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Q’eswachaka, el último puente inca / Q’eswachaka, the last inca bridge

16 de septiembre de 2011

© Texto y fotografías: José María Fernández Díaz-Formentí / http://www.formentinatura.com

El imperio Inca fue el mayor que ha existido en el hemisferio sur. Sus límites a la llegada de los españoles iban desde las tierras de los indios pastos del sur de Colombia (río Angasmayo) a las de las tribus araucanas al sur del río Maule (Chile), 4200 kms al sur. Por el oriente los incas dominaron amplias regiones de los Andes amazónicos, y aunque hicieron expediciones incluso a zonas de selva baja algo más allá, no la incorporaron a su imperio de facto. El llamado Tahuantinsuyo incluía por tanto lo que hoy es el sur de Colombia, las zonas andinas de Ecuador, Perú y Bolivia, noroeste de Argentina y algo más de la mitad de Chile, ocupando 1 732 000 km2.

Organizar y controlar tan inmenso territorio conquistado sólo hubiese sido posible mediante la creación de un sistema vial que permitiese las comunicaciones entre las distintas zonas del imperio con la capital u “ombligo” del mismo, Cuzco (Cusco). Ello permitía el tráfico de mercancías y productos entre las distintas regiones del imperio (costa, sierra y selva), el cobro de tributos, el acceso de inspectores y funcionarios a remotas regiones, el sistema de mensajeros o la rápida movilización de los ejércitos del inca por el imperio.

El tramado vial incaico se estima tuvo cerca de 60 000 kms, comunicando los desiertos costeros con las elevadas punas y altiplanos de los Andes y con las selvas nubosas del oriente. Esta compleja red de caminos se articulaba en torno a dos grandes caminos que recorrían el imperio en sentido longitudinal durante miles de kilómetros, uno por la costa desértica y otro por la cordillera andina, interconectándose con gran número de caminos secundarios. Los caminos principales eran conocidos como Q’hapaq Ñan, y los actuales países que conservan estas calzadas están coordinándose para que la UNESCO lo declare Patrimonio Cultural de la Humanidad.

UNA GEOGRAFÍA DESPIADADA

La cordillera de los Andes es joven, muy abrupta, con fuertes desniveles. Profundos tajos y cañones en el territorio separan altiplanos, volcanes y nevados. Los ríos al fondo suelen ser bastante caudalosos y tener fuertes pendientes, de forma que no son fáciles de cruzar. Los constructores del Q’hapac Ñan y de sus caminos asociados tuvieron que enfrentarse a una geografía despiadada, que supone el mayor reto para los ingenieros de caminos actuales: pantanos, cañones, ríos, laderas empinadísimas, terremotos, “huaycos” o desprendimientos de terrenos, volcanes, desiertos, punas, selvas, etc. Era necesario, pues, nivelar el piso del camino, hacer escaleras, empedrarlo, recurrir a tallar a cincel laderas y algunos túneles en ocasiones y, por supuesto, a construir puentes. Cuando el cauce a salvar no era demasiado ancho se construían puentes de troncos de madera (material escaso en los Andes no amazónicos), con losas de piedra o puentes flotantes sobre balsas, pero si el río era más ancho o había que superar un cañón, la solución eran los puentes colgantes.

Funcionario inca encargado de los puentes. Guamán Poma de Ayala (fines s XVI-1615)

Cuando los españoles llegaron al Perú en 1532 quedaron maravillados de la red vial incaica y de sus puentes. Pedro Sancho de la Hoz, secretario de Francisco Pizarro, que acompañó a este último en su viaje desde Cajamarca al Cuzco (1533), hace una primera descripción de estos puentes al año siguiente en su Relación (1534). Aunque, por la novedad, llama bejucos a las sogas elaboradas con ichu y magüey, Pedro Sancho cuenta que levantan en las orillas “una pared grande de piedra, y después ponen cuatro bejucos, que atraviesan el río, gruesos de dos palmos o poco menos, y en el medio, a manera de zarzo, entretejen mimbres verdes que son como de dos dedos, bien tupidos de suerte que unos no quedan más flojos que otros, atados en buena forma, y sobre estos ponen ramas atravesadas de modo que no se ve el agua, y de esta manera es el piso de la puente. Y de la misma suerte tejen una barandilla en el borde del puente con estos mismos mimbres para que nadie pueda caer al agua, de lo cual no hay a verdad ningún peligro, bien que al que no es práctico parece cosa peligrosa el haberlo de pasar, porque siendo el trecho grande, se dobla el puente cuando pasa uno por él, que siempre va uno bajando hasta el medio, y desde allí subiendo hasta que acaba de pasar a la otra orilla; cuando se pasa tiembla muy fuerte, de manera que el que no está a ello acostumbrado se le va la cabeza”.

  Puente sobre el río Pampas (o Vilcas, en Ayacucho). Squier, 1864

Después otros muchos cronistas de Indias los alaban en sus escritos. Pedro Cieza de León, uno de los más rigurosos y objetivos habla de estos puentes hechos de “…maromas de rama, a manera de las sogas que tienen la anorias para sacar agua con la rueda. Y estas, después de hechas, son tan fuertes que pueden pasar los caballos a rienda suelta, como si fuesen por la puente de Alcántara o de Córdoba.”

El Inca Garcilaso de la Vega describe en detalle los puentes colgantes y su elaboración en el capítulo VII del libro tercero de su obra “Comentarios Reales de los Incas” (1609). Explica que para ello juntan grandísima cantidad de mimbre, con los que hacen criznejas muy largas, a la medida del largo que ha de tener el puente. Trenzándolas entre sí llegan a hacer cinco maromas tan gruesas y más que el cuerpo de un hombre. Una vez pasado un cordel a la otra orilla, amarraban esas gruesas maromas y tiraban de ellas gran multitud de indios hasta pasarlas de la otra parte. Y habiéndolas pasado todas cinco, las ponen sobre dos estribos altos que tienen hechos de peñas vivas, donde las hallan en comodidad. Y no hallándolas hacen los estribos de cantería tan fuerte como la peña. (…) Por cada viga de estas hacen dar una vuelta a cada una de las criznejas gruesas de mimbre, de por sí, para que el puente esté tirante y no se afloje con su mismo peso, que es grandísimo.

El escritor mestizo explica después que tres de las maromas se usan como suelo o piso del puente, y las otras dos se ponen por pretiles o barandillas a un lado y otro. Las del suelo eran cubiertas con palos o madera delgada, atravesada y puesta por su orden en forma de zarzo, amarrándola a las maromas basales para así protegerlas. Para conseguir un piso más regular, por encima de ella echan gran cantidad de rama atada y puesta por su orden (…) para que los pies de las bestias tengan en que asirse y no deslicen ni caigan. Y finalmente, para aumentar la seguridad, de las criznejas bajas (que sirven de suelo) a las altas (que sirven de pretiles), entretejen mucha rama y madera delgada muy fuertemente atada, que hace pared por todo el largo del puente. Frecuentemente se hacían dos puentes paralelos, uno para uso de dignatarios y nobleza y otro para el pueblo llano.

Pero estos puentes tenían un importante problema de mantenimiento y necesidades de renovación periódica, debido a la pronta caducidad y deterioro de los materiales con los que se habían construido. El propio Garcilaso nos cuenta que “en tiempo de los incas se renovaban aquellos puentes cada año. Acudían a hacerlo las provincias comarcanas, entre las cuales estaba repartida la cantidad de los materiales conforme a la vecindad y posibilidad de los indios de cada provincia. Hoy se usa lo mismo.” La necesidad común hizo que las comunidades indígenas cercanas a los puentes fuesen las primeras interesadas en continuar manteniéndolos y renovándolos durante la época colonial, pero aún así fueron muchos los puentes que, por cambios en los tránsitos comerciales, despoblación o sustitución por otros de piedra, quedaron olvidados y desaparecieron en pocos años.

EL PUENTE DE MAUCACHAKA

En el siglo XIX aún quedaban algunos de estos puentes, en lugares estratégicos y donde resultaba difícil construir otros. Uno de los más notables, admirado ya desde el siglo XVI, fue el puente de Huacachaka, también conocido como puente de Maucachaka, Presidentiyuc o San Luis Rey, que cruzaba el cañón del rugiente río Apurímac cerca de Curahuasi, entre Cuzco y Guamanga (Ayacucho). Aquel fue el puente más importante y estratégico del imperio Inca, construido posiblemente en el siglo XIV, tal vez en el reinado de Mayta Cápac o de Inca Roca. Permitió al naciente Tahuantinsuyo movilizar sus ejércitos al otro lado del río y proseguir una expansión que el cañón del Apurímac había refrenado hasta entonces. Aunque no fue el único que construyeron para superar el cañón, sí era el principal. Medía unos 50 m y se suspendía en pleno cañón, a 35 metros sobre un Apurímac rugiente y embravecido. Los vientos en el cañón lo hacían mecerse como una hamaca por las tardes, de modo que los viajeros procuraban cruzarlo en la mañana. El viajero norteamericano E. George Squier recorrió en1863 y 1864 gran parte de la geografía peruana, tomando fotografías que luego transformó en las magníficas plumillas que ilustran su libro “Perú: incidencias de un viaje y exploración en la tierra de los incas” (1877). Una de las más clásicas láminas del libro, reproducida en otros muchos libros posteriores, es la que representa el puente sobre el cañón del Apurímac. Atravesarlo le impresionó grandemente, según nos narra en su libro:

El cruce de este gran puente colgante del Apurímac constituyó un incidente memorable en mis experiencias de viaje. Nunca lo olvidaré, (…) y todos aquellos con quienes nos encontramos y que lo habían cruzado estaban llenos de horrorosos recuerdos de su paso: cómo se mecía la frágil estructura a una altura vertiginosa sobre gigantescos riscos que se alzaban sobre un negro abismo, colmado con el profundo y ronco bramido del río, y como se nublaban sus ojos, desfallecía su corazón y se volvían inseguros sus pies mientras se esforzaban en cruzarlo, sin atreverse a echar una mirada a ambos lados”.

Pero también este emblemático puente sucumbió al tiempo. En 1890 seguía allí suspendido, pero los vecinos del entorno de Curahuasi ya no se preocupaban de su renovación. Cruzarlo por entonces hubiese sido una temeridad, pues colgaba peligrosamente a la profundidad del abismo, al que terminaría desplomándose poco tiempo después. A principios de los años 50 del pasado siglo, el explorador Victor W. Von Hagen examinó los restos de las plataformas que sustentaban aquel gran puente y de los túneles tallados en la roca que daban acceso al mismo. Hoy pueden visitarse desde Cconoc, caminando unas 2 horas (4 km)

Los avances tecnológicos y materiales (cables y vigas de acero) en ingeniería de puentes, junto a la despoblación rural y cambios en las rutas comerciales tradicionales hicieron que los puentes colgantes de tradición inca acelerasen su desaparición durante los siglos XIX y XX. Entrados en el siglo XXI, sólo queda un lugar en el que se continúa renovando uno de estos puentes cada año según la antigua tradición inca: el puente de Q’eswachaka (“puente de soguillas” en quechua).

Q’ESWACHAKA, El “PUENTE DE SOGUILLAS”

El lugar se encuentra en las tierras altas del departamento de Cuzco (Perú), concretamente en el distrito de Q’ewe (o Quehue), provincia de Canas. Sus coordenadas en Google Earth son 14º 22’ 53.59’’S / 71º 29’ 3.17’’O. Los indígenas Canas fueron conquistados en el siglo XV por el Inca Pachacútec, tras duras batallas. A consecuencia de ellas y de una violenta represalia inca tras la victoria, los Canas fueron prácticamente exterminados, por lo que Pachacútec “mandó que viniesen de las naciones comarcanas indios con sus mujeres (que son los que llaman mitimaes), para que fuesen señores de los campos y heredades de los muertos, y hiciesen la población grande y concertada” (Cieza de León). Era frecuente que tras las guerras de conquista los incas desplazasen poblaciones enteras dentro del imperio, repartiendo y diseminando los pueblos conquistados por zonas seguras y pacificadas del mismo, e instalando colonos fieles al imperio (mitimaes) en las zonas recién anexionadas. En la zona que nos ocupa parece haber ocurrido algo así, y con esos colonos y el nuevo estado llegaría la tradición inca de los puentes colgantes a la zona a mediados del siglo XV. Por tanto, el puente que nos ocupa llevaría renovándose desde hace más de  550 años. El documento más antiguo que recoge su existencia es una relación de puentes del ministerio de Fomento del año 1904.

El puente de Q’eswachaka se encuentra suspendido en un hermoso cañón rocoso por el que corre el río Apurímac, aún joven. Es una región elevada, a unos 3700 m sobre el nivel del mar, con muy escasa población. Por aquí pasaba uno de los caminos secundarios del imperio, que seguramente iría a conectar con el Q’hapac Ñan principal que desde Cuzco se dirigía a la gran provincia del Collasuyu, o tierra de los collas, es decir, el Titicaca y los altiplanos de la actual Bolivia. La vegetación predominante del la zona es el pajonal andino de altura, constituido principalmente por el “ichu” o paja brava, que consumen llamas y alpacas, y que es materia prima fundamental en la renovación del puente.

En el segundo fin de semana de junio, el puente es renovado cada año por las comunidades del distrito de Q’ewe: Dos miembros de las de Ccollana y W’inchiri, herederos de esta ancestral tradición, dirigen el trenzado del puente, ayudados por las comunidades de Chaupibanda, Choccayhua y Pelcaro. A principios de mes estos indígenas comienzan a recolectar ichu de la variedad qolla. Llegado el primer día de la renovación del puente, el ichu recolectado es apilado mientras se hacen plegarias al Apu o espíritu tutelar de la región (Quinsallallawi). Las mujeres se ponen a tejer soguillas entrelazando las hierbas de ichu, y en la tarde los hombres se organizan en grupos para ir trenzando las sogas mayores, guiados por el chakaruhac (heredero conocedor de estas técnicas) y hacerlas pasar de una orilla a otra.

Al día siguiente se sueltan las sogas del puente viejo, que cae a las aguas del río Apurímac. A los clavos de piedra en las que iban sujetas, se amarran ahora las nuevas maromas, tensando las cuatro que harán de base y las dos que actuarán de pasamanos. El último día se amarran los cordones laterales entre las sogas de la base y las de los pasamanos que harán de pared protectora, y se colocan y amarran palos atravesados sobre los cordones basales para hacer un piso más fácil y cómodo de transitar. El chakaruhac se sienta a horcajadas sobre las maromas de la base y va haciendo los amarres con cordones de ichu, magüey o trozos de cuero. Finalmente, el nuevo puente queda inaugurado y a disposición del uso público, festejándose al día siguiente. A unos cientos de metros existe un puente moderno de metal por el que pasa la carretera a Livitaca, pero para usos peatonales los lugareños parecen seguir prefiriendo su puente colgante.

El viaje hasta Q’eswachaka desde Cuzco es largo (algo más de 4 horas), pese a que la distancia es de algo más de 140 Kms. Se sale por la carretera a Puno (lago Titicaca), cuyo trazado es muy próximo al antiguo Q’hapaq Ñan que iba al Collasuyu. El camino es pródigo en atractivos arqueológicos (Tipón, Pikillacta, Rumicolca…) e iglesias coloniales del barroco andino (Andahuaylillas, Huaro, Canincunca…) discurriendo junto al río Vilcanota (aguas abajo conocido como Urubamba). Llegados a la población de Combapata se abandona esta carretera y se toma la que asciende a Pampamarca, dejando a nuestra derecha el lago homónimo. En Pampamarca conviene detenerse a admirar su gran iglesia colonial, antes de seguir viaje, ya sin asfalto, hasta Yanaoca. Desde este último pueblo se ve la impresionante mole del nevado Ausangate en el horizonte, una de las cumbres más sagradas para los incas. Finalmente, desde Yanaoca se toma la pista que sigue hacia Liviataca (provincia de Chumbivilcas), deteniéndonos tras pasar Qéwe cuando la carretera está ya próxima a cruzar un moderno puente sobre el cañón del Apurímac. En este solitario paraje veremos el puente en el fondo del cañón, suspendido unos 10-12 metros sobre el río y destacando el color amarillo del ichu con que está hecho. Se puede acceder al mismo en ambas orillas descendiendo por unas escaleras.

El puente mide casi 30 metros de largo y aproximadamente 1 metro de ancho a la altura de los brazos. Está amarrado a unos clavos de piedra en unas estructuras de cantería (posiblemente de origen inca) en ambas orillas del cañón. Las descripciones hechas de estos puentes por los antiguos cronistas de Indias se ajustan a la perfección con el de Q’eswachaka. Al cruzarlo caminando ocurre lo que bien escribía Pedro Sancho hace 480 años: “va uno bajando hasta el medio, y desde allí subiendo hasta que acaba de pasar a la otra orilla”. La idea de cruzar un cañón sobre un puente hecho de paja puede parecer alocada. Ya decía Cieza al cruzar ríos como este en el siglo XVI “que no es pequeño espanto ver lo mucho a que se ponen los hombres que por las Indias andan”. Sin embargo, aunque se mueve algo durante el paso, no inspira temor o desconfianza, si bien durante mi visita en uno de los extremos el piso estaba deteriorado e inclinado a un lado, lo que hacía tener cierta precaución. Muy diferente es el paso que hace el turista cuando se aventura a hacerlo que el de los lugareños cuando lo utilizan, por el que pasan rápidamente y sin titubeos.

El puente de Q’eswachaka es el último depositario de una ancestral ingeniería que ya habría caído en un olvido irrecuperable, de no haber mantenido viva la antorcha de sus secretos los indígenas de las comunidades cercanas. Hoy es patrimonio cultural de la nación peruana y la UNESCO ha valorado especialmente su pervivencia. Uno llega a soñar que otras comunidades aprendan estas técnicas y recuperen sus antiguos puentes, como el emblemático de Huacachaka que tanto impresionó a los viajeros del pasado y que supondría un interesante destino turístico para los actuales. En Conchucos, sobre el río Yanamayo, a finales del 2006  las comunidades indígenas de Llama y Yauya han rehabilitado con técnicas tradicionales incas el antiguo puente de Pukayacu, cuyas dimensiones parecen ser próximas al famoso puente del Apurímac, pues mide unos 45 m y está suspendido unos 50 metros sobre el río Yanamayo, a sólo 18 kms del Marañón. Las comunidades cercanas se han propuesto recuperar la tradición y continuar renovando el puente. Ojalá sea un ejemplo a seguir, pues el puente de Q’eswachaka sigue uniendo no sólo las dos orillas del Apurímac, sino el ancestral pasado inca con el siglo XXI.

© Texto y fotografías: José María Fernández Díaz-Formentí / http://www.formentinatura.com (© 2011 Prohibida su reproducción)

Una web interesante sobre este puente, con una galería de fotos de su renovación es http://www.patronatomachupicchu.org/qeswachaka.html

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One Comment
  1. Ricardo Vera permalink

    José María,
    Me siento feliz por haber logrado acceder a tu blog. Soy un aficionado enamorado de la historia y me fascina lo perfecto de la naturaleza. Agradezco la apertura de tu experiencia y conocimiento. ¡Felicitaciones!

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