultivada hoy, con la inflorescencia condensada en el extremo de la planta.

 

Quinua

Al avanzar en la domesticación de la quinua, se fueron seleccionando y fomentando las plantas que agrupaban sus inflorescencias en lo alto, pues esto facilita la recolección posterior del grano. Planta de quinua en la obra de Martínez Compañón Trujillo del Perú en el siglo XVIII. 

También se fueron escogiendo las plantas de mayor porte y mayor tamaño de semilla, y se propició la selección de ejemplares cuyas semillas no requiriesen periodos durmientes antes de su germinación: las cáscaras finas en la semilla fueron preferidas, pues se hidratan más fácilmente y germinan sin mayor latencia. Cruzando diversas especies de Chenopodium, la planta fue cada vez más mejorada para el uso humano: a partir del Ch. hircinum silvestre, el cruce con Ch. carnolosum le aportó mayor resistencia a las sales y humedad, Ch. pallidicaule (kañiwa) la hizo más resistente al frío (esta especie vive en grandes altitudes de la puna andina), y la forma y porte resultante se influenció por el aporte genético de Ch. petiolare. Hoy existen básicamente cinco grandes tipos, cada uno con numerosas variedades: la quinua de los valles (zona quechua y jalca, 2000-3800 m, plantada con maíz y patatas), la del altiplano (por encima de los 3800-4000 m, más pequeña y de rápida maduración), la de los salares (3000-3600 m, de semillas mayores), la adaptada a nivel de mar (Chile y Perú) y la subtropical (valles bajos de Bolivia).

Espigón floral de la quinua. Cercanías de Chucuito, Lago Titicaca, Perú

Espigón floral de la quinua. Cada pequeña flor dará lugar a un grano. Cercanías de Chucuito, Lago Titicaca, Perú

La quinua es planta poco exigente para su cultivo. Crece desde el nivel del mar (Chile y costa del Perú) hasta más de 4000 m cerca del ecuador, aunque su óptimo parece el de las zonas quechua y suni (2500 m – 4000 m). Resiste bien las heladas moderadas (excepto al florecer), los calores esporádicos, y las sequías, creciendo incluso en suelos pobres, ácidos y salinos. Los cultivos proporcionan de 3 a 5 toneladas de grano por hectárea, lo que supone un rendimiento muy similar al del trigo en la misma región.

Kacha Kacha, Acora, Puno

Además de su alto valor nutritivo, la quinua es una planta estoica capaz de adaptarse a condiciones duras de cultivo, resistiendo heladas, calores y sequías, y pudiendo crecer en suelos pobres, ácidos y salinos. Plantación de quinua (primer término) en Kacha Kacha, Acora, Puno, Perú

 

Plantación de quinua entre Puno y Chucuito, lago Titicaca, Perú

Los cultivos de quinua, como este entre Puno y Chucuito (lago Titicaca, Perú), proporcionan de 3 a 5 toneladas de grano por hectárea, lo que supone un rendimiento muy similar al del trigo en esa misma región.

SUPERALIMENTO ANDINO

Nutricionalmente, la quinua es uno de los granos (no es un verdadero cereal) más valiosos y completos que existen. Su contenido en proteínas es más elevado que en los cereales debido a que el embrión de la planta es proporcionalmente mayor que en aquellos. Así, mientras el trigo tiene un 13 %, el arroz 7 % y el maíz 9 % de proteínas, la quinua aporta un 16-23 %, esto es, el doble de la media; además el aporte de aminoácidos que ofrece (ej. lisina, metionina y cisteína) supera a prácticamente cualquier otro cereal verdadero (muy deficitarios en lisina) o legumbres como las alubias (deficitarias en metionina y cisteína). Además tiene un 58-68 % de almidón y un 5 % de azúcar. Los lípidos suponen un 4-9 %, de los que la mitad es un ácido graso esencial, el linoleico.

En cuanto al contenido mineral (calcio, fósforo, hierro) también se encuentra a mayor concentración que en otros cereales. Todo ello hace a la quinua un alimento tan compensado que puede ser un perfecto sustituto de la carne desde el punto de vista nutricional, pues está extremadamente próximo a los estándares propuestos por la FAO para la nutrición humana.

Quinua

Uso

Los granos permiten un gran número de preparados de buen sabor (sopas, harinas, pasta, tortas, etc) y de altísimo valor nutritivo. Quinua de Oruro (Bolivia)

Los granos miden 2 mm y tienen una cubierta de sabor amargo debido a su contenido en saponinas, que debe ser eliminada por lavado. Hoy existen métodos industriales para hacerlo. Una vez eliminadas esas cáscaras se pueden hacer harinas, sopas, pastas, “cereal” de desayuno, tortas, bebidas fermentadas, etc. Incluso hay variedades que permiten hacer palomitas de quinua. Y combinadas con otros alimentos como el maíz, patatas, otros cereales, etc. resultan comidas con buen balance nutricional. Las hojas también pueden ser consumidas en ensalada o potaje (similar a las espinacas), y también son buen forraje para animales domésticos.

las hojas

También las hojas de la quinua son un buen alimento, utilizable en ensaladas, potajes o como forraje de animales domésticos.

“COMIDA DE INDIOS”

Es sorprendente que un grano nutritivamente tan valioso, de buen sabor y fácil cultivo no fuese adoptado para el consumo por los españoles a su llegada a los Andes. Algunas de las causas pudieron ser las siguientes:

1.- Por un lado, la llegada de vacas y ovejas y la expansión de su ganadería aportó proteínas en buenas cantidades a la dieta, restando importancia a las que proporcionaba la quinua.

2.- Los colonos llegados de la península vinieron también las semillas usadas en su alimentación tradicional (trigo, arroz, cebada, avena), que además tenían gluten y permitían su fermentación para hacer pan, cosa no factible con la quinua.

Cebada

Los españoles llegados a los Andes prefirieron fomentar el cultivo de sus cereales capaces de ser fermentados gracias a su contenido en gluten (trigo, cebada, avena…). Plantación mixta de cebada y quinua a orillas del lago Titicaca, Chucuito, Perú

3.- El buen sabor de este grano es apreciable tras eliminar su cáscara amarga y jabonosa, y es posible que los colonos probasen los granos en bruto, sin apreciar por ello su buen gusto.

4.- Tampoco debía ser planta muy bien vista por los religiosos y extirpadores de idolatrías, dado el carácter sagrado que tenía para los incas y su uso como ofrenda en ritos paganos.

5.- El sistema agrícola tradicional cambió con la implantación de las “reducciones”, que concentraban la menguada y dispersa población indígena en pueblos mayores y de más fácil organización, fomentándose cultivos entre los que no figuraba la quinua. Poco a poco su cultivo fue relegado a aldeas remotas y los criollos y mestizos la despreciaban como “comida de indios” hasta años recientes, sin valorar su aporte proteico que era cubierto sobradamente (y con más distinción social) por la carne fresca, pollo y pescado.

Quenista de

La danza del Auqui Puli en las fiestas de Santiago de la isla de Taquile evoca en sus zarcillos el grano de la quinua, salvador del pueblo aymara a modo de maná en el pasado. Quenista del Auqui Puli, isla de Taquile, lago Titicaca, Perú

EL MANÁ DE LOS ANDES

La sabiduría tradicional de los pueblos andinos ya advertía desde antiguo acerca de las posibilidades de la quinua como planta salvadora de hambrunas. Una vieja leyenda aymara cuenta que mucho tiempo atrás hubo una pertinaz sequía que agostó la naturaleza, matando todo los animales y plantas. El altiplano y las punas parecían un erial polvoriento. Los hombres deambulaban famélicos, sin rumbo, hasta que un día el cielo se encapotó, se levantó una ventisca y sobre los campos de muerte de esa puna reseca cayó una nieve menuda de cuyos granos brotaron inusitadamente unas plantas, que pronto maduraron y produjeron abundantes y menudos frutos que salvaron a los sobrevivientes. Se trataba de la quinua. Los hombres observaron atentos como crecía y se desarrollaba su planta salvadora, y en su alabanza crearon una serie de danzas llamadas “puli” (derivado de “pula” = espiga o racimo), que hoy se siguen bailando en las fiestas altiplánicas más importantes. Los atuendos de los bailarines hacen alusión a las hojas y espigas de la quinua, con penachos (evocación de las espigas florales), cintas de colores y zarcillos de pequeñas y numerosas cuentas a modo de semillas.

danza

Los penachos que los músicos del Auqui Puli lucen en sus cabezas hacen alusión a las hojas y espigas de la quinua.

Desde los últimos decenios del siglo XX comenzó un renovado interés por la quinua, que se ha contagiado a instituciones de Naciones Unidas y otras como INTERMON-OXFAM, por su elevado interés nutricional para países del tercer mundo o en vías de desarrollo. Así, podría ser de gran utilidad en cultivos de zonas tropicales incluso elevadas, como Etiopía, Himalaya, Tíbet y sureste asiático. Dado que es muy frecuente la malnutrición infantil en muchas de estas zonas, la harina de quinua y sus semillas malteadas supondrían una extraordinario alimento para los niños cuando abandonan la lactancia materna. La riqueza en proteínas (bastante superior al trigo), minerales y vitaminas, unido al estoicismo de la planta que facilita su cultivo en diferentes ambientes incluso difíciles para la mayoría de las plantas y a su buena productividad, la hacen una planta con un futuro prometedor.

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La quinua no ha tenido hasta ahora la aceptación y difusión mundial de otras plantas americanas como la patata, el maíz, la yuca, las alubias o el tomate, pero, aunque con un imperdonable retraso de 500 años, parece que va llegando su hora. El año 2013 fue declarado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) como Año Internacional de la Quinua “en reconocimiento a los pueblos andinos que han mantenido, controlado, protegido y preservado la quinua como alimento para generaciones presentes y futuras gracias a sus conocimientos tradicionales y prácticas de vida en armonía con la madre tierra y la naturaleza”.

Alternativas color quinua

La FAO “tomó nota de las excepcionales cualidades nutricionales de la quinua, su adaptabilidad a diferentes pisos agroecológicos y su contribución potencial en la lucha contra el hambre y la desnutrición. La quinua es reconocida y aceptada en el mundo como un recurso natural alimentario de alto valor nutritivo de origen andino, constituyéndose en alimento de calidad para la salud y la seguridad alimentaria de las actuales y futuras generaciones. El objetivo del Año Internacional de la Quinua fue centrar la atención mundial sobre el papel que juega la biodiversidad de la quinua y su valor nutricional, en la seguridad alimentaria y la nutricional y la erradicación de la pobreza, en apoyo al logro de los objetivos de desarrollo convenidos internacionalmente, incluidos los Objetivos de Desarrollo del Milenio” (http://www.fao.org/quinoa-2013/es/).

Plantación de quinua entre Puno y Chucuito, Puno, Perú © Formentí 017

QUINUA SÍ, QUINOA NO

Con casi 500 años de retraso, la quinua va comenzando a ser conocida en España. Pero lamentablemente se está generalizando erróneamente el término “quinoa” para designarla, que es inadecuado en nuestro idioma pues se trata del nombre anglosajón de la planta. Quinua (acentuado en la “i” como “quínua” y no “quinúa“) es el nombre afortunadamente aceptado por la Real Academia de la Lengua Española e incorporado al Diccionario de dicha institución, y nunca “quinoa”. El error de llamarla así se está generalizando y muchos pensamos que hay que corregirlo cuanto antes. En numerosos envases de empresas que la comercializan en España figura como “quinoa”, manteniendo, fijando y divulgando alarmantemente el error entre la población y vendedores. Como estudioso y fotógrafo del mundo andino y amazónico desde hace más de 35 años, he visitado docenas de veces los países andinos, donde la quinua es originaria, y nadie allí la llama “quinoa”, ni en las ciudades ni en los medios rurales.

La palabra quinua viene del quechua (se pronuncia igual, kínua o kinuwa). Los países anglosajones se han percatado del valor nutritivo de la quinua (y de su buen sabor) y fueron los primeros importadores y divulgadores a sus países, pero la pronunciación del término hispano-indígena original les resulta fonéticamente complicado, por lo que lo transcribieron como “quinoa”, que para un anglosajón es probablemente la forma más próxima de pronunciar el verdadero y original nombre de “quinua”. Esto es perfectamente lógico en países anglosajones, pero parece intolerable importar esa palabra a nuestro uso, cuando ya existe desde hace siglos la palabra en el español de América, que además suena igual que el término indígena original. Por fortuna la RAE así lo ha considerado, dejando fuera del diccionario el incorrecto término de “quinoa”, pero hay importadores y distribuidores españoles que siguen empecinados en mantener el nombre anglosajón. Muchos medios escritos se contagian del error, pero por fortuna otros mantienen el nombre vernáculo aceptado por la RAE (un ejemplo: http://elpais.com/…/18/planeta_futuro/1411053299_440137.html)

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El correcto nombre en español es quinua, y no el anglosajón “quinoa”. El diccionario de la real Academia Española y la FUNDEU (Fundación del Español Urgente) así lo reconocen. Mercado de San Pedro, Cuzco, Perú.

A raíz de un estudio que hice hace unos años para unos seminarios universitarios sobre la alimentación prehispánica en los Andes centrales, pude percatarme de como el término “quinoa” se estaba diseminando peligrosamente por nuestro país, y me propuse combatirlo por los medios a mi alcance. Para analizar a fondo el estado de la cuestión me he puesto en contacto con la Real Academia de la Lengua Española (RAE) y con la Fundación del Español Urgente (Fundeu), entidades encargadas por velar por el buen uso de la lengua española, para consultarles y advertirles acerca de la propagación del nombre anglosajón de la quinua (“quinoa”). Me responden que, en efecto, el nombre aceptado por la RAE es quinua, y que en el diccionario de Americanismos de las Academias de la Lengua el nombre preferente también es quinua, aunque también se recogen “kinua” (que viene a ser lo mismo) y (atención) “quínoa”. Esta última lleva el acento (incluso tilde, por terminar en hiato) en la i, como en quinua (que en cambio no lleva tilde por terminar en diptongo), por lo que se podría considerar también equivalente: escuchando a un nativo decir esa palabra, unas veces nos sonará como “quínua” y otras como “quínoa”. Pueden hacer la prueba y verán que la fonética es prácticamente igual.

Quinua, aeropuerto de Lima, agosto-sept 2014 002© Formentí

Lo que es inaceptable en español es llamarla “quinoa”, pues por tener un hiato al final y no llevar tilde en la i, se pronuncia “quinóa” (como “canoa”), que lamentablemente está sustituyendo a formas válidas como quinua y quínoa. Debo decir también que la RAE me comenta que la anglosajona “quinoa” aparece minoritariamente en algunos diccionarios hispanoamericanos, que también recogen como preferentes las formas más habituales acentuadas en la i. Esto hace pensar que el término fue recogido en zonas alejadas del consumo de la quinua (ej. puertos del Caribe), donde podría haber comerciantes extranjeros, pero esto es una mera suposición personal. Por fortuna, una reciente nota de la Fundación del Español Urgente (FUNDEU), no sé si por mi insistencia, ha recogido como recomendable quinua frente a “quinoa”: http://www.fundeu.es/recomendacion/quinua-quinoa-quinoa-kinua/

En realidad, para corregir el error en los envases bastaría con poner una sencilla tilde en la “i” de los envases en los que figura “Quinoa”, o mejor aún sustituir la “o” por “u”. Ya hay quien opina, contra lo aceptado por la RAE, que el término utilizado en España ya es el inglés “quinoa”, pero en ello tiene una influencia decisiva el etiquetado del producto, y aún es posible corregirlo. La gente conoce y usa las palabras según lo que lee en los envases, por lo que en ello los distribuidores y el etiquetado tienen un papel fundamental. Me irrita profundamente ir a comprar quinua a una tienda y que el vendedor me corrija diciéndome que lo que tienen es “quinoa”. Y los culpables de este error son las empresas comercializadores del grano, que mayoritariamente lo etiquetan con su nombre en inglés.

Adjunto unas fotos realizadas en unas tiendas del aeropuerto de Lima, que creo que dejan las cosas claras: en una se ven varios libros sobre la quinua: los que están en inglés hablan de “quinoa” y el que está en español, de quinua; en la otra hay paquetes de distintas variedades y presentaciones de quinua (fideos, grano, etc), etiquetados con el nombre hispanoamericano de quinua, y no como quinoa (cosa que si están haciendo marcas españolas que la están comercializando).

Libros en inglés y español sobre la quinua. Aeropuerto de Lima, Perú.

Libros en inglés y español sobre la quinua. Aeropuerto de Lima, Perú.

En definitiva: defendamos los términos del español de América quinua o “quínoa” (que suenan igual prácticamente, acentuadas ambas en la i), y evitemos el anglosajón “quinoa” (que lleva acento en la o, aunque sin tilde). Una de las razones más importantes para ello es el respeto, reconocimiento y agradecimiento que deberíamos tener a los pueblos indígenas de los Andes por proporcionarnos tantas plantas indispensables en la alimentación mundial, como la patata, las alubias, los tomates o la quinua. Por favor, respetemos su nombre vernáculo, y no importando nombres con apariencias más refinadas.

© Texto y fotos: José María Fernández Díaz-Formentí. Prohibida la reproducción total o parcial del texto y/o fotos

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