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CHOQUEQUIRAO (II): Cruzando el cañón del Apurímac ayer y hoy. La subida de Bingham a Choquequirao (1909) / The climb to Choquequirao today and yesterday: The Bingham’s expedition (1909)

8 de diciembre de 2011

Texto y fotos © José María Fernández Díaz-Formentí (2011) /www.formentinatura.com

El actual camino que une San Pedro de Cachora con Choquequirao no parece haber sido el más importante que comunicaba la ciudad con el exterior en época inca. Se han encontrado restos empedrados del camino principal que unía Choquequirao con la capital, Cuzco (Cusco). Se trataba de un camino que abandonaba el Camino Real (Q’hapaq Ñan) en la pampa de Anta a la altura de Zurite y se adentraba por la cordillera de Vilcabamba, pasando al pie de los nevados sagrados o apus Salcantay y Soray (véase capítulo anterior). En el mismo se han encontrado recintos o corrales para llamas de carga. Desde Choquequirao el camino se adentraba en la cordillera hasta la población inca de Vitcos, donde residió Manco Inca tras su sublevación contra los españoles. El camino que recorreríamos desde Cachora, a diferencia del camino inca a Machu Picchu, no es un camino que haya tenido importancia en época inca, pues debió ser todo lo más un sendero, que siguió utilizándose en época colonial. No queda resto empedrado alguno o cimientos de tambos, puestos de control, etc. que permitan pensar lo contrario, aunque sí se han hallado unas cuevas funerarias.

El camino inca original que desde Cuzco se dirigía a Choquequirao y Vitcos era un ramal que partía del Camino Real (Q'hapaq Ñan) a la altura de Zurite, en la pampa de Anta. (Recorrido aproximado, basado en E. Duffait)

BINGHAM Y LA “CUNA DE ORO”

El explorador norteamericano Hiram Bingham visitó Choquequirao en febrero de 1909, acompañado del topógrafo Clarence Hay. Dos años después encontraría Machu Picchu unos 50 km al noreste, dándolo a conocer al mundo. El relato de su viaje a Choquequirao ocupa dos capítulos y medio de su libro “Across South America”, publicado en 1911, unos meses antes del hallazgo que le daría fama universal. Aunque los relatos de Bingham acerca de Machu Picchu son muy conocidos, no se ha prestado tanta atención a su viaje previo a Choquequirao, y resulta de interés por la descripción que hace del camino desde Cachora y de las ruinas en sí, además de incluir algunas fotos y mapas. Un camino de herradura de Cachora a Choquequirao aparece en un mapa de 1865 de Emilio Colpaert acerca del departamento de Cuzco, aunque por no haber accedido al mismo desconozco si es el mismo que el actual. El camino, que hoy sigue siendo recorrido por los actuales excursionistas, había sido terminado poco tiempo antes de su llegada (tal vez acondicionando sendas más antiguas), y Bingham nos cuenta su génesis. Antes de su elaboración, algunos exploradores (ej. Sartiges) habían accedido a Choquequirao por un sendero desde el norte, atravesando la cordillera de Vilcabamba: no era un camino fácil en absoluto, pero al menos evitaba enfrentarse al profundo cañón y al rugiente Apurímac.

Llegar a Choquequirao desde Cachora implica cruzar el profundo cañón del Apurímac, que durante siglos dificultó el acceso al enclave inca

Durante su estancia en Abancay, Bingham recibió noticias sobre las ruinas de “Choqquequirau”, que habitualmente se traduce como “Cuna de Oro”, y sus supuestas riquezas por descubrir, protegidas por una extrema dificultad de acceso. Excitado por esos rumores, a principios de los años 90 del siglo XIX un magistrado local se había decidido a “construir un camino que permitiese llegar a Choqquequirau y mantener un servicio de transporte a cargo de porteadores indígenas que proporcionasen comida a los trabajadores durante los trabajos y excavaciones en la “Cuna de Oro”. Este hombre tenía a su disposición regimientos de soldados y un gran número de indios, y se dice que invirtió una gran cantidad de tiempo y dinero en la empresa. Había conseguido alcanzar un paso en la crestería montañosa, a 12000 pies (4000 m) sobre el río y 6000 pies (2000 m) sobre Choqquequirau, pero fue incapaz de franquear los precipicios que rodean las ruinas, así que toda su labor no sirvió de nada. Otros intentaron utilizar el camino que había hecho, pero sin éxito, hasta que el actual Prefecto del departamento de Apurímac, el Honorable J.J. Núñez tomo posesión de su cargo y se interesó por las tradiciones locales. Bajo su patronazgo se constituyó una compañía de buscadores de tesoros y se suscribieron varios miles de dólares para la nueva aventura.”

Las supuestas riquezas ocultas por los últimos incas en Choquequirao ("Cuna de Oro") fomentaron el acondicionamiento y construcción de un camino apto para mulas y porteadores desde Cachora, para así facilitar el acceso a las compañías de buscadores de tesoros.

Bingham continúa su relato acerca del acondicionamiento del camino de Cachora a Choquequirao, hace más de un siglo: “La primera dificultad que encontraron fue construir un puente sobre los aterradores rápidos del Apurímac. Todos los intentos fallaron. No pudieron encontrar ningún peruano dispuesto a arriesgar su vida en los remolinos de sus rápidos. Finalmente don Mariano, un viejo buhonero chino que se había enfrentado a los peligros de las montañas peruanas por espacio de treinta años, asumió el reto de cruzar a nado el río con una cuerda atada a su cintura”. Luego se las apañó para tender entre ambas orillas seis hilos de alambre telegráfico a los que amarró cuerdas y fibras vegetales para hacer un piso por el que recorrer este puente colgante, que no difería gran cosa de los que hacían los incas (véase “Q’eswachaka, el último puente inca” en este mismo blog).

El actual puente de playa Rosalinas, que en justicia debería llamarse "puente de don Mariano" en honor a quien construyó su predecesor a principios del siglo XX, enfrentándose al Apurímac

Una vez al otro lado, la compañía de buscadores de tesoros pudo utilizar parte del camino realizado años atrás por el magistrado, “pero incluso con esa ayuda, les llevó tres meses de duro trabajo vencer las dificultades que existen entre el río y Choqquequirau. Alentado por el entusiasta Prefecto y su ayudante, el audaz teniente Cáceres, aquella empresa, que había desafiado a todos aquellos que lo habían intentado durante cuatrocientos años, se había completado por fín. Se había construido un camino que iba a poder ser usado por porteadores indígenas atravesando veinte millas de bosques de montaña, sobre torrentes, precipicios y barrancos desde el río a las ruinas”. En la soleada mañana del 29 de julio de 2011, mi esposa y yo nos disponíamos a recorrer aquel camino, algo más de un siglo después.

Acondicionar el tramo del camino entre el río y Choquequirao exigió tres meses de duros trabajos. En la foto, vista de la parte final de este tramo acercándose a la ladera en la que asienta el complejo arqueológico. Al fondo y debajo, los andenes de Pacchayoc

Al fin "se había construido un camino que iba a poder ser usado por porteadores indígenas atravesando veinte millas de bosques de montaña, sobre torrentes, precipicios y barrancos"

PRIMERA JORNADA: El descenso del cañón.

Tras cargar los arrieros las mulas con las provisiones, equipaje y material de campaña para cinco días empezamos nuestra aventura de más de 70 km. El camino que parte de Cachora hacia Choquequirao cruza primero la quebrada Chacamayo y comienza atravesando unas zonas de campiña sin mayor interés. Si se tratase de una campiña con vegetación realmente andina lo tendría, pero en realidad se atraviesa una extensa ladera repoblada con eucaliptos. Debo reconocer que le tengo cierta antipatía a estos árboles. En la región en la que vivo, Asturias (norte de España), las plantaciones de eucalipto han arrasado casi por completo los bosques naturales (castaños, robles, encinas, etc) que antaño cubrían las rasas próximas a la costa, empobreciendo suelos, biodiversidad y paisaje para surtir a industrias papeleras. En los Andes se han plantado también mucho, pero aquí me veo obligado a reconocerlo como un mal menor, pues en las zonas altas de la cordillera apenas existen árboles naturales: el rigor del clima no pone las cosas fáciles al desarrollo de bosques, y los bosquetes de especies autóctonas que pudiesen haber en el pasado fueron talados ya hace muchos siglos para así surtir de leña a los pobladores serranos. Los campesinos que allí viven necesitan leña y madera para sus casas, aperos, tareas agrícolas y ganaderas. La alternativa a plantar eucaliptos que ayuden a su vida sería con toda seguridad importar maderas de la selva cercana, y de no ser por los eucaliptos la deforestación de los bosques nubosos y premontanos hubiese sido prácticamente total. Por tanto, los eucaliptos parecen un mal menor, pues otros árboles autóctonos no pueden competir con esa especie de Australia y Tasmania en rapidez de crecimiento.

Nuestras mulas con el material de acampada y víveres para cinco días, ascendiendo a Choquequirao desde el río. Bingham realizó parte del trayecto a lomos de mula.

A 1 hora de Cachora (2800 m) nos detuvimos a un breve descanso en la antigua hacienda (hoy posada turística) de Colmena (2720 m, km 3,5 desde Cachora). Poco después, antes de abandonar el eucaliptal, aprovechamos sus ramas caídas para proveernos de dos bastones cada uno. Según comprobaríamos los siguientes días, los bastones resultan utilísimos, por no decir imprescindibles, durante la caminata, pues las rampas son muy empinadas y en su descenso suponen un importante descanso y protección para nuestras rodillas. Como era de esperar, en el eucaliptal la vegetación natural está muy empobrecida (más aún teniendo en cuenta que hay arbustos también alóctonos): aún así se pueden avistar algunos colibríes en los claros y algún que otro paseriforme.

El valle de Cachora abriéndose al cañón del Apurímac. Al fondo la cordillera de Vilcabamba con el nevado Padreyoc (5771 m).

Vista del nevado Padreyoc (5771 m) desde el cañón

Finalmente abandonamos el eucaliptal y unos kilómetros después nos detuvimos a almorzar en un arroyo cerca del lugar en el que el valle de Cachora se abre al cañón del Apurímac. Frente a nosotros, en la ladera del cañón llamaba la atención un impresionante derrubio de ladera y, más arriba, las cumbres nevadas del Padreyoc (5700 m). Los colibríes (“q’ente” en quechua) acudían a los arbustos floridos cercanos y nuestras mulas bebieron del fresco arroyo mientras descansaban libres de su carga. Poco después de reanudar nuestra marcha, llegamos al gran cañón del Apurímac. Ahora caminábamos frente al nevado Padreyoc y de vez en cuando divisábamos el Apurímac en el fondo del cañón, 1500 metros más abajo, como un pequeño hilo plateado. Hasta cerca de este lugar hay una pista todo terreno desde Cachora que permite acortar la caminata unos 10 Km si se acuerda con algún transportista y si no hay derrumbes en la pista.

Desde el abra de Capuliyoc la vista es magnífica, casi como un resumen de la naturaleza de los Andes centrales: cumbres nevadas, selvas de montaña y páramos cálidos y áridos más abajo, incluso con cactus.

Así llegamos al Abra Capuliyoc (2900 m, km 9,5). Aquí las vistas del cañón y la cordillera de Vilcabamba son magníficas. Unas cuantas apachetas o montículos de piedras son el testimonio del paso de otros viajeros por allí. Desde el abra se divisa el trayecto que emprenderíamos a continuación, una continua bajada en zigzag, inicialmente por un pajonal. Por fortuna la pista es ancha, pues cuando los pobladores de Cachora la excavaron con sus aperos lo hicieron pensando en el tránsito de recuas de mulas. El camino desciende primero por una ladera de herbazales secos, muy diferente de la ladera opuesta, ocupada por bosques de bambú o sinhua (Chusquea sp.) y de otras especies. En realidad, frente a nosotros se hallaba un resumen de la naturaleza de los Andes centrales: cumbres nevadas, selvas de montaña y páramos cálidos y áridos más abajo, incluso con cactus.

Desde el abra de Capuliyoc el camino inicia su descenso al río. Al fondo ya se ve la cresta montañosa en la que asienta Choquequirao (señalado con una flecha)

Tras un prolongado descenso llegamos a un recodo llamado Cocamasana (2010 m, a unos 13 km de recorrido desde Cachora). Allí pude avistar un cóndor volando sobre la ladera en la que nos encontrábamos, y durante el viaje de regreso un águila mora y un halcón peregrino de la subespecie cassini. La vegetación aquí continúa siendo xerófila, abundando el agave, pita o maguey (Furcraea andina). A unos cientos de metros se encuentra un pequeño lugar de acampada, con unas míseras chozas de adobe, pero con una estupenda vista del cañón, con el río aún 500 m más abajo. En el camino de vuelta a Cachora acamparíamos aquí. Muy cerca del campamento se han hallado unas cuevas con enterramientos posiblemente incas, pero el Instituto Nacional de Cultura prohíbe el acceso a las mismas por no haber sido excavadas aún.

Lluvia de estrellas sobre las estribaciones del nevado Padreyoc, fotografiadas con larga exposición desde el campamento de Cocamasana en nuestro viaje de regreso.

LA AVENTURA NOCTURNA DE HIRAM BINGHAM

Como en nuestro caso, Bingham pretendía llegar a dormir a orillas del Apurímac en el primer día, pero partió más tarde (mediodía) de Cachora, pues había comenzado la jornada en la población de Abancay. Aunque no recoge los topónimos a lo largo de la ruta, me parece posible aventurar una identificación de los lugares que recorrió entonces. Probablemente se encontraba en Cocamasana a las 5 de la tarde, cuando le quedaba poco más de 1 hora de luz. Comenzaba de nuevo a llover, y el teniente Cáceres, su guía, le anunció que desde allí el camino era “peor que cualquier cosa que hubiese sufrido antes” y que ya habían avanzado suficiente por ese día, recomendándole acampar en una choza cercana abandonada. De hecho, examinando una de sus fotos del cañón tomada al amanecer, parece haber sido tomada desde Cocamasana, por lo que seguramente acamparon aquí a la vuelta, cosa que también hicimos nosotros.

Vista del cañón desde Cocamasana al atardecer. Cuando Bingham llegó a este lugar también atardecía, pero se empecinó en continuar descendiendo para llegar al río. En el viaje de regreso a Cachora seguramente sí acampó aquí, pues tomó una foto de encuadre similar a esta en un amanecer.

Pero Bingham se empecinó en llegar al río, comenzando un descenso por “tortuosas y estrechas curvas mucho peores que cualesquiera que otras vistas antes”, descripción que aún hoy concuerda con el estado del camino, pues en efecto es un tortuoso y empinado zigzag en el que ves pasando las recuas de mulas justo por encima o por debajo de ti. Cuando te cruzas con alguna de ellas, siempre debes de arrimarte al talud del camino para dejarles paso, nunca al lado que da al vacío, pues podrían arrojarte al mismo si te golpean con los bultos que cargan en sus lados.

Recua de mulas regresando de Choquequirao, entre Cocamasana y Capuliyoc.

Entre Cocamasana y Chiquisca se atraviesa un interesante bosque xerófilo de árboles pati (Eriotheca vargasii), cubiertos de tillandsias epífitas.

En este tramo de camino se atraviesa un interesante bosque seco de árboles pati (Eriotheca vargasii), localmente conocidos como “árboles de algodón” debido a las fibras pilosas que se obtienen de sus frutos. Sus ramas están cubiertas de plantas epífitas, principalmente tillandsias y algunas bromeliáceas. Uno de estos árboles caído bloqueó el paso a Bingham y sus mulas cuando caía la noche. Debido a lo empinado del terreno le costó media hora sortearlo y a continuación se encontró un derrumbe reciente de tierra y piedras aún sueltas (llamado “huayco” en el Perú) que hacía temblar a las acémilas mientras lo cruzaban. Para animar la experiencia, los lugareños que les acompañaban contaron que dos semanas antes se habían perdido dos mulas en aquel lugar arrastradas por el huayco, que se había reactivado cuando intentaban cruzarlo.

Las últimas luces del día, tras la puesta de sol, iluminan las nieves de las estribaciones del Padreyoc, visto desde nuestro campamento en Chiquisca.

Una hora tras el anochecer Bingham y sus expedicionarios alcanzaron una terraza natural, que probablemente se trataba de Chiquisca (1800 m), 3 km después de Cocamasana. Nosotros llegamos a este campamento al atardecer (17:30). Miguel, nuestro guía, nos recomendó acampar aquí, pues aún nos faltaba 1 hora de bajada hasta el campamento de playa Rosalinas, a la orilla del río Apurímac, y además nos anunció que en aquel había muchos mosquitos y “manta blanca” (enjambres de un diminuto mosquito habitual en los ríos neotropicales), aparte de ser bastante caluroso. Chiquisca es un buen lugar para las mulas, pues disponen de pasto y agua, aunque al día siguiente vimos alguna con regueros de sangre sobre su cuero que delataban el ataque de algún murciélago vampiro durante la noche. Según supimos después, también es habitual escuchar los maullidos del puma en la oscuridad entre los campamentos de Cocamasana y Chiquisca. Otros animales habituales en el cañón son el zorro andino, venados grises o de cola blanca, zarigüeyas, águilas moras, halcones (pude ver un peregrino de la subespecie cassini en Cocamasana), colibríes, tarántulas, escorpiones, etc. Esa noche hice unas fotos de las estribaciones del nevado Padreyoc con las estrellas a su alrededor, que también repetí en el viaje de vuelta desde Cocamasana.

Ya de noche, Bingham alcanzó una "terraza" natural que probablemente se trataba de Chiquisca (arriba a la izquierda). Desconocedor del peligro que le aguardaba a continuación siguió descendiendo por un vertiginoso trecho en zigzag, en plena oscuridad.

Pienso que la “terraza” a la que llegaron Bingham y sus compañeros de expedición una hora tras el anochecer fue esta de Chiquisca, pues aún se encontraban “a mil pies (300 m) sobre el río y pendiente de superar un camino en el precipicio”, lo cual se ajusta con exactitud a este enclave. El explorador cuenta que el rugir del río se escuchaba ya tan fuerte desde aquí que apenas podía oír los gritos del teniente Cáceres, que con sorna le decía que habían terminado de sufrir y que el resto era terreno llano. Aún siendo de noche, Bingham seguía empecinado en llegar al río. En su relato nos cuenta como fue este último tramo de unos 2 km, que nosotros realizamos al amanecer del día siguiente: “A plena luz del día nunca se nos hubiese ocurrido arriesgarnos a bajar cabalgando (en mula) por el tortuoso camino que iba desde la terraza a la orilla del río, pero como estaba muy oscuro y éramos desconocedores del peligro seguimos las animosas voces de nuestro guía. El camino es como un sacacorchos y desciende la pared del cañón girando en curvas de unos 20 pies (7 metros).

"El camino es como un sacacorchos y desciende la pared del cañón girando en curvas... " Aquí debió ser donde la mula en la que iba montado Bingham por poco se despeña en plena noche.

En el extremo de las curvas de un lado estaba el precipicio, y en las del otro un abismo en el que se desplomaba una catarata con una caída libre de 700 pies (230 m). A mitad de camino mi mula se detuvo, temblando, y tuve que desmontar para darme cuenta que, a causa de la oscuridad, nos habíamos salido del camino, deslizándonos hasta un saliente del despeñadero. Era un problema hacerla retroceder. No había forma de que subiese marcha atrás la escarpada ladera, y tampoco había apenas espacio para que diese la vuelta. Como nos salvamos por un pelo, cuando conseguimos regresar a la trocha decidí seguir a pie el resto del camino y dejar a la mula que fuese delante: prefería que se cayese sola por el precipicio si era necesario.” Pero poco después volvió a montar. Había que cruzar de un salto el barranco por el que bajaba la cascada, pues no había puente. El chorro tenía un metro de ancho, pero debido a la oscuridad y las salpicaduras no se veía bien el otro lado. “ No me atreví a saltar solo, de modo que volví a montar en la mula, contuve el aliento y la espoleé por ambos ijares a la vez: fue un salto feliz”. Diez minutos después, Bingham y su mula alcanzaron el campamento, en una “terraza baja justo encima del río” con un bosquete de “mimosas” y cactus. Sin duda debía de tratarse de playa Rosalinas (o Rosalindayoc), a 19 Km de Cachora y a unos 1500 m de altitud.

También aquí la descripción de Bingham es atinada: el camino desciende en zigzag hasta el río, a veces en cortos tramos por una ladera empinada. Hacia el este hay un precipicio y al oeste es donde describe la cascada. Cuando visitamos el lugar a finales de julio no había cascada alguna, pero Bingham pasó por allí en febrero, en plena época de lluvias, y durante su expedición llovió mucho, a veces torrencialmente (fue el mes más lluvioso de los 25 años anteriores según le decían), por lo que es factible que hubiese una cascada temporal cayendo desde los cortados rocosos superiores al oeste. Nosotros descendimos este empinado tramo en una hora, saliendo de Chiquisca a las 6:00 am.

Mapa de la ruta entre Cachora y Choquequirao

SEGUNDA JORNADA. El paso del Apurímac ayer y hoy

Este segundo día de excursión se vaticinaba muy duro. Llevaba preparándome psicológicamente (y físicamente) para el mismo durante meses. Tendríamos que ascender unos 1500 metros de desnivel desde el río Apurímac (1485 m) hasta Choquequirao (3000 m). Pese a que llevo más de 30 años haciendo excursiones de montaña en Asturias y en los Andes, casi siempre fueron suaves o moderadas, con desniveles inferiores a 1000 metros diarios. No soy ningún superhombre y, aunque mi estado físico es bueno, siempre llego el último en cualquier excursión (entre otras cosas, también porque voy haciendo abundantes fotos). En el Camino Inca a Machu Picchu, que recorrí en dos ocasiones, los desniveles máximos eran de unos 1000 metros al día. Pero Choquequirao me iba a exigir un 30% más, y como nunca me había visto en tal tesitura desconocía cuál sería mi respuesta. Cuento todo esto porque tal vez algún visitante tenga dudas acerca de si será capaz de subir. La respuesta es que sí, siempre y cuando cumpla las siguientes características: tener buena salud general, estar en aceptable estado físico (los sedentarios podrían pasarlo mal), llevar encima un peso moderado y suficiente agua. De cara a afrontar la subida, dos consejos: madrugar para salvar el mayor desnivel posible antes de que el sol empiece a iluminar y caldear la ladera hacia las 10-10:30 horas, y recordar el viejo proverbio de que “para llegar a la cumbre como un joven, hay que subir como un viejo”. Por tanto afrontar la subida con tiempo y calma, sin apuros. A mí me resulta muy útil llevar un altímetro, pues es estimulante ver como voy ganando metros de altitud y me voy marcando pequeñas metas o descansos.

Matorral interandino seco en el entorno de playa Rosalinas, con el bosquete de "mimosas" y cactus (Browningia viridis) al que hace referencia Bingham

El actual puente de playa Rosalinas (o Rosalindayoc), que permite el paso de acémilas

Tras descender el zigzagueante sendero que Bingham recorrió aquella noche de 1909, llegamos a las 7:00 am al campamento y al puente de Playa Rosalinas. El campamento tiene unas instalaciones renovadas hace poco y aparentemente bien cuidadas. El río separa el departamento de Apurímac del de Cuzco (Cusco), en una de cuyas provincias (La Convención) se encuentra Choquequirao. El actual puente colgante (según mi altímetro, a 1485 m), que en justicia debiera de llamarse “puente de don Mariano” en honor de aquel buhonero chino que arriesgó la vida para construir su predecesor, permite el paso de acémilas, aunque las aún poco experimentadas pueden mostrarse reacias a entrar en él. Aunque a diferencia de Machu Picchu, el complejo de Choquequirao nunca fue olvidado desde la llegada de los españoles, durante siglos no fueron muchos quienes ascendían hasta allí desde Cachora por el temor a cruzar el bravo río Apurímac. No es de extrañar la impresión de Bingham al salir de la tienda de campaña por la mañana y ver el río: “Tan pronto hubo luz, salimos a gatas de la pequeña cabaña y nos quedamos completamente pasmados ante la vista de su tumultuosa corriente. De 250 pies de ancho (casi 80 metros), irrumpiendo a través del cañón con una velocidad pavorosa, lanzando grandes olas igual que el océano en medio de una furiosa tempestad, una increíble masa de agua pasaba frente a nosotros en una vertiginosa corriente”.

Foto de Hiram Bingham (1909) del tumultuoso Apurímac y del puente construido por don Mariano, un buhonero de origen chino. Dos años después (1911) el puente ya no existía.

Don Mariano, el buhonero chino que había conseguido tender el puente tiempo atrás, contó a Bingham que cuando comenzó la construcción del mismo (en época seca, con el mínimo caudal) el nivel del agua estaba a unos 25 metros bajo el puente, pero cuando Bingham lo cruzó el agua estaba a apenas 8 metros por debajo. Por tanto el agua había crecido 17 metros debido a las recientes y fuertes lluvias. Esto demuestra la brusca diferencia de caudal que puede tener el Apurímac. Cuando nosotros cruzamos el río en julio (época seca), el río estaba también a unos 25 metros por debajo, pero las rocas de las riberas limpias de vegetación indicaban claramente cual es su nivel en plena época de lluvias. La foto que Bingham publicó de este puente permite ver el río extremadamente violento y agitado debajo. No inspiraba mucha confianza, sobre todo a los porteadores indígenas (no debemos olvidar que, además, los indígenas serranos no sabe nadar en su gran mayoría). Su anchura era de menos de un metro, pero medía 83 metros de largo, por lo que se balanceaba al viento del fondo del cañón. “Cruzarlo significaba tentar al destino. Tan cerca de la muerte parecía estar la estrecha senda de gatos que nos ofrecía el puente y tan alto lanzaba la corriente su helado rocío que nuestros porteadores indios lo cruzaron de uno en uno, gateando a cuatro patas y maldiciendo la misión que les había encargado el Prefecto de acarrear nuestro equipaje hasta Choqquequirau”. Cuando Bingham regresó dos años después con la Yale Peruvian Expedition, el puente había desaparecido, y los miembros de la expedición que visitaron Choquequirao en ese año 1911 tuvieron que acceder por el camino del norte, con muchísimas dificultades. Después, y hasta los años 80 del pasado siglo, sólo funcionaba una oroya o cable de acero con una plataforma o asiento corredizo a lo largo del mismo, que además estaba frecuentemente estropeada y sin poleas o rondanas. Esto obligaba a los campesinos a improvisar una variante de esa oroya. Para ello tendían cinco alambres entre ambas orillas y sobre ellos hacían deslizar un madero con forma de v invertida: en los extremos del mismo había unos lazos de soguillas para que el transeúnte metiese sus piernas hasta el muslo y así sujeto emprendiese el arriesgado paso del río.

El río Apurímac desde el puente. La foto fue tomada a finales de julio (época seca), pero las piedras ribereñas desnudas de vegetación dan idea de sus dimensiones y profundidad en la época de lluvias, cuando lo cruzó Bingham.

REMONTANDO EL CAÑÓN

A las 7:00 am comenzamos la subida. El sendero asciende en zigzag  por una ladera con flora de cañones áridos andinos, parecida a la del otro lado (maguey, árbol pati, chumberas, cactus, puyas, etc). Me alegré de haber madrugado, pues la ladera permanecía en sombra y la temperatura era agradable, sin el sofoco que en estos ascensos produce el sol tropical. En 2 horas ascendimos algo más de 500 metros en unos 3 km de recorrido y alcanzamos el campamento de Santa Rosa Baja (2035 m) donde descansamos un rato y tomamos una manzana y galletas. Proseguimos luego el ascenso. Cuando Bingham ascendió esta ladera, el camino debía estar en mucho peor estado, pues narra que “era tan escarpado que a veces era más fácil gatear que ir sobre las piernas (…) otras veces trepábamos por precipicios rocosos o ascendíamos por toscos peldaños de escaleras sobre ríspidos despeñaderos (…). En el ascenso pasamos un mal rato y nos veíamos obligados a detenernos a descansar cada 50 pies (15 metros), más o menos”. El entusiasta teniente Cáceres animaba a los expedicionarios al grito de “¡Valor!”.

Vista desde las cercanías de Marampata, señalándose los enclaves del camino identificables a ambos lados del cañón.

Probablemente pocos años después de la expedición de Bingham asentó en esta zona un joven licenciado del ejército llamado Mateo Covarrubias que formó una familia con su esposa, de apellido Quispe. Según cuenta el profesor Víctor Angles Vargas, sus hijos continuaron viviendo allí: Jacinta, sordomuda, se estableció en Santa Rosa, Rosendo más arriba, en Marampata, y Lucas más cerca de las ruinas, probablemente en Sunchupata. A este último, que aún vivía en los años 70, lo llamaban “el fantasma”. Era de tez pálida, mirada intensa y rostro severo. Observaba desde lejos a quienes se acercaban a las ruinas, luego desaparecía y surgía de repente en la senda interceptando el paso de quienes allí se acercaban, portando una herramienta de hierro (aysana) y preguntando en quechua “¿Qué desean?”. El solitario campesino había recibido el encargo de cuidar las ruinas por algún miembro del Patronato de Arqueología, eso sí, sin remuneración alguna, y así lo hacía. Tras explicar los motivos que habían llevado hasta allí a los visitantes les ayudaba a acceder a las ruinas ayudándose de su aysana a modo de machete, pues por entonces aún no se habían comenzado las excavaciones regladas o la limpieza de la vegetación selvática que cubría los muros y edificios.

Continuamos el ascenso hasta pasar el campamento de Santa Rosa Alta y llegar al arroyo Uchuhuerta (“huerta de rocotos”), a 2420 m. Llegamos aquí a las 10:28. Tras caminar unas 3 horas ya casi habíamos salvado 1000 metros de desnivel, con un ritmo de ascenso de 6-7 m/minuto. Seguramente era este arroyo al que se refiere Bingham cuando escribe “…ocasionalmente cruzamos arroyos frente a cascadas pasando sobre troncos resbalosos o peligrosos puentecillos”. Este arroyo es el más notable que se encuentra en la subida. Cuando lo cruzamos no revestía riesgo alguno, pero tal vez cuando lo hizo Bingham bajase con fuerte caudal. Desde el arroyo de Uchuhuerta la vegetación cambia. Las plantas de ambientes cálidos y secos dan paso a un bosque de bambú o sinhua (Chusquea sp.). Ahora la subida se hace algo más fuerte, el sol ya calienta y se va notando el cansancio. El bosque de bambú llega a hacerse denso. De él Bingham escribe que “aunque la ladera es demasiado empinada para permitir el crecimiento de mucho bosque, una gran parte del trabajo que supuso hacer este camino consistió en cortar y abrirse paso por la densa maleza de bambú.”

Entre Santa Rosa y Marampata el camino asciende a través de un denso bosque de sinhua o bambú (Chusquea sp). Construir el camino a través del mismo supuso un gran esfuerzo en su momento.

Cuando alcanzamos el mojón que marca el km 28 desde Cachora estábamos a 2850 m de altitud, y poco después, a las 12:00 del mediodía, alcanzamos el campamento de Marampata, a 2870 m, donde existen buenos pastos y abundante agua para las mulas, además de algunas cabañas y disponibilidad de bebidas. Desde Marampata se divisa ya relativamente cerca Choquequirao, a una altitud un poco superior, aunque para llegar allí aún faltarían 2 horas. En Marampata nos detuvimos a descansar y almorzar. La vista del cañón es magnífica. Posiblemente desde aquí es donde Bingham describe el siguiente párrafo: “A medida que ascendíamos, la vista del valle se hacía cada vez más magnífica. En ningún lugar he presenciado tanta belleza y grandiosidad como la que aquí se desplegaba.” Deslumbrado por la naturaleza, vegetación, cascadas, nevados, etc, Bingham escribe que “en la distancia, tan lejos como alcanzaba nuestra vista, un laberinto de montañas, valles, selva tropical y cumbres nevadas excitaba nuestra imaginación como por encanto. Tal era nuestra recompensa, mientras descansábamos tendidos, jadeando a un lado de la senda al alcanzar su punto más alto” (suponemos que en Marampata).

Probablemente era Marampata el lugar en el que Bingham quedó deslumbrado por la belleza del paisaje: " En ningún lugar he presenciado tanta belleza y grandiosidad como la que aquí se desplegaba".

Desde Marampata se divisa ya relativamente cerca Choquequirao, a una altitud un poco superior, aunque para llegar allí aún faltan 2 horas de marcha por selvas y precipicios.

A las 13:30 partimos de nuevo rumbo a Choquequirao. El camino contornea las laderas de las estribaciones del nevado Qorihuayrachina, bajando y subiendo, por empinados precipicios. En Sunchupata (2820 m) hay un puesto de control del Instituto Nacional de Cultura, donde debemos registrarnos para entrar al área arqueológica. Comenzamos a ver las impresionantes andenerías de Paraqtepata y Pacchayoq construídas al borde del abismo en la parte inferior de Choquequirao, de las que hablaremos en el siguiente capítulo. La vegetación se va haciendo más tupida, de “ceja de selva” y cruzamos la quebrada y arroyo de Chunchumayo.

La quebrada de Chunchumayo abriéndose al cañón del Apurímac. A la izquierda se ve el camino que viene de Marampata; en la derecha, cubierto todavía en su mayor parte por la selva de montaña se encuentra Choquequirao.

Al cruzar el arroyo de Chunchumayo cambiamos de ladera y nos adentramos en la selva que cubre Choquequirao (a la izquierda). Seguramente fue en este lugar donde Bingham disfrutó de sus gélidas aguas, procedentes de las laderas del Qorihuayrachina, refrescando sus cabezas y apagando su sed.

Aquí seguramente fue donde Bingham disfrutó de una “gloriosa catarata cuyas gélidas aguas” (que erróneamente supone proceden del nevado Soray) “refrescaron nuestras cabezas y saciaron nuestra sed”. Como en nuestro caso, eran más o menos las 3 de la tarde. A partir de este arroyo nos adentramos en la ladera cubierta de selva en la que asienta Choquequirao. Al igual que Bingham, “poco antes de las cuatro vimos unas terrazas a poca distancia”. Comenzaba nuestro particular examen y exploración de este interesante complejo arqueológico.

 

© Texto y fotos: José María Fernández Díaz-Formentí (prohibida la reproducción sin cita © 2011) / http://www.formentinatura.com

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13 comentarios
  1. HOla José María! qué gran viaje, los que hemos tenido la suerte de visitar Choquequirao y de apreciar la belleza de su arquitectura y del ambiente que lo rodea podríamos decir que es un sitio increíble. Yo tuve la suerte de caminar desde Choquequirao hasta MachuPicchu y fue uno de las caminatas más impresionantes que he hecho en mi vida… espero poder hacer muchos más, claro. Ojala que Choquequirao no se nos convierta en el MachuPicchu turístico que conocemos y a cuyos pies crece un pueblo feo e insufrible…. Quiero facilitarte por las estupendas fotos y por los mapas y las indicaciones que pones en las imágenes y que permiten ubicarse mejor. Una opinión, es lamentable lo de los eucaliptos en el norte de España, soy peruano pero vivo en Cantabria y aquí también es un problema lo de aprovechamiento de dicha planta para pasta de papel… claro, no es culpa del árbol como del manejo que de ella se hace… es una pena que aun sabiendo que el globulus puede afectar a otras plantaciones se le siga plantando en grandes cantidades… he tenido la suerte de hacer caminatas por la cornisa cantábrica y he visto también plantaciones y para mi sorpresa he encontrado que bajo los eucaliptales había vida, es decir otras plantaciones si bien pequeñas… pensé que ese árbol desaparecía todo… queda como consuelo saber que por ahora en España el árbol más extendido es la encina… esperemos que sea así por muchísimo más tiempo… un abrazo!

    • Alex Michael permalink

      Pablo felicitaciones por la travesía. Soy de Lima-Perú. Estoy interesado en realizar esta ruta. Dime, cual es la distancia y el tiempo que te ha tomado realizar la caminata: Cachora- Choquequirao – Machupicchu y que edad tienes para tener un gran físico. También quiero saber que tan dificultoso es caminar en el Tramo: Choquequirao-Maizal-Yanama-Totora. Que medios de comunicación puedo encontrar en Yanama. El alquiler de mulas tomados en Cachora pasan Yanama hasta llegara Ccolpahuayco. Con respecto a los Eucaliptos la población de la sierra lo conservan para luego usarlos en estructuras de techo incluso en alguno puente rurales.

      • Hola Pablo. No hice el trayecto de Choquequirao a Machu Picchu. Y no sé si es seguro ese trayecto (hay reportes de pequeños grupos de narcoterroristas que asaltaron a algún grupo de turistas alemanes hace unos años). En cuanto a mi edad, tengo 52 años; cuando subí a Choquequirao tenía 48. En mis artículos explico cosas sobre la dureza de la subida y como afrontarla con éxito. También hablo de los eucaliptos como sabes. Y no hice el tramo de Yanama, así que no puedo darte datos. Mi trayecto fue el que explico desde Cachora. Muchas gracias.

  2. josé torrejón permalink

    que, buena síntesis de vuestra aventura, la verdad que me haz hecho vivir esta travesía sin conocerla, estoy preparándome para desafiar esta tentación………..tendré presente que llegaré como jóven a Choquequirao, pero caminando como anciano…………….gracias José María, que la vida te siga proponiendo más aventuras de esta naturaleza

    • Gracias José: en efecto, el truco es el que comento en el artículo: subir despacio, con poco peso, un poco de alimento y agua, madrugando para evitar el calor, y marcarte pequeños objetivos de descanso (ej “bueno, voy a descansar cuando llegue a la segunda curva siguiente del camino”). Espero que disfrutes la experiencia tanto como yo. Un abrazo!

  3. Victor Merino permalink

    impresionante. felicidades.

  4. Mere permalink

    Me encanto tu relato, para mi Choquequirao ha sido hasta ahora una de las más emocionantes y difíciles travesías…vi el mapa y me quede maravillada por tremenda ruta que es! Me encantaron las fotos!!!!!!!!

  5. Ramiro Valenzuela Baqrrantes autor del Libro Los Enigmas de Apurimac permalink

    Encontre un dato muy antiguo sobre la primera expedicion a Choquequirao que se organizo en Curahuasi, que en 1786 pertenecia al obispado del Cusco y Choquequirao pertenecia a la Doctrina de Curahuasi, durante esos anos se construyo el primer camino a dichos restos arqueologicos liderado por el Licenciado Jose Quintanilla. Tambien tenemos otros datos que estan publicados en mi libro “Los Enigmas de Apurimac”

    • ¡Qué interesante, Ramiro! Sólo tenía constancia de los datos de los viajeros y geógrafos de la zona en el siglo XVIII: Juan Arias Díaz Topete en 1710, Cosme Bueno en 1768 y Pablo José Oricain en 1790 (hablo de ellos en el tercer artículo sobre Choquequirao en mi blog). Anoto tu libro para adquirirlo en cuanto regrese al Perú. Muchas gracias

  6. Alex Michael permalink

    Gracias por tu relato José María. Soy de Perú, estoy interesado en seguir tus huellas. Esto es uno de los pocos lujos que humano debe darse al menos una vez por año. Una consulta cuanto tiempo de quedaste en Choquequirao y que lugares mágicos conociste ahí?

    • Hola Álex.
      Gracias por tus comentarios. Estuve 2 días en las ruinas. Es un lugar subyugante. En cuanto a lugares “mágicos” no se bien a que te refieres. El lugar es mágico de por sí, por la belleza del lugar y su entorno, las dudas que se te abren en la mente, etc. Pero si me preguntas por lugares especiales desde el punto de vista esotérico, has “pinchado en hueso”, pues soy muy racionalista y no creo en esas cuestiones, sino sólo en lo constatable desde el punto de vista arqueológico-documental y científico. Muchas gracias de nuevo y un saludo cordial.

  7. Dora Navarro permalink

    Hola Jose María, Me encantan! esos lugares maravillosos, estoy informándome acerca de este complejo arquitectónico, tus comentarios me han dado la seguridad que lo lograre a pesar de mi edad, tengo 62 años, el próximo año sera el reto, estoy segura que lo lograre! tengo espíritu aventurero! sera un reto, tu narración y descripción me ha animado mucho mas.
    Gracias y felicitaciones!

    • Gracias Dora: seguro que podrás hacerlo, sobre todo si estás con salud aceptable y acostumbrada a caminar. Lo importante: ir poco a poco, comenzando la subida desde el río bien temprano, marcándote pequeños objetivos (“ej: ahora subiré dos curvas más y descanso 2 minutos”, etc). Llevar un altímetro y ver como devoras metros de desnivel es estimulante. Hidrátate bien y lleva frutos secos o alimentos energizantes. La experiencia es fantástica…

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