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MACHU PICCHU (I): Lo que buscaba Hiram Bingham./ What Hiram Bingham was searching for

8 de enero de 2013

Llama junto al puesto de Vigilancia, Machu Picchu 006

© Texto y fotografías: © José María Fernández Díaz-Formentí. Prohibida su reproducción /http://www.formentinatura.com

El 24 de julio de 1911 el profesor ayudante de historia latinoamericana en Yale, Hiram Bingham (1875-1956), amaneció bajo la lluvia en una tienda de campaña instalada en la quebrada Mandor, en el selvático fondo del cañón del río Urubamba (Perú). Natural de Hawai y de 36 años de edad, tal vez no presagiaba que aquel día iba a pasar a la Historia. Aunque la especialidad de Bingham no era la historia precolombina sino la moderna, estaba de regreso en el Perú por una poderosa razón. Dos años antes (1909) había estado en tierras peruanas, y en su periplo había ascendido a las ruinas incas de Choquequirao (véase Choquequirao II en este mismo blog) estimulado por la generalizada creencia (errónea) de que se trataba de la ciudad en la que se habían refugiado los últimos incas rebeldes en los primeros decenios de la conquista española.

Cañón del río Urubamba en las cercanías de Machu Picchu

Cañón del río Urubamba en las cercanías de Machu Picchu

Al propio Bingham no le pareció que Choquequirao fuese ese refugio de los incas insumisos, pero la visita le suscitó interés por el tema, de forma que organizó un segundo viaje en 1911 para buscar esa ciudad perdida de los incas en compañía de otros 6 expedicionarios de otras disciplinas. La expedición se dividió en 3 equipos de trabajo que actuarían en sectores diferentes  haciendo topografía y mapas detallados. La parte arqueológica sería responsabilidad de Bingham, aunque realmente no era arqueólogo. En el equipo que le acompañaba aquel 24 de julio iban 2 de los otros 6 estadounidenses, un naturalista y un médico. Los tres objetivos de aquella primera expedición de Yale de 1911 eran: 1.- escalar el nevado Coropuna (no se conocían ascensos previos y se creía que podría ser más alto que el Aconcagua, pero tras esa primera ascensión, dirigida por Bingham, comprobaron que no era así), 2.- explorar, cartografiar y recoger muestras geológicas y biológicas en un transecto desde el Pacífico hasta la cuenca media del Urubamba  y 3.- intentar localizar la última capital de los incas.

Exposición fotográfica Machu Picchu 100 años, Museo de la Nación, Lima, Perú © Formentí 011

Bingham en Pampaconas, regresando de Espiritupampa en agosto de 1911 (Foto de Harry Foote reproducida de la exposición “Machu Picchu 100 años” en el Museo de la Nación, Lima)

Bingham llegó al puerto del Callao el 23 de junio de 1911, tras un viaje de dos semanas desde Nueva York. Sólo 1 mes después estaría a los pies de Machu Picchu. No llegaba con demasiadas pistas acerca de por dónde comenzar su búsqueda de la ciudad perdida de Manco Inca, así que comenzó a recabar informaciones. En Lima se entrevistó con el archivero de la Biblioteca Nacional del Perú, Carlos Alberto Romero, quien tampoco creía que Choquequirao fuese esa ciudad de los incas de Manco, como había expuesto en un artículo que había llegado en Estados Unidos a manos de Bingham (por cierto gracias al envío que le hizo del mismo un joven estudiante peruano en Harvard llamado Julio César Tello, el futuro gran arqueólogo del Perú). Al saber que Bingham tenía interés en buscar la ciudad de los incas rebeldes, Romero le proporcionó algunas referencias de cronistas españoles (fray Antonio de la Calancha) que habían estado o escuchado cosas sobre Vitcos y Vilcabamba, con datos que podrían ayudarle a identificar el lugar. También conoció la relación de Tito Cusi, hijo de Manco Inca. Este último se había refugiado con su familia, séquito y ejército en lo alto de una montaña donde construyó un palacio cerca de otros de sus antecesores: era Vitcos. En su cercanía Calancha anotó (Libro IV, capítulo II) que “Junto a Vitcos, en un pueblo llamado Chuquipalpa estava una casa del Sol, i el ella una piedra blanca encima de un manantial de agua, donde el Demonio se aparecía visible, i era adorado de aquellos idolatras”. Esta pista se convirtió en una obsesión para Bingham.

En los primeros años de la conquista, Manco Inca se refugió con su séquito, familia y ejército en la cordillera de Vilcabamba, estableciéndose en Vitcos y Vilcabamba la Vieja. Él y sus hijos permanecerían durante casi 40 años sin ser sometidos a los conquistadores. Bingham se propuso adentrarse en esa remota región, en busca de las ciudades perdidas de Manco. Vista de la cordillera de Vilcabamba desde Machu Picchu.

En los primeros años de la conquista, Manco Inca se refugió con su séquito, familia y ejército en la cordillera de Vilcabamba, estableciéndose en Vitcos y Vilcabamba la Vieja. Él y sus hijos permanecerían durante casi 40 años sin ser sometidos a los conquistadores. Bingham se propuso adentrarse en esa remota región, en busca de las ciudades perdidas de Manco. Vista de la cordillera de Vilcabamba desde Machu Picchu.

Ya en Cuzco (2 de julio) comenzó a buscar nuevas pistas interrogando a los lugareños. Les decía que buscaba una ciudad inca mejor que Choquequirao, de quien muchos conocían su aura mítica pero muy pocos habían visitado. Dada la imagen popular idealizada que se tenía de Choquequirao pocos se lo tomaron en serio. Bingham debía parecerles un romántico soñador. Mientras compraba machetes, palas y picos para su futura expedición, un viejo minero alemán le comentó que recorriendo el río Urubamba aguas abajo de Ollantaytambo, nada más pasar la hacienda de Torontoy de la familia Ochoa, llegaría a un lugar conocido como Mandor Pampa. Se trataba de una pequeña llanura en el fondo del cañón encima de la cual, en una cresta de la montaña, había unas ruinas notables. Los Ochoa también las conocían. Era un dato más, pero en ese valle del Urubamba existen ruinas y construcciones incas por doquier. Algunas son realmente importantes como Ollantaytambo o Písac, pero otras muchas de menor entidad estaban cubiertas de vegetación a principios del siglo XX. Quizá por ello no tenía nada de excepcional que llegasen informaciones de unas ruinas más, visitadas por campesinos o lugareños en el cañón. Al fin y al cabo las había por todas partes, y muchas eran pequeños núcleos de escaso interés. Pero cuando además escuchó a su compatriota Albert Giesecke, nuevo y joven rector de la Universidad San Antonio Abad del Cuzco hablarle del mismo lugar, recomendándole ir a explorarlo y hablar para ello con Melchor Arteaga, el hacendado de Mandor Pampa que se encontraba en el fondo del valle, Bingham tuvo claro que comenzaría por esas ruinas. Algunos de los alumnos de la universidad cuzqueña eran hijos de hacendados del valle del Urubamba, y los trabajadores indígenas de las haciendas de sus padres habían oído referencias (o tal vez visto) sobre estas ruinas a sus vecinos de comunidad, noticias que debieron llegar a Giesecke por varias vías.

Machu Picchu

Numerosos habitantes del la región del Cuzco (Lizárraga, Quevedo, los Ochoa, Giesecke, Arteaga, Richarte, un minero alemán, etc) conocían la existencia de unas ruinas “mejores que Choquequirao” en una cresta de la montaña frente a Mandor Pampa, a la altura de Huayna Picchu. Al recibir repetidas referencias a ese lugar los días previos a su partida, Bingham decidió comenzar por allí su búsqueda de la ciudad perdida de los incas.

Por si fuera poco, Bingham encontraría una nueva confirmación. El 14 de julio se acercó al pueblo de Urubamba, a orillas del río homónimo. Allí se entrevistó con Adolfo Quevedo, el subprefecto de la localidad quien le dijo que tal vez podría encontrar lo que buscaba siguiendo el curso del Urubamba dos leguas más allá de la hacienda de Torontoy, recomendándole que preguntara por las “ruinas de Huayna Picchu”. Quevedo, o alguno de los presentes, le confirmó que eran mejores que Choquequirao. Estaba claro que había que empezar por ahí. Bingham terminó de pertrechar su expedición y cinco días después de su entrevista con Quevedo, el 19 de julio, partía de Cuzco la primera expedición peruana de Yale. Ese día llegaron a dormir al pueblo de Urubamba. Al día siguiente llegaron a las imponentes ruinas de Ollantaytambo, pernoctando bajo las mismas los días 20 y 21. Bingham quedó maravillado del lugar, como también lo hiciera medio siglo antes el autor de uno de sus libros de referencia, George E. Squier. Finalmente, el 22 de julio la expedición abandonaba Ollantaytambo y descendía aguas abajo del Urubamba por una pista que se adentraba en el cañón, rumbo a la hacienda de Torontoy y Mandor Pampa.

Cañón

Poca gente conoce que 3 días antes de la llegada de Bingham a Machu Picchu ocurrió una terrible desgracia, después silenciada por Bingham. Un niño porteador de aparatos topográficos de la expedición se ahogó al cruzar el Urubamba, mientras seguía a Tucker y Hendriksen. Su cuerpo nunca fue encontrado, sólo su poncho y la carga que portaba…

Acompañaban a Bingham 7 personas más: Harry Foote (naturalista), William Erving (cirujano), Carrasco (sargento militar puesto por el Prefecto como escolta e intérprete de quechua), dos arrieros con mulas y dos porteadores indígenas. Al adentrarse en el cañón Bingham quedó maravillado por el paisaje y el ambiente, pero su fascinación pronto sufriría una terrible interrupción al alcanzar a otros miembros de la expedición que habían salido anteriormente. Herman Tucker y Kai Hendriksen le comunicaron una dramática noticia, que nunca hizo pública después y que no mucha gente conoce: el día anterior (21 de julio) estaban buscando un paso para cruzar el caudaloso y rápido Urubamba (en la actualidad mucho menor por haberse represado y desviado sus aguas). Un niño indígena porteador llevaba a cuestas el equipo topográfico de Hendriksen. Los norteamericanos cruzaron las aguas a lomos de mula por un lugar menos profundo. El niño los siguió pero dio un fatídico traspiés en la zona de corriente más fuerte y fue llevado por las aguas. Pese a que lo buscaron varias horas nunca apareció su cuerpo: sólo su poncho entre dos rocas y el aparato topográfico que portaba…

Mapa del Partido de Vilcabamba

En este mapa colonial (1786) del Partido de Vilcabamba de la Intendencia del Cuzco, que se conserva en el Archivo de Indias de Sevilla, aparece representado el cañón del Urubamba aguas abajo de Ollantaytambo (“Tambo”). Las montañas de Machu Picchu aparecen con el topónimo “Intiguatana”, poco antes de “Guazquiña” (actual Santa Teresa). No he encontrado referencias anteriores a ese nombre de Intihuatana; incluso es anterior a los descritos por Rowe en los viajeros del siglo XIX. Sin embargo, no se trata necesariamente del Intihuatana de Machu Picchu, pues en la base del cañón existe un pequeño santuario inca con el mismo nombre (hacer click para ampliar). 

La presencia de ruinas incas en las faldas de la “Montaña Vieja” (Machu Picchu) era por tanto conocida por los lugareños, pero todavía no había ido ningún investigador a estudiarlas. Un antiguo mapa colonial (1786, Archivo de Indias de Sevilla) del Partido de Vilcabamba en la Intendencia del Cuzco dibuja el cañón del Urubamba aguas abajo de Tambo (Ollantaytambo) con unos cuantos topónimos interesantes: no aparece referencia alguna a Machu Picchu, pero sí a un “Intiguatana” antes de que el río pase junto a “Guazquiña” (la Huadquiña visitada por Bingham, hoy Santa Teresa). Es la más antigua referencia escrita que he encontrado sobre este nombre, anterior a la que señala Rowe en época de Squier en Písac (s XIX). Aunque el mapa parece ubicar ese lugar en unas montañas junto al río, podría tratarse del pequeño enclave arqueológico conocido con ese nombre en la base del cañón, muy cercano a la actual estación de tren de la Hidroeléctrica. En 1848, aparece una referencia a Huayna Picchu en  El brillante porvenir del Cusco, de Fray Julián Bovo de Revello, aunque es llamado Huaina Pata (“pata” hace referencia a un lugar elevado, y “picchu” a un monte o pico: ambos tienen un significado relacionado).

Mapa de Herman Göhring (1874) del valle y cañón del Urubamba donde aparecen claramente reverenciados Machu Picchu y Huayna Picchu

Detalle del mapa de Herman Göhring (1874) del valle y cañón del Urubamba donde aparecen claramente referenciados Machu Picchu y Huayna Picchu (Exposición “Machu Picchu” en Lima)

Viajeros posteriores de ese siglo XIX como Antonio Raimondi o Charles Wiener habían oído hablar de un lugar conocido como “Matchopicchu”, y aunque no llegaron a ir allá, incorporaron el topónimo y el monte a sus mapas, así como su inseparable Huayna Picchu. Es el caso de los mapas del alemán Herman Göhring (1874, y una crónica de 187 en la que menciona una “fortaleza” en “Picchu”) o del propio Wiener. Este último viajero había estado en Ollantaytambo y en los valles cercanos entre 1875 y 1877: en su libro Pérou et Bolivie (1880) narra que “En Ollantaytambo me hablaron de los antiguos vestigios que había en la vertiente oriental de la cordillera, cuyos principales nombres me eran ya conocidos, Vilcabamba y Choquequirao, (…). Se me habló aún de otras antigüedades, de Huayna Picchu y Machu Picchu”. Wiener no se adentró en el valle por su difícil acceso (aún no se había abierto la carretera en el cañón), pero si incorporó los topónimos (“Matchopicchu” y “Huaynapicchu”) en un mapa desplegable del valle de Santa Ana. De nuevo aparece el nombre de “Intihuatana” junto al de Huaynapicchu, Podría referirse a los restos del santuario homónimo que mencionamos en la base del cañón, pero lo cierto es que en el mapa de Wiener parece señalar a una elevación montañosa, como también lo hacía de forma más confusa el mapa de 1786. La ubicación de los cerros de Machu Picchu y Huayna Picchu en el mapa es correcta pese a no haber estado allí, y también la del cerro San Miguel. Aparece además el topónimo de Mandor y los “Pics de Yanantin”, montaña muy visible desde Machu Picchu. Bingham tuvo conocimiento de este mapa al regresar a EEUU.

Mapa de Charles Wiener del valle de Santa Ana y aledaños (1880), donde aparecen los topónimos de "Matchopicchu", Huaynapicchu e Intihuatana

Mapa de Charles Wiener del valle de Santa Ana y aledaños (1880), donde aparecen los topónimos de “Matchopicchu”, Huaynapicchu e Intihuatana

Por otra parte, Mariana Mould de Pease encontró un documento de la Compañía “Huacas del Inca” fundada por el alemán Augusto R. Berns de sumo interés: este explorador alemán estaba casado con una cuzqueña de la familia Angulo, que era propietaria de la haciendas Cercado de San Antonio y Torontoy. Los Angulo mostraron a Berns la “Huaca del Inca” frente al cerro Putucusi. El alemán creó entonces una compañía cuyo objetivo era doble: explotar y exportar las “antigüedades incásicas” de esas “Huacas del Inca” (Machu Picchu) y fabricar durmientes y traviesas para el ferrocarril que se planeaba en el fondo del cañón: para ello creó un aserradero en el caserío de Aguas Calientes (“saw mill” o “Máquina” para los lugareños) y firmó un convenio con el gobierno peruano en 1887 que le permitía la exportación de objetos hallados en la “Huaca del Inca”. Parece que la compañía nunca llegó a excavar en las ruinas ni a exportar objetos, gracias a la propia familia Angulo que no estaba de acuerdo con facilitar dicha expoliación. Pero entre los documentos de constitución de la Compañía Anónima “Huacas del Inca”, Berns adjuntó un mapa de excepcional interés datado en 1881 donde aparece la ubicación del “Point Huaca del Inca” frente al cerro “Putucussi Chico” y sobre el aserradero de Aguas Calientes (“saw mill”): Pese a un ligero error (lo sitúa a la derecha del río y no a la izquierda), no hay duda que corresponde a Machu Picchu, como bien apuntó el bibliotecario y geógrafo Teófilo Cuellar de la Biblioteca Nacional.

Mapa de Augusto Berns (1881) que recoge la ubicación de la "Huaca del Inca" frente al cerro Putucusi y sobre el aserradero de Aguas Calientes.

Mapa de Augusto Berns (1881) que recoge la ubicación de la “Huaca del Inca” frente al cerro Putucusi y sobre el aserradero de Aguas Calientes.

 

Detalle del mapa que acompaña a la obra de Sir Clements Markham "The Incas of Peru", publicada en 1910, con datos de la Royal Geographic Society de Londres, donde aparece claramente recogido el "Cº Machu Picchu" (hacer click para ampliar)

Detalle del mapa que acompaña a la obra de Sir Clements Markham The Incas of Peru, publicada en 1910, con datos de la Royal Geographic Society de Londres, donde aparece claramente recogido el “Cº Machu Picchu” (hacer click para ampliar). Fue uno de los libros que permitió a Bingham acercarse al mundo de los Incas…

Años después, en el “Atlas del Perú” de  de Carlos B. Cisneros (1904) aparecen asimismo referenciadas unas ruinas en Huayna Picchu. También aparece el “Cº Machu Picchu” en el mapa del sur del Perú publicado por Sir Clements Markham en 1910 (justo un año antes de la llegada de Bingham) que acompaña a su obra clásica “The Incas of Peru“, y que recoge datos de distintas fuentes a las que el autor tuvo acceso desde su puesto en la Royal Geographic Society de Londres. Este libro también fue conocido y consultado por Bingham. Por otra parte, una persona dejó constancia de su visita a Machu Picchu antes de la llegada de Bingham. Agustín Lizárraga era un hacendado mestizo, arrendatario de tierras junto al puente de San Miguel, visible desde Machu Picchu en el fondo del cañón. Por la orilla y ladera opuesta trepó hasta las ruinas y luego regresó con unos amigos campesinos (Gabino Sánchez, Enrique o Luis Palma y tal vez Justo A. Ochoa). El grupo había estado allá 9 años antes de la expedición de Yale, dejando una pintada con un tizón en un muro del Templo de las Tres Ventanas (“A. Lizárraga, 14 de julio de 1902”), que Bingham mandó borrar. Además Lizárraga vendió un par de vasijas que encontró en Machu Picchu a un anticuario cuzqueño, que a su vez las revendió a Bingham para su museo de Yale. Cuando en los años posteriores a la llegada de Bingham (y sobre todo a raíz de la publicación de un número monográfico de National Geographic en 1913) Machu Picchu comenzó a hacerse famoso en el mundo, Lizárraga hubiese podido reclamar y reivindicar su “descubrimiento” años antes, pero se había ahogado precisamente en el río Urubamba en febrero de 1912, meses antes de la segunda expedición de Yale, que fue la que comenzó a investigar y poner en valor el sitio. Como en el caso del niño porteador, su cuerpo nunca fue encontrado…

Bingham encontró una pintada con carbón en el Templo de las Tres Ventanas "A. Lizárraga, 1902". Nueve años antes ese hacendado cuzqueño había estado allá con otros campesinos huaqueando y rebuscando "tesoros" entre las ruinas

Bingham encontró una pintada con carbón en el Templo de las Tres Ventanas “A. Lizárraga, 1902”. Nueve años antes ese hacendado cuzqueño había estado allá con otros campesinos huaqueando y rebuscando “tesoros” entre las ruinas

Las tierras en que se encontraba Machu Picchu incluso tenían dueño, Mariano Ignacio Ferro, aunque desconocía que las ruinas fuesen de importancia (ni siquiera sabía que hubiese campesinos viviendo en ellas). A inicios del siglo XX Machu Picchu formaba parte de la Hacienda Cutija, colindante con las vecinas haciendas de San Antonio de Torontoy, Qollpani y Mandorpampa. Por ello, aunque Bingham no puede considerarse el “descubridor” de algo ya “descubierto” y conocido hacía tiempo, si fue el artífice de su divulgación ante el mundo y el propulsor de sus primeras investigaciones. El rector Giesecke había intentado ir unos meses antes de la llegada de Bingham a esas ruinas de las que llegaban interesantes referencias: Acompañado de Braulio Polo y La Borda, un congresista peruano, llegaron a caballo por el cañón hasta un lugar llamado Mandor Pampa, donde conocieron a Melchor Arteaga, un campesino que cultivaba caña de azúcar. Este les habló de unas importantes ruinas en una montaña cercana, y se ofreció a llevarles si volvían en la estación seca. Las intensas lluvias impedían entonces llegar allá. Tal vez fuesen unas más de las muchas que hay por todas partes en el valle del Urubamba, pero por si acaso había que examinarlas. Cuando llegó su compatriota Bingham, era el mes de julio (época seca), Giesecke no podía ir, así que le recomendó a Bingham llegar a Mandor Pampa y buscar a Arteaga para que le llevase a ver las ruinas incas.

Pese a las diversas pistas que le habían proporcionado, en “Inca Land“, Bingham escribe que “Con la posible excepción de un buscador de minas, nadie en Cuzco había visto las ruinas de Machu Picchu o apreciado su importancia (…). No habían sido visitadas nunca por los campesinos del bajo Urubamba pese a que pasaban cada año por la carretera que recorre el cañón dos mil pies más abajo”. Lo que dice parece relativamente cierto: mucha gente hablaba del lugar, pero nadie parecía haber estado físicamente allí (con la excepción de Lizárraga), y mucho menos advertir de su gran interés arqueológico.

Caño

La pista abierta a dinamita en el fondo del cañón por el gobierno peruano unos años antes fue decisiva para que Bingham pudiese acceder a Machu Picchu (foto de Hiram Bingham, exposición fotográfica Machu Picchu, 100 años. Museo de la Nación, Lima)

Un aspecto sobre el que quizá no se ha incidido lo suficiente es en la decisiva importancia que tuvo la pista abierta por el gobierno peruano en el fondo del cañón del Urubamba. Su ausencia previa hacía extremadamente difícil el tránsito por el fondo del cañón, lo que impidió el acceso de exploradores y geógrafos anteriores como Raimondi, Squier o Wiener. Este último se preguntaba “con asombro por qué los propietarios del valle de Santa Ana, los hacendados, todos muy ricos, no han hecho abrir un camino que bordee las orillas del Urubamba, y por qué imponen un desvío considerable y la necesidad de elevarse a inhóspitas altitudes para franquear la cordillera, cuando les sería tan fácil abreviar la ruta siguiendo una línea recta. (…) habría necesidad de ensanchar la parte ya existente, a fin de dar paso a los hombres y a las mulas, problema en estudio desde hace tres siglos, pero que no se ha resuelto todavía. (…) Y se continúa siempre escalando ese muro, en lugar de pasar por el cuello simplemente ensanchándolo”. En efecto, hasta entonces el transporte de productos desde las haciendas azucareras y de productos tropicales hacia Cuzco era largo y peligroso, pues para llegar a Ollantaytambo los arrieros debían partir de Chuquichaca (confluencia del río Vilcabamba), ascender el largo valle de Lucumayo, superar el elevado paso de Pantiacalla (Abra Málaga, a 4350 msnm) contorneando el nevado Verónica y luego descender a Ollantaytambo.

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Para los hacendados de Quillabamba y sobre todo de Huadquiña el tránsito por el cañón del Urubamba sería un notable atajo en sus transportes (azúcar, aguardiente, coca…) hacia Ollantaytambo y Cuzco, respecto al largo y complicado viaje por el valle de Lucumayo y el elevado paso de Pantiacalla. (imagen de Google Earth; hacer click sobre la misma para más aumento)

La carretera en el cañón supondría un atajo considerable, pero su construcción no era nada “simple” como planteaba Wiener. En 1890, el gobierno peruano, reconociendo las necesidades de los hacendados y las plantaciones que se estaban abriendo en el bajo Urubamba (Huadquiña-actual Santa Teresa-, Santa Ana, Quillabamba, etc), decidió construir una pista para mulas por la orilla del río para facilitar el transporte de coca, aguardiente, caña de azúcar y frutos tropicales hacia Cuzco de forma más rápida, segura y económica. Fue completada hacia 1895, gracias al descubrimiento de la dinamita unos decenios antes por Alfred Nobel. Sin voladuras de los enormes bloques que cierran y angostan el cañón hubiese sido imposible abrir un camino cómodo para atravesar este impresionante valle. Se tardó 5 años en construir la carretera y fue económicamente muy costosa, aparte de necesitar constantes trabajos de mantenimiento posteriores por derrumbes  de ladera o huaycos. Esa pista se ampliaría decenios después para construir el ferrocarril que hoy recorre el cañón y que supone la forma de acceso a Machu Picchu para la mayoría de los turistas, y todavía requiere mantenimientos por las mismas causa que antaño (derrumbes, inundaciones…).

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Expedicionarios acompañantes de Bingham recorriendo la pista en el fondo del cañón del Urubamba. Bingham reconoció que sin su existencia no hubiese sido posible dar con la ciudad.(foto de Hiram Bingham, exposición fotográfica Machu Picchu, 100 años. Museo de la Nación, Lima)

En su libro Inca Land (1922), Bingham reconoce lo decisiva que fue la existencia de esta pista en su hallazgo: Pese a que se cerraba con frecuencia varios días o semanas por avalanchas, “fue esta nueva carretera la que había permitido a Melchor Arteaga construir su choza junto a su terreno arable en Mandor Pampa, en el que conseguía cosechas para alimentar a su familia y donde ofrecía un rústico alojamiento para los viajeros que pasaban. Fue esta nueva carretera la que trajo a Richarte, Álvarez y sus  emprendedores amigos a esta poco conocida región, dándoles la oportunidad de ocupar las antiguas terrazas de Machu Picchu, que habían estado sin utilizar durante siglos, y estimulándoles a crear y mantener un sendero transitable por el precipicio que nos permitió alcanzar las ruinas. Y fue esta nueva carretera la que en 1911 nos abrió un terreno virgen a explorar entre Ollantaytambo y Huadquiña, aprendiendo allí que los incas, o sus predecesores, habían vivido en lo más intrincado de los Andes, dejándonos un testigo de piedra de la magnificencia y belleza de su antigua civilización…”

El cañón del Urubamba cerca de Mandor Pampa, donde acampó Bingham

El cañón del Urubamba cerca de Mandor Pampa, donde acampó Bingham

La planicie de Mandor Pampa, junto al río, era utilizada por Melchor Arteaga para cultivar caña de azúcar

La planicie de Mandor Pampa, junto al río, era utilizada por Melchor Arteaga para cultivar caña de azúcar

El actual paradero ferroviario de Mandor, muy próximo al lugar en el que acampó Bingham el 23 y 24 de julio de 1911

El actual paradero ferroviario de Mandor, muy próximo al lugar en el que acampó Bingham el 23 y 24 de julio de 1911

Esta cabaña en Mandor Pampa no es muy diferente a la "choza de techo pajizo, muy deteriorada" en la que vivía Melchor Arteaga.

Esta cabaña en Mandor Pampa no es muy diferente a la “choza de techo pajizo, muy deteriorada” en la que vivía Melchor Arteaga.

Llegados a Mandor Pampa el día 23, Arteaga les consintió acampar en la llanura y admitió llevarles al día siguiente hasta las ruinas. La madrugada del 24 era fría y lluviosa, así que los otros expedicionarios, el naturalista Harry W. Foote y el cirujano W.G. Erving, no se animaron a acompañar a Bingham. Vistas las condiciones, Melchor Arteaga argumentó que sería muy duro ascender la selvática pendiente en un día tan húmedo. Parecía que, como le había ocurrido a Giesecke, la lluvia le iba a impedir también a él conocer ese lugar, así que tuvo que ofrecerle cuadruplicar el jornal habitual de un campesino para que finalmente accediera a subirle hasta allí. Acompañados del sargento Carrasco  (escolta e intérprete comisionado por las autoridades) cruzaron el rugiente río Urubamba y comenzaron el dificultoso ascenso a gatas por la resbalosa pendiente.

Bingham acompañado de tres campesinos. Desconozco su identidad; ¿podrían tratarse de Arteaga, Álvarez y Richarte?... (exposición fotográfica Machu Picchu, 100 años. Museo de la Nación, Lima)

Bingham acompañado de tres campesinos. Desconozco su identidad; ¿podrían tratarse de Arteaga, Álvarez y Richarte?… (exposición fotográfica Machu Picchu, 100 años. Museo de la Nación, Lima)

Después de la fatigosa subida por la selva alcanzaron la casa de unos campesinos conocidos por Arteaga, la familia Richarte. Era una de las 3 familias que vivían en Machu Picchu (Torvis Richarte, Anacleto Álvarez y Tomás Fuentes). Tras un descanso y refrigerio, su hijo menor de 8 años, el niño Pablito Richarte (otras fuentes dicen que fue el hijo de los Álvarez, Melquíades), acompañó a Bingham a mostrarle las ruinas que buscaba, en las que las familias habían plantado maíz aprovechando las plazas ceremoniales y andenes. Bingham tomó unas cuantas fotos. No era arqueólogo ni conocedor en profundidad del mundo inca, pero según anotó en su diario aquellas eran “finas ruinas, mucho mejores que Choqq“. En una carta a su esposa y en escritos posteriores describe lo que le impresionó el lugar (“¿Quién podrá creer lo que he encontrado?“), pero lo cierto es que tras descender al campamento no regresó al día siguiente sino que continuó explorando el cañón. Tal vez en el fondo estaba relativamente decepcionado, pues aunque eran ruinas notables, no encontró ni rastro de la piedra blanca encima de un manantial de agua” que buscaba.  De hecho, muy poco interés debió mostrar a sus compañeros de expedición cuando el naturalista H. Foote anotó en su diario: “Nada especial que comentar”.

Primera foto tomada por Bingham en Machu Picchu el 24 de julio de 1911: se trata del Templo de las Tres Ventanas, donde encontraría la pintada de la presencia de Lizárraga 9 años antes.

Primera foto tomada por Bingham en Machu Picchu el 24 de julio de 1911: se trata del Templo de las Tres Ventanas, donde encontraría la pintada de la presencia de Lizárraga 9 años antes.

El sargento Carrasco y Pablito Álvarez, el niño que guió a Bingham por las ruinas (detalle de foto de Hiram Bingham el 24 de Julio de 1911)

El sargento Carrasco y Pablito Richarte, el niño que guió a Bingham por las ruinas (detalle de foto de Hiram Bingham el 24 de Julio de 1911), posando junto al Intihuatana

En esta interesante foto, tomada por Bingham el día de su "descubrimiento", el sargento Carrasco posa frente a un muro del Templo Principal. Se aprecia que el suelo está plantado de maíz, que cultivaban las familias de campesinos que se habían asentado en la periferia de la ciudad. No sólo habían aprovechado para ello algunos andenes, sino las plazas más amplias de la ciudad.

En esta interesante foto, tomada por Bingham el día de su “descubrimiento”, el sargento Carrasco posa frente al muro norte del Templo de las Tres Ventanas. Se aprecia que el suelo está plantado de maíz, que cultivaban las familias de campesinos que se habían asentado en la periferia de la ciudad. No sólo habían aprovechado para ello algunos andenes, sino las plazas más amplias de la ciudad.

Como dijimos, Bingham buscaba la antigua Vitcos, que había sido la residencia de Manco, el primer inca rebelde y Vilcabamba, refugio final de la dinastía. Lo hallado aquel día no se correspondía con lo que buscaba, así que decidió seguir explorando.  Semanas después tuvo éxito y encontró las ruinas que buscaba (Chuquipalpa y Vitcos en Rosaspata, y Vilcabamba la Vieja en Espiritupampa), pero resultaron ser de menor importancia y belleza que Machu Picchu. Fue tal vez entonces, al fin de su periplo por los valles de Vilcabamba, cuando se percató de la verdadera majestuosidad e interés de Machu Picchu, así que unas semanas después le pidió a uno de los expedicionarios de Yale, el ingeniero H.L. Tucker, que dedicase 3 semanas en compañía de su ayudante P.B. Lanius a despejar parcialmente las ruinas y levantar un mapa, mientras el se iba a realizar la primera escalada del nevado Coropuna.

Durante la segunda expedición de Yale, Bingham posó en su tienda de campaña para que el arqueólogo Ellwood C. Erdis le tomase estas 2 fotos de recuerdo. Bingham se prestó a estas tomas probablemente con unos minutos de diferencia en los que cambió su atuendo (septiembre de 1912)

Durante la segunda expedición de Yale, Bingham posó en su tienda de campaña para que el arqueólogo Ellwood C. Erdis le hiciese estas 2 fotos de recuerdo. Bingham se prestó a estas tomas probablemente con unos minutos de diferencia en los que cambió su atuendo (septiembre de 1912)

A su regreso a EEUU, Bingham consiguió apoyos de su Universidad de Yale y de la National Geographic Society para organizar una expedición a esta región de los Andes peruanos al año siguiente. La Yale Peruvian Expedition de 1912 constaba de un geólogo (H.E. Gregory), un osteólogo (George F. Eaton), topógrafo jefe (A.H. Bumstead) y ayudantes topógrafos (K.C. Heald y R. Stephenson), un arqueólogo (Ellwood C. Erdis), un médico (L.T. Nelson) y 3 ayudantes (P. Bestor, O. Hardy y J. Little). Hiram Bingham era el director. Los objetivos de esta expedición eran limpiar de vegetación, cartografiar y excavar en las ruinas de Machu Picchu; además realizaron estudios antropológicos y geológicos en la región de Cuzco, estudios topográficos, geológicos y meteorológicos, de Historia Natural y nuevas exploraciones arqueológicas (valle del Aobamba, Vitcos, Vilcabamba la Vieja y acceso septentrional a Choquequirao).

En Julio de 1912 la catástrofe del Titanic, hundido menos de 3 meses antes, aún tenía consternada a la sociedad norteamericana y europea. Por entonces los miembros de la segunda expedición de Yale llegaban a Machu Picchu…

© Texto y fotografías: © José María Fernández Díaz-Formentí. Prohibida su reproducción /http://www.formentinatura.com

Para conocer más acerca de la vida de Bingham y sus expediciones, recomiendo el libro Las Tumbas de Machu Picchu de Cristopher Heaney (Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima 2012). También es muy ameno e interesante Inca Land: Explorations in the Highlands of Peru (1922), un auténtico libro de aventuras donde Bingham narra sus exploraciones en el sur del Perú (descubrimiento de Machu Picchu, Vitcos, Chuquipalpa, Espiritupampa, ascensión al Coropuna, exploración del lago Parinacochas, Titicaca, etc).

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3 comentarios
  1. Muy guapa la entrada Chema, esto promete.
    Un abrazo.

  2. Interesantísima hasta aquí, no me perderé la próxima. Un abrazo.

  3. Antonia permalink

    Cuando fui a Machu Picchu También visité a la montaña Huayna Picchu! Fue muy divertido lo recomiendo a todo el mundo (Huayna Picchu es la montaña principal de toda la “postal” de Machu Picchu)! Fue emocionante y me dio un montón de adrenalina! No podía creer los acantilados donde estábamos! Cuando fui a Machu Picchu encontré los artículos de este boletín informativo muy útil, tal vez tú y los lectores del blog se encuentra parte de la información útil! http://www.dosmanosperu.com/dosmanos/newsletter/2013/january/index.php

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