Skip to content

CHOQUEQUIRAO (III): PREGUNTAS Y REFLEXIONES / Choquequirao, wonderings and thoughts.

1 de enero de 2012

© Texto y fotografías: José María Fernández Díaz-Formentí / http://www.formentinatura.com

Dibujos: Felipe Guamán Poma de Ayala: Nueva Corónica y Buen Gobierno (fines s. XVI – 1615). Biblioteca Real de Dinamarca, Copenhage (http://www.kb.dk/permalink/2006/poma/info/es/frontpage.htm)

Conocida desde la época de la conquista y nunca olvidada durante la Colonia, la ciudad de Choquequirao y su romántico nombre de “cuna de oro” se transformó en un lugar mítico, como supuesto refugio de los últimos incas frente a los conquistadores y lugar en el que ocultaron parte de sus tesoros. Sin embargo estas arraigadas creencias, que han persistido hasta la actualidad, merecen ser reconsideradas. En este artículo intentaré incitar al lector interesado por estas cuestiones a reflexionar acerca de lo que pudo ser Choquequirao, sugiriéndole que también él se haga preguntas mientras los futuros hallazgos que depararán las excavaciones arqueológicas nos van ofreciendo respuestas.

UN POCO DE APASIONANTE HISTORIA:

Cuando Francisco Pizarro, acompañado de 177 hombres y 78 caballos desembarcó en el Perú en 1532, el imperio inca se desangraba en una guerra fratricida. Había muerto el último gran emperador, Huayna Cápac, y dos de sus hijos luchaban por el poder, Huáscar (heredero legítimo según la tradición cuzqueña) y Atahualpa, al que apoyaban los ejércitos del reino de Quito. Este último descansaba de su victoria en los baños termales de Cajamarca, cuando llegó Pizarro en su búsqueda.

Pizarro y Atahualpa en Cajamarca (Guamán Poma)

Tras capturarlo (noviembre de 1532) y mantenerlo cautivo 8 meses, Atahualpa fue ejecutado en julio1533, con satisfacción de los partidarios del vencido Huáscar, al que además Atahualpa había ordenado asesinar desde su cautiverio.

Atahualpa prisionero en Cajamarca (Guamán Poma)

Pese a acabar con el inca vencedor y contar provisionalmente con el apoyo de los leales a Huáscar, aún quedaba mucho por hacer. Quizá lo más apremiante era eliminar los ejércitos fieles a Atahualpa y sus generales. Uno de los pocos hijos de Huayna Cápac que sobrevivió a los fratricidios ordenados por su hermanastro Atahualpa fue Manco Inca, que juró vengar a sus hermanos. Aliándose con los españoles, consiguieron terminar con ejércitos y generales quiteños. Manco se coronó como nuevo Inca, confiando Pizarro que esto serviría como garante de mantener las estructuras y organización del imperio inca en orden y aliado al nuevo poder durante la transición que llegaba.

Coronación de Manco Inca en el Cuzco (Guamán Poma)

Parecía que llegaba el momento de la pacificación, pero los abusos y torpezas cometidos por los españoles desencantaron a Manco Inca, confirmando sus sospechas acerca de aquellos: no eran dioses enviados a restaurar el antiguo orden del imperio, sino invasores con fines más mundanos. Comenzó así un alzamiento general contra los españoles, acaudillado por Manco Inca, en 1536. A pesar de los asaltos contra Lima y Cuzco, Manco fracasó en su intento de  acabar con los hispanos y se vio obligado a replegarse a la región de Vilcabamba, donde, protegido por una remota y complicada geografía de valles abruptos, nevados y selvas de montaña, estableció su base de operaciones para proseguir una guerra de guerrillas contra los españoles que continuarían durante 36 años sus hijos Sayri Túpac, Titu Cusi Yupanqui y Túpac Amaru, terminando con la captura y ejecución de este último en 1572.

Manco Inca incendia una capilla en Cuzco durante su rebelión contra los españoles (Guamán Poma)

Por si fuera poco, Diego de Almagro, otrora amigo y socio de Pizarro en la empresa de la conquista del Perú, se había enfrentado a este último. No había quedado muy conforme con lo que Pizarro había conseguido para él en sus capitulaciones en España, y menos aún al regresar de su expedición a Chile y al desierto de Atacama, donde no encontró riquezas comparables a las del Perú. Almagro argumentó que la ciudad del Cuzco pertenecía a su jurisdicción y la tomó al regresar del sur, encarcelando a los hermanos de Francisco Pizarro, que habían quedado al mando de la antigua ciudad imperial. Corría el año 1537. Al año siguiente Pizarro aceptó unos provisionales acuerdos para que Almagro liberase a su hermano Hernando. Pero la humillación sufrida hizo que el odio contra Almagro y sus huestes (“los de Chile”) se hiciese mayor que nunca. La batalla no tardó en llegar, enfrentándose en las Salinas. Los pizarristas, a mando de Hernando, vencieron y capturaron a Almagro. Tras un presidio de tres meses, en julio de 1538 Hernando dispuso que Almagro fuese agarrotado. Tres años después, su hijo Almagro el Mozo tomaría venganza: acompañado de algunos de sus partidarios asesinaron al propio Francisco Pizarro, el conquistador del Perú, entrando en su casa de Lima. Corría el mes de junio de 1541, y mientras Manco Inca seguía retirado en las misteriosas ciudades de la cordillera de Vilcabamba…

Francisco Pizarro es asesinado en Lima por los almagristas (Guamán Poma)

¿CUNA DE ORO?

“Choqe”, en quechua, significa oro fino, puro, de muchos quilates. También se aplica al oro en bruto, sin labrar ni alear. Cuando el mismo ha sido labrado o aleado en parte para hacer un objeto suele llamarse “qori”. Es decir, que para un objeto hecho de oro se utiliza más bien qori y si es de oro puro, choqe. Lo cierto es que no siempre se utilizan esas palabras de forma estricta. Siguiendo sus acepciones, podríamos estar tentados a traducir Choquequirao como “cuna del oro (puro)”, es decir, un filón de oro, pero sería incorrecto, pues un filón o veta de  mineral es “q’oya” en quechua. Vayamos a la segunda parte de la palabra: “k’iraw” significa en efecto cuna, catre, y en su forma verbal, mecerse o apoyarse. Por tanto la traducción de Choquequirao como “cuna de oro” parece válida, quizá con el matiz de hacer referencia a un oro muy puro. En época inca se utilizaban unas toscas cunas hechas de palos, una de cuyas patas se acortaba para poder mecer al niño. Es de suponer que la nobleza utilizase cunas de materiales más acordes a su rango, tal vez de maderas cubiertas de láminas de oro, aunque resulta extraño que algo así llegue a nombrar a una ciudad como esta.

Niña y niño de un mes “questan en las cunas (…) quiraupi wawacona” (Guamán Poma)

Pero, ¿fue este el nombre original de la población? La cuestión se presta a dudas y reviste interés, así que vamos a reflexionar algo sobre ello, aprovechando algunos datos del interesante artículo de Erwan Duffait sobre Choquequirao en el siglo XVI (http://www.ifeanet.org/publicaciones/boletines/34(2)/185.pdf), basado a su vez en ciertos documentos descubiertos a finales del siglo XX, publicados por Varón Gabai y C. Julien en 1998.

En abril de 1539 Manco Inca llevaba dos años retirado en Vilcabamba. Almagro había sido ejecutado unos meses antes, y Francisco Pizarro quiso premiar a su hermano Hernando su fidelidad y apoyo durante la conquista y en las posteriores turbulencias, así que le otorgó en encomienda varias tierras en los valles del Urubamba y del Apurímac.

“Tambo” (Ollantaytambo) fue una de las poblaciones con sus tierras recibidas por Hernando Pizarro como encomienda en el valle del Urubamba en 1539

En el primero la encomienda incluía las poblaciones de Tambo (Ollantaytambo) y de Piccho. Esta última se corresponde con Machu Picchu, aunque Hernando nunca fue allí: tal vez le fue asignado directamente el lote de tierras del valle hasta entonces propiedad de la panaca (dinastía familiar) real del antiguo emperador Pachacútec, y Machu Picchu seguramente habría terminado de despoblarse durante la guerra civil. En el valle del Apurímac Hernando recibió tierras en las que se encontraban los pueblos de “Urco”, “Xuybita” (Saywite) y el que “se llama Chuquicarando en donde tiene su casa Atapoma con todos los yndios e principales a el subjetos”.

Cuando los españoles del siglo XVI comenzaron a recoger testimonios de los indígenas y a transcribirlos se encontraron con una lengua, la quechua, con una pronunciación y sonoridad bastante diferente a la española. Aquellos cronistas, funcionarios, soldados o religiosos transcribían a la fonética en lengua castellana los nombres que escuchaban a los informadores indígenas, intentando que sobre el papel quedase escrita una palabra que una vez leída se pareciese a lo que habían escuchado. Por ejemplo, en la mayoría de las crónicas se hace referencia a Atahualpa como “Atabáliba”, pues los cronistas transcribieron de ese modo el sonido que escuchaban del nombre del inca.

Escribano de Cabildo (Guamán Poma)

Parece que “Chuquicarando” (o Chuquierrando) era el nombre de lo que hoy conocemos como Choquequirao. Es evidente que “Chuquicarando” es un nombre castellanizado a partir de otro quechua. Algunos estudiosos lo consideran directamente una castellanización de “Choquequirao” (en la grafía actual del quechua se escribiría “Choq’uekiraw”) y por tanto consideran que la ciudad ya tendría ese nombre desde época precolombina. Este argumento no es descartable: en la zona abundan los topónimos que incluyen la palabra “choque”, como los nevados Choquezafra, Choquetacarpo o las ruinas de Choquesuysuy, cercanas a Machu Picchu. Sin embargo en quechua también existe la palabra “chuqui”, que significa “lanza, flecha o azada” y como adjetivo “muy duro, resistente”. En otro documento, esta vez de 1543 (Vaca de Castro), se menciona “Chuquitambo” (que podría traducirse como “campamento de lanceros”) como uno de los pueblos cercanos a Cachora y pertenecientes a Hernando Pizarro, que también se correspondería con el hoy llamado Choquequirao.

Se considera que Chuquicarando, Chuquierrando y Chuquitambo hacen referencia al mismo lugar. Pero ¿son castellanizaciones del nombre “Choquequirao” o de otro nombre diferente? Pienso que merece la pena reflexionar sobre ello, con las limitaciones que supone no ser filólogo ni quechuaparlante, aunque sí hispanohablante. En las dos ocasiones en que en esos documentos del siglo XVI se hace referencia a dicha población se habla de “chuqui-”. Por tanto, al menos dos personas diferentes de la época escucharon e interpretaron “chuqui-” y no “choqe-”, y así lo transcribieron. Si además lo escuchado hubiese sido “choqe-“(oro puro), con toda seguridad el lugar habría atraído el interés de los colonos o del propio Hernando Pizarro. Sin embargo Choquequirao no aparece como tal mencionado en ninguna crónica antigua, ni tenemos constancia por el momento de que se hayan hallado objetos de procedencia española en el lugar, por lo que parece que no se tuvo mayor interés en el sitio. Pese a todo hay que tener en cuenta que las diferencias fonéticas entre “choque” y “chuqui” son escasas y posiblemente difíciles de discernir para un español del siglo XVI.

Choquequirao aparece en documentos del siglo XVI como uno de los poblados otorgados en encomienda a Hernando Pizarro, bajo el nombre castellanizado de “Chuquicarando”, pero podría tratarse de la transcripción de otro nombre original de la ciudad de sonoridad parecida.

Y ¿qué palabra pudo transcribirse como “-carando” o “-errando”?. Averiguar esto es tarea aún más difícil para quien no habla quechua. Una opción es admitir “-quirao” como la palabra original, aunque esta vez las diferencias fonéticas entre lo escuchado y lo interpretado parecen más marcadas que en el caso anterior. Examinando un diccionario de quechua podemos encontrar otras opciones. Así, la palabra “kallanka” significa “palacio” o “edificio grande” (hay varios en Choquequirao); “karu” significa “lejos, distante” y “karúnchaq” “que aleja mucho”. Son vocablos que hacen referencia, pues, a algo lejano y distante, como sí lo está Choquequirao. Seguramente un quechuista encontraría algunas opciones más adecuadas y concordantes con esa castellanización. En cuanto a la otra transcripción del nombre, “Chuquitambo”, podría interpretarse como un “campamento de lanceros”, pues “tambo” es una posada, campamento o alojamiento.

En fin, son todas estas elucubraciones filológicas cuya única pretensión es animar un debate acerca del nombre del lugar y su significado. Algunos estudiosos sospechan que el nombre original del lugar no era el que hoy ostenta, y que pudo ser un nombre otorgado en la época colonial que le diese un aura mítica, “cuna de oro”, a una ciudad que se sabía estaba al otro lado del cañón cubierta por la selva, de la que hablaban los abuelos y en la que suponía habían estado refugiados los incas de Vilcabamba. Pocos se animarían a ir a visitarla en aquellos años, teniendo que descender el profundo cañón, cruzar un rugiente río y ascender empínadísimas laderas cubiertas de una maraña impenetrable de bambú y selva. Tal vez un nombre original de parecida sonoridad se metamorfoseó hacia este nombre mítico.

Una posibilidad es que el origen del nombre se deba a que topográficamente la cresta en que asienta Choquequirao recordase a una cuna a sus constructores o primeros habitantes

A la forma recogida en forma de cuna que pudo sugerir la ciudad, contribuiría el promontorio (ushnu), que desde lejos recordaría al cabecero de la cuna

Señalemos por último otra posible interpretación,  y es que “cuna de oro”  fuese un nombre puesto al lugar no por sus riquezas, sino por evocar a una cuna el lugar en sí. Esta hipótesis es una de las que ofreció Hiram Bingham en su expedición al lugar en 1909, tras manifestarse escéptico respecto a la existencia de tesoros ocultos en un enclave que él consideraba de función estratégico-defensiva: “¿Por qué entonces el nombre de “Cuna de Oro”? Una respuesta es que la crestería con una elevación en que asienta Choqquequirau, cuando se ve a distancia recuerda a una hamaca. El sol del atardecer a menudo ilumina las ruinas en tonos dorados, y los románticos incas podrían fácilmente haber llamado Choqquequirau al lugar por su semejanza con las cunas que les eran familiares”. Desde luego, parece una explicación más sugerente que imaginar que en el lugar se hubiese encontrado una cuna de oro.

Choquequirao iluminado por el sol del atardecer, cuyos tonos dorados pudieron inspirar su nombre, según Bingham

EL ABANDONO DE CHOQUEQUIRAO

A diferencia de otras ciudades incas como Machu Picchu, la administración colonial si conocía la existencia de Choquequirao. En 1539, pese a estar Manco Inca oculto en aquella región, el documento que otorga “Chuquicarando” a Hernando Pizarro recoge incluso el nombre de su cacique, Atapoma, que tenía “yndios principales a el subjetos”.

En los últimos años del siglo XVI se funda San Pedro de Cachora dentro de la política de reducciones de la administración colonial, destinada a reagrupar población indígena en unidades mayores y más fáciles de administrar (pueblos de reducción), despoblando lugares dispersos y ocupados por pocas familias. Cachora fue uno de esos pueblos de reducción, que aglutinó a tres poblaciones de origen precolombino, Saywite, Urco y Choquequirao, antiguas encomiendas de Hernando Pizarro. Las familias indígenas de estos enclaves fueron desplazadas a Cachora y se abandonaron los antiguos poblados. Los caciques de los mismos continuaron teniendo cierta representatividad de su colectivo en la nueva población.

Un señor principal (“segunda persona”), teniente del corregidor, encuentra a un capataz en el camino y le entrega la relación de indios tributarios. Parece que el cacique de Choquequirao, Ataw Puma, se desplazó al nuevo pueblo de reducción de Cachora a finales del siglo XVI, donde fue nombrado “segunda persona” de este pueblo.

Entrados en el siglo XVII, en 1618, otro documento habla de una repartición de tierras entre Huanipaca  y Cachora (es decir, los territorios situados frente a Choquequirao). Al mencionar los caciques del pueblo de Cachora por esa época, aparece “don Martin Ataupoma segunda persona deste pueblo”. Sin duda se trata de un descendiente o familiar de aquel Atapoma mentado como cacique de Chuquicarando casi 80 años antes, clan que continuaría ostentando el cacicazgo. En Cachora tenía el segundo puesto en liderazgo por detrás de Salvador Achic, perteneciente al clan familiar de los antiguos caciques de Saywite, los Achic o Ache. Guamán Poma, en su “Nueva Corónica y Buen Gobierno”, escrita y dibujada por esos años, habla de esas “segundas personas”, entre cuyas funciones estaban reclutar y empadronar indígenas para las minas y trabajos colectivos (mita) o cobrar impuestos en forma de alimentos para corregidores, visitadores y clero. En época prehispánica, cuando los curacas y jefes de grupos étnicos se iban a la guerra, sus dominios quedaban bajo el control de sus “segundas personas”, generalmente el tío paterno del curaca ausente.

Por tanto parece que Choquequirao estuvo poblado por un conjunto de familias, cuyos caciques fueron de la familia Ataw Puma (transcrito como Ataopoma o Atapoma) durante el primer medio siglo de ocupación colonial, y finalmente fue abandonado en los años 90 del siglo XVI, cuando se fundó Cachora y se efectuaron las reducciones pertinentes. El proceso pudo ser gradual, pues cuando se establecía una reducción, el abandono no tenía por que ser inmediato y total. A veces parte de los indígenas preferían permanecer en sus lugares de origen y acudían a la reducción a pagar su tributo, asistir a misa y al mercado, donde se encontraban con los oriundos de su poblado que ya se habían mudado al pueblo de reducción. Se desconoce si este fue el caso de Choquequirao, en cuyo caso tal vez siguió ocupado parte del siglo XVII. La enorme labor arqueológica aún pendiente de realizarse quizá aclarará esta cuestión. En cualquier caso la población remanente debió ser escasa y seguramente por poco tiempo, pues el desplazamiento periódico a Cachora era largo y difícil (Véase “Choquequirao II: cruzando el cañón del Apurímac ayer y hoy” en este mismo blog).

Abandonado entre 1590 y los primeros años del siglo XVI, Choquequirao fue ocupado en pocos años por una exuberante selva tropical de montaña, de la que sólo se ha despejado un 30%

LOS EXPLORADORES

Pasado un siglo, en los primeros años del siglo XVIII, el español Juan Arias Díaz Topete recorre la región de Vilcabamba en tres ocasiones. Exploraba la región fundamentalmente en busca de minas de oro para conseguir una concesión, por lo que no es de extrañar la frecuencia con la que oiría, buscaría, interrogaría o interpretaría la palabra quechua “choqe”. En cualquier caso “comprobó y calificó (…) ser ciertas las noticias que por antiguas tradiciones se tenían de las riquezas de estos parajes”, y en 1710 escribe un memorial en el que informa que los “pueblos de la gentilidad” Vilcabamba la Grande (“habitación principal del Inga”), “Chuquiquirao”, Chuquitiray y otro pueblo donde habían trabajado los “plateros del inga” estaban “totalmente despoblados”. Fijémonos que se continúa hablando de “chuqui” y no de “choqe”. La sonoridad de ambas palabras quechuas puede ser parecida, pero ahora ya se recoge “quirao”. De todas formas el dato fundamental es que la ciudad estaba despoblada por entonces, y seguramente desde hacía más de un siglo.

En 1768 Cosme Bueno notifica la existencia de casas y palacios con objetos (morteros) que supone son para moler metales

En 1768 el médico y cosmógrafo aragonés Cosme Bueno publica su “Geografía del Perú Virreynal”, donde habla de Choquequirao en el que notifica la presencia de casas y palacios con objetos para moler metales. A finales del mismo siglo, en 1790, Pablo José Oricain en su Compendio de Noticias Geográficas del Cuzco recoge y cuenta el mito de que en este sitio “los incas hacían y labraban los utensilios para los palacios y, por la conquista, ocultaron cantidades porque eran de oro y plata”. También publica un mapa del Partido de Abancay con la correcta localización del Apurímac, Curahuasi, Mollepata, el Salkantay, Cachora y Choquequirao: junto a este último apunta “Plateria del Ynga”.

Mapa

Hacia 1790, Pablo José Oricain elaboró un plano de “El Partido de Abancay” donde figuran correctamente ubicadas las poblaciones de Cachora y Choquequirao: junto a esta última, el autor apunta “Plateria del Ynga” (debajo, detalle del mapa)

Mapa Oricaín 1 (1790) detalle

 

Entrados en el siglo XIX aumenta el interés por el lugar. Tras la independencia, varios franceses llegan allí: en 1834 lo hace E. de Sartiges, que alcanza Choquequirao desde la actual población de Santa Teresa, acompañado de peones de la hacienda Huadquiña. En abril de 1851 publicará su crónica en la revista Revue des Deux Mondes bajo el seudónimo de E. de Lavandais (http://www.revuedesdeuxmondes.fr/user/details.php?type=author&search=Lavandais&code=68690), donde pone nombre a algunas de las construcciones, menciona la existencia de vigas de madera en los edificios de dos pisos de la plaza principal y se percata de lo muy cubiertas que están las ruinas por la selva, que le imposibilitan hacer un plano.

En 1834 visita las ruinas E. de Sartiges, encontrándolas tan cubiertas de vegetación que le resulta imposible hacer un plano de las mismas. Hoy continúan así un 70% de las construcciones.

En 1847 Leonce Angrand dibuja los primeros planos del enclave, considerándolo el lugar de residencia de los herederos de los antiguos soberanos del Tahuantinsuyu (Imperio Inca) y baluarte de los mismos entre 1537 y 1542. A la misma hipótesis se adscribe el viajero Charles Wiener en su obra Perou et Bolivie: desde Incahuasi describe el paisaje ante sí y hace referencia a “…la meseta de Choquequirao, último refugio de los incas vencidos por los españoles”. Lo mismo ocurre con el geógrafo Antonio Raimondi en el capítulo XIII de su obra El Perú (1876). Al describir la región de Vilcabamba escribe que “En la vertiente occidental, en un terreno muy quebrado y cortado casi a pique sobre el caudaloso Apurímac, existen unas grandes ruinas, que se conocen actualmente con el nombre de Choquequirao. Es en este último lugar, donde se había refugiado el Inca Manco, después de sus impotentes esfuerzos para recobrar el perdido Imperio, y donde se refugió también su hijo Sayri Tupac Inca antes de aceptar los ofrecimientos del virey Hurtado de Mendoza”.

E. de Sartiges excavó en algunos edificios, poniéndoles nombres como en el caso del Templo del Muro Triunfal, (en la imagen).

Llegados al siglo XX el mito de las supuestas riquezas de Choquequirao se mantiene. Cuando Bingham atravesaba Sudamérica en 1909, el prefecto de la provincia de Apurímac J.J. Núñez viajó a Cuzco para instar al explorador norteamericano a visitar Choquequirao. Le informó que había sido el hogar del último inca y que debido al romántico nombre de “cuna de oro” se habían practicado hacía poco una serie de excavaciones para descubrir el tesoro que se creía perteneció a los incas y que aquellos escondieron allí para evitar que cayera en manos de los conquistadores españoles. Según le dijo, era creencia general entre los funcionarios y plantadores de azúcar de la región de Abancay que Choquequirao había sido una gran ciudad, “con más de quince mil habitantes” (una evidente exageración de la imaginación popular) y que sin duda contenía un gran tesoro. Bingham viajó a Abancay y durante los preparativos de su expedición, al acabar una cena le mostraron algunos objetos encontrados en Choquequirao, como varios alfileres para prender en las ropas a modo de botón (tupus) y otros objetos de metal cuya función desconocía. “El más interesante era un pesado barrote de 15 pulgadas de largo (38 cm) y algo más de 2 pulgadas de ancho (5 cm), cuadrado, con esquinas redondeadas (…). Tenía un matiz amarillento que había hecho correr la noticia de que era de oro puro. Desafortunadamente no teníamos medios para analizarlo, pero sospecho que estaba hecho, como las antiguas hachas incas, de cobre aleado y endurecido con estaño”. Día y medio después partió hacia Choquequirao (véase “Choquequirao II: Cruzando el cañón del Apurímac ayer y hoy. La subida de Bingham a Choquequirao (1909)” en este mismo blog).

Los importantes edificios, plazas y “palacios” que los exploradores de siglos pasados describían en Choquequirao parecían confirmar el mito de haber sido residencia de los últimos incas de Vilcabamba, creencia hasta hoy erróneamente mantenida.

¿HACIENDA REAL INCA?

A la muerte de Manco Inca en 1545 (asesinado por un grupo de españoles almagristas huidos de las represalias de los vencedores pizarristas y que Manco había acogido en Vitcos), sucedió en el trono su hijo Sayri Túpac, aún un niño pero rodeado de capitanes, nobles y sabios encargados de tomar decisiones. Los españoles intentaron negociar con el nuevo Inca para que abandonase Vilcabamba en paz, a cambio de una serie de concesiones y pensión perpetua. Alcanzada la mayoría de edad accedió a las negociaciones, quizá también deseoso de conocer el esplendoroso Cuzco y territorios del imperio de sus antepasados. Salió de Vilcabamba en 1557 y viajó en andas, con un séquito de 300 yanaconas (sirvientes), a la Ciudad de los Reyes (Lima). Allí se entrevistó con el Virrey y negoció las condiciones de una paz preparada de antemano por la administración colonial. Era el año de 1558, y Sayri recibió una serie de territorios valiosos, además de un palacio en Yucay (Huaca Huasi en el Valle Sagrado de los Incas, cerca de Cuzco) que aún hoy puede ser visitado.

Sayri Túpac negocia en Lima con el virrey Hurtado de Mendoza la pacificación del reino rebelde de Vilcabamba (1538)

Interior del palacio de Sayri Túpac o Huaca Huasi en Yucay (Valle Sagrado). Fue construído entre fines del siglo XV e inicios del XVI, y su estilo arquitectónico parece corresponderse con las construcciones del periodo del Inca Huayna Cápac. En 1558 fue otorgado a Sayri Túpac en las negociaciones de paz con el virrey. Apenas 2 años después moriría allí, posiblemente envenenado.

El joven inca pasó así a ser un magnate territorial con altas rentas, y de Lima viajó a Cuzco, donde se bautizó y se casó, retirándose a su palacio de Yucay. Parecía haber llegado la paz y el final del reino de Vilcabamba, pero poco después (1561) Sayri Túpac moría en Yucay con poco más de 20 años, muy probablemente envenenado. Según se supo, el reino de Vilcabamba ya tenía un nuevo dirigente desde que Sayri Túpac lo había abandonado, su hermanastro mayor Titu Cusi Yupanqui, mucho más guerrero e indomable que el recién fallecido. Enterado de su deceso se proclamó nuevo inca. La resistencia aún se iba a prolongar once años más, pues no acabaría tampoco con la muerte de Titu Cusi (1570) sino de su hermano sucesor Túpac Amaru, finalmente capturado por los españoles y ejecutado en la plaza de Armas de Cuzco el 24 de septiembre de 1572.

Boda de Sayri Túpac en Cuzco, tras sus acuerdos de paz con los españoles.

Durante las negociaciones con la corona española, Sayri Túpac reclamó para sí las encomiendas del valle del Apurímac que habían sido entregadas a Hernando Pizarro casi 20 años antes. En documentos consultados por el historiador Rómulo Cúneo-Vidal en el Archivo de Indias (Sevilla), el nuevo Inca pedía “como condición para salir de paz de su refugio de Vilcabamba, el trecho del río Apurímac que hay desde la puente que lo cruza hasta donde se junta con el río de Abancay, que es trecho de ocho leguas de largo por cuatro de ancho, poblado por unos quinientos a seiscientos indios que pertenecieron a dos vecinos del Cuzco, siendo uno de ellos Hernando Pizarro“. En ese tramo se encuentra Choquequirao. Además solicitaba las tierras por él ocupadas en Vilcabamba, dos palacios en Cuzco de su abuelo Huayna Cápac y propiedades en Xaquixahuana (pampa de Anta) que habían pertenecido a su padre, Manco Inca.

Aunque en negociaciones previas a su viaje a Lima se habían aceptado esos requerimientos (con excepción de los valles de Vilcabamba), finalmente no llegaron a cumplirse. Los Pizarro tenían necesidad de conservar el control de los valles fronterizos con el reino de Vilcabamba y del reino en sí para evitar nuevas rebeliones. ¿Pero por qué ese especial interés de Sayri Túpac en recuperar para sí, no ya como Inca rebelde sino como terrateniente, los territorios en los que asienta Choquequirao?. Ya tenía concedidos otros terrenos de gran valía cercanos a Cuzco y a su cercano palacio en Yucay. Todo ello le aseguraba unas altísimas rentas anuales a perpetuidad. Choquequirao y su entorno estaban lejos de allí, en zona de selvas montañosas. ¿Por qué ese interés?.

Las haciendas reales de cada inca eran propiedades privadas del soberano, su familia y descendientes (panaca). Eran lugares de descanso y recreo para el inca, su familia y los nobles invitados, con tierras de cultivo asociadas. Chinchero (en la foto) fue una de las haciendas de Túpac Yupanqui. ¿Pudo ser Choquequirao otra de sus propiedades?

Los gobernantes incas dejaban a su muerte instituida una panaca, o linaje que agrupaba a toda su familia y que quedaba como heredera de las propiedades privadas del Inca fallecido, desde su palacio en Cuzco en el que se cuidaba su momia, hasta las haciendas reales de recreo y sus terrenos subsidiarios que el inca tenía por lo general en los valles cercanos a Cuzco. Su hijo heredero debía constituir una nueva panaca independiente. En el Valle Sagrado hubo varias de estas haciendas reales y parece ser que también en los valles de Vilcabamba. Por ejemplo Tambo (Ollantaytambo), Písac y Picchu (Machu Picchu) parecen haber sido algunas de las haciendas reales del Inca Pachacútec. Por alguna razón, Sayri Túpac había sido nombrado jefe de la panaca de Túpac Inca Yupanqui (hijo de Pachacútec), que también tenía haciendas reales como Chinchero. El investigador E. Duffait plantea la pregunta acerca de si el interés de Sayri se debía a que Choquequirao había sido también hacienda real propiedad de su bisabuelo, el emperador Túpac Inca Yupanqui, y como heredero de su panaca, consideraba que le correspondía en propiedad . La cuestión no es baladí, pues podría dar una explicación y significado a lo que fue Choquequirao, otra hacienda real no de Pachacútec, como Machu Picchu, sino de su hijo Túpac Inca Yupanqui. En tal caso nos podemos formular nuevas preguntas: ¿pudieron ser los Ataw Puma (“puma feliz”) miembros de la panaca de Túpac Inca Yupanqui, que siguieron ocupando la hacienda real por generaciones?…

Mapa de la región de Vilcabamba y los valles del Urubamba y Apurímac. Se han señalado los topónimos citados en el texto. (pinchar en la imagen para más detalle)

CHOQUEQUIRAO Y EL REINO DE VILCABAMBA

Una cuestión interesante acerca de esta enigmática ciudad es que durante los 36 años que duró la resistencia de los incas de Vilcabamba, Choquequirao siguió poblada por familias indígenas de alguna manera controladas por la administración colonial, pues como vimos se despoblaría entre los finales del siglo XVI e inicios del XVII. Y sin embargo, Choquequirao era una de las ciudades geopolíticamente integrada en ese rebelde “reino de Vilcabamba”. De hecho estaba comunicada por un buen camino ni más ni menos que con Vitcos, que fue el principal asiento de Manco Inca y de sus hijos. Sin embargo al repartir las encomiendas se consideraba que Choquequirao estaba en territorio pacificado y fuera de control de los incas de Vilcabamba. Las campañas militares españolas que se adentraron en dicho territorio no llegaron a Choquequirao ni sus edificios parecen haber sufrido saqueos o incendios como otros lugares de la zona, aunque todo ello está pendiente de confirmación arqueológica futura.

Abandonado a fines del siglo XVI o principios del XVII, la selva de montaña (ceja de selva) comenzó a invadir la ciudad. Es posible que en los años siguientes algún campesino o perdido huaquero encontrase objetos de oro en enterramientos del lugar, lo que contribuiría a mitificar a Choquequirao como enclave de grandes riquezas o “ciudad de la Platería”. En Cachora no se perdió la memoria de Choquequirao, el pueblo de los abuelos, pero seguramente ya casi nadie iba allí por la distancia e imposibilidad de superar el cañón, una vez los caminos se borraron por desprendimientos e invasión de bambú. Debido a ello no tardó en surgir el mito: aquella inaccesible ciudad de los antepasados, emplazada en la cordillera de Vilcabamba (nombre que quedaría en los pobladores como el símbolo de la resistencia contra los españoles), que se veía en lo alto del otro lado del cañón cubierta de vegetación, había sido el refugio de los incas rebeldes, donde además debieron ocultar parte de sus riquezas. Los viajeros y exploradores de siglos pasados escucharon y posiblemente tuvieron por cierto esas creencias populares, al encontrarse en el lugar importantes palacios de dos pisos y plazas ceremoniales.

El hallazgo de importantes “palacios” de dos pisos, grandes recintos (kallankas) y plazas hizo asumir a los exploradores la creencia popular de que Choquequirao había sido el refugio de los últimos Incas de Vilcabamba, pese a que las fuentes históricas documentales hablan de otros lugares.

Este mito se ha demostrado que es falso, pues las fuentes documentales nunca hablan de Choquequirao en tal sentido, sino de Vitcos y de Vilcabamba la Vieja, esta última “habitación principal del Inga”. Aunque Choquequirao estaba conectada con Vitcos, durante los años de la dinastía de Vilcabamba Choquequirao permaneció tranquila. Cabe suponer que Ataw Puma y sus pobladores sí debían mantener contactos regulares con capitanes y emisarios de los incas insurrectos, que recabarían información de los movimientos de los españoles, pero tampoco les debía convenir hacerse muy presentes allí. Si los españoles descubrían el camino de Choquequirao a Vitcos (probablemente oculto y cortado), encontrarían un acceso directo al corazón del reino rebelde.

Sin embargo el mito se prolongó durante siglos. Todavía hoy (2011) en el puesto de control de entrada al complejo arqueológico ubicado en Sunchupata, dependiente del Instituto Nacional de Cultura, se anuncia “Santuario de Choquequirao. Último bastión de la resistencia de los Hijos del Sol y de la sabiduría andina”.

La región de las selvas de montaña que ascienden desde la Amazonía (Antisuyu) era tenida por los incas como una región exuberante, muy opuesta al despejado ambiente de las serranías del imperio, con pobladores salvajes y peligrosos, pero a la vez cuna de animales y espíritus totémicos y fuente de productos exóticos tan importantes y deseados como la coca. Árbol cubierto de bromeliáceas epífitas en Choquequirao.

CHOQUEQUIRAO Y EL ANTISUYU

Para los incas, quechuas nativos de la sierra andina alta y desarbolada, luminosa, relativamente árida y fría, de altiplanicies y amplios paisajes, las selvas del oriente les resultaban un ambiente muy diferente, casi opuesto: los bosques tropicales que desde la llanura amazónica ascienden las vertientes orientales de los Andes crean un mundo oscuro, casi continuamente neblinoso y nublado, húmedo, lluvioso y bochornoso, empinado, exuberante e impenetrable. Esta región constituía la provincia del Antisuyu, y sus pobladores se denominaban en general con el nombre genérico de “los Antis” o “los Chunchos” entre los que había aguerridas tribus. Pese a que en proporción estas montañas orientales suponen una fracción menor del conjunto de la cordillera, fueron las montañas de “los Antis” las que dieron el nombre al resto de la cordillera, los Andes, ya en época colonial.

Las selváticas montañas de “los Antis” fueron las que dieron nombre al resto de la cordillera, los Andes, ya en época colonial. Ladera del complejo de Choquequirao y colina truncada artificialmente como plataforma ceremonial (ushnu).

Los incas tenían una relación ambivalente con el Antisuyu. Por un lado lo consideraban un mundo salvaje, de naturaleza indomable y de tribus sin civilizar, que iban desnudos, eran infieles y caníbales, aparte de disparar envenenadas flechas desde el silencio de la espesura. Por otro lado su exuberancia les resultaba paradisíaca, poblada de animales tutelares o totémicos, como el jaguar (otorongo) o las grandes serpientes (amaru), aparte de ser residencia de espíritus y antepasados míticos (auquis) vinculados a esos animales. Además el Antisuyu proporcionaba productos exclusivos de la zona, muy apreciados por el Inca y la nobleza. Entre los de naturaleza vegetal destacan la coca, la vilca, las hojas de tabaco, el ishpingo (canela americana) la yuca o diversos frutos exóticos. Entre los animales se recogían pieles de mamíferos y plumas vistosas de guacamayos, loros y otras aves para elaborar suntuosos tejidos ceremoniales, aparte de mascotas personales como loros, monos o algunos felinos. Por último también había yacimientos de plata y ríos en los que obtener oro en sus riberas. Todavía hoy en las fiestas de la sierra es muy habitual la presencia de las comparsas de “chunchos”, representación figurada por parte de los quechuas serranos de aquellos antiguos enemigos de la selva.

En las fiestas de la sierra es muy habitual la presencia de las comparsas de “chunchos”, representación figurada por parte de los quechuas serranos de aquellos antiguos enemigos de la selva. Qhapaq Chuncho en las fiestas de la Virgen del Carmen, Paucartambo, Cuzco.

Los incas emprendieron la conquista de los Antis a mediados del siglo XV, en varias expediciones con desigual fortuna, en las que llegaron a adentrarse en el Amaru Mayu (“río de la Gran Serpiente”, hoy llamado Madre de Dios) o descender a las llanuras de los Moxos en la actual Bolivia. Una vez controlado un sector suficiente que les proporcionase los deseados productos detuvieron sus incursiones y procedieron a edificar núcleos poblacionales en sus valles, posiblemente con una triple función. Por un lado serían unos exóticos lugares “vacacionales” en el que tener una hacienda real, en un ambiente muy diferente al de la sierra y no muy lejos de Cuzco. Por otro servirían de “llacta” o célula administrativa de control y apoyo para gestionar la producción y transporte de productos selváticos hacia la capital, y por último supondrían una forma de vigilar o eventualmente combatir la entrada de los salvajes antis y chunchos hacia el corazón del imperio. En los valles del Urubamba y Vilcabamba los incas construyeron al menos cinco de estos centros, hasta ahora conocidos: Machu Picchu (y enclaves menores asociados, como Wiñay Wayna y otros), Waman Marka, Vitcos (residencia de Manco Inca), Espíritupampa (que muchos consideran Vilcabamba la Vieja) y Choquequirao.

El cañón del Apurímac (aquí visto desde Choquequirao) pudo ser una de las vías de entrada de los salvajes indios de la selva al corazón del imperio. Una de las funciones de Choquequirao pudo ser la de actuar como puesto de vigilancia del cañón para controlar esas posibles incursiones.

Hiram Bingham, poco antes de descubrir al mundo Machu Picchu, ya consideraba a Choquequirao una de las fortalezas fronterizas defensivas que defendían el valle del Apurímac de la entrada de los antis, más aún teniendo en cuenta que frente a Choquequirao, en la ladera opuesta, se encuentra otra “fortaleza” menor, Incahuasi. Cuando encontró Machu Picchu, también fue esta una de las hipótesis que propuso acerca de su significado, esta vez respecto al valle del Urubamba. Estas ciudades-fortaleza se reforzarían con otros fuertes menores en los ríos que permitirían cortar las incursiones de grupos pequeños de indios antis, o darían la alarma si llegaban grupos mayores que pudiesen avanzar hacia Cuzco. Sin embargo Choquequirao o el propio Machu Picchu no parecen tener una planificación de fortaleza o un sentido militar, aún cuando estén protegidas por empinados y profundos precipicios. Simplemente cortando los acueductos que abastecían el agua a ambas ciudades sería fácil rendirlas. En cambio sus palacios, fuentes concatenadas, plazas ceremoniales y templos parecen indicar que su función tuvo más que ver con el culto o el recreo que con cuestiones militares, lo cual no es incompatible con una posible función asociada de vigilancia del cañón, o incluso con albergar un retén de soldados para frenar pequeñas incursiones de antis.

 “Llacta” o célula administrativa de colonización de la cordillera de Vilcabamba y del Antisuyu (interconectada a otras poblaciones), centro religioso, ciudad de apoyo o refugio de los últimos incas, hacienda real de Túpac Inca Yupanqui, fortaleza o puesto de control del cañón del Apurímac… Todavía desconocemos qué sentido tuvo Choquequirao, aunque tal vez fue un poco de todo esto. Las excavaciones arqueológicas futuras posiblemente irán aportando nuevos datos que ayudarán a desvelar esos interrogantes. 

EN RESUMEN…

Seguimos sin saber hoy con certeza el sentido que tuvo para los incas Choquequirao. En este artículo he resumido algunas posibles hipótesis: “llacta” o célula administrativa de colonización de la cordillera de Vilcabamba y del Antisuyu (interconectada a otras poblaciones), hacienda real de Túpac Inca Yupanqui, fortaleza o puesto de control del cañón del Apurímac, centro religioso, ciudad de apoyo o refugio de los últimos incas… Tal vez fue un poco de todo ello. Como apenas se ha limpiado de vegetación un 30%, la arqueología tiene mucho que decir en los años venideros. En el cuarto y último artículo describiremos los sectores y construcciones hasta ahora (2011) despejados de selva y algunos de los sorprendentes hallazgos encontrados…

© Texto y fotografías. José María Fernández Díaz-Formentí /www.formentinatura.com (© 2011, prohibida su reproducción)


Anuncios
Dejar un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: