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EL INCA GARCILASO, 400 AÑOS…

EL INCA GARCILASO, 400 AÑOS © José María Fernández Díaz-Formentí.

Escribo estas líneas el día 23 de abril de 2016, un Día del Libro muy especial porque hoy se conmemora el IV Centenario de la muerte de nuestro más insigne escritor, Don Miguel de Cervantes, fallecido un día antes, el 22 de abril; simultáneamente el mundo anglosajón lo hace con su escritor también más emblemático, William Shakespeare. Para los ingleses, su gran escritor falleció el 23 de abril de 1616, pero hay que tener en cuenta que su calendario en esa época era el llamado juliano, con unos 10 días de adelanto respecto al calendario gregoriano, ya establecido en España por entonces. Por tanto, Shakespeare murió el 3 de mayo de 1616 según el calendario gregoriano, es decir, 11 días después que Cervantes. Pero no fueron los únicos grandes escritores que murieron en esas semanas entre finales de abril y principios de mayo de 1616.

El 23 de abril de 1616, solo 1 día después de fallecer Miguel de Cervantes, y mientras este era enterrado en Madrid, expiraba en Córdoba el Inca Garcilaso de la Vega, escritor mestizo nacido en Cuzco, hijo de un capitán español y de una princesa Inca. Fue uno de los grandes escritores de las letras hispanas, el primer gran escritor que dio América. Nos ha dejado obras tan fundamentales como los “Comentarios Reales de los Incas”, una recopilación de lo que había escuchado a su familia incaica en sus años mozos, antes de que esos recuerdos y datos se perdieran para siempre. Otras obras muy importantes fueron la “Historia General del Perú” (conquista y guerras civiles) y “La Florida del Inca” (exploraciones y aventuras de Hernando de Soto en la Florida).

Obras de Garcilaso

De cara al éxito que vendría después, con constantes homenajes siglo tras siglo a estos tres grandes escritores, Garcilaso tuvo la mala fortuna de fallecer un día después que Cervantes, que se lleva en el mundo hispano la práctica totalidad del protagonismo en estas efemérides. Cervantes es conmemorado no solo en España sino en los países hispanoamericanos, restándole involuntariamente protagonismo al Inca Garcilaso. Si este hubiese muerto unos meses después su aniversario luciría en todo su esplendor. Por eso hoy, que se cumplen los 400 años de su fallecimiento, y que de los tres fue el que murió de verdad en el Día del Libro, 23 de abril, quiero dedicarle unas líneas en su homenaje. No voy a centrarme en la calidad de sus obras, profusamente analizadas por grandes investigadores. Solo pretendo acercar al personaje a quienes lean este artículo, para divulgar aspectos de su biografía y vida que me han parecido interesantes…

Exposición sobre el Inca Garcilaso en la Biblioteca Nacional de España, Madrid, 2016

Exposición sobre el Inca Garcilaso en la Biblioteca Nacional de España, Madrid, 2016

Me he alegrado mucho de que España haya conmemorado muy dignamente su Cuarto Centenario a la vez que el de Cervantes, con unas estupendas exposiciones simultáneas en la Biblioteca Nacional de España, en Madrid. En la de Garcilaso (“La Biblioteca del Inca Garcilaso”) se hace una reconstrucción de lo que pudo ser su biblioteca personal: a los pocos días de la muerte del Inca Garcilaso, sus albaceas testamentarios realizaron un inventario de los bienes presentes en su casa, registrando los títulos de los libros de su biblioteca, un total de 188 obras. En esta exposición se muestran gran parte de los libros que Garcilaso tenía y consultaba: no son los mismos ejemplares que poseyó el Inca, pero sí de las mismas ediciones de la época y que la Biblioteca Nacional tiene en sus fondos. Además se muestran algunos objetos y mapas de la época, retratos de incas, etc.

Archivo de Protocolos de Córdoba con de bienes del Inca Garcilaso, Exposición La Biblioteca del Inca Garcilaso de la Vega, Biblioteca Nacional, Madrid © Formentí 001

Este voluminoso archivo de protocolos de Córdoba está abierto por las páginas en las que sale el inventario de bienes del Inca Garcilaso, registrado tras su muerte. Además de muebles, cabezas de venado, etc figuran los libros de su biblioteca, con 188 títulos relacionados con historia, filosofía, crónicas de América. También tenía almacenados 500 ejemplares de la Crónica del Perú que seguramente pensaba vender cuando saliese la Segunda Parte.

Este voluminoso archivo de protocolos de Córdoba está abierto por las páginas en las que sale el inventario de bienes del Inca Garcilaso, registrado tras su muerte. Además de muebles, cabezas de venado, etc figuran los libros de su biblioteca, con 188 títulos relacionados con historia, filosofía, crónicas de América de otros autores etc. También tenía almacenados 500 ejemplares de los Comentarios Reales que seguramente pensaba vender cuando saliese la Segunda Parte.

Además de un estupendo escritor y documentalista, el Inca Garcilaso fue un pionero en la defensa del mestizaje como algo muy positivo y enriquecedor para la humanidad. En una época donde indígenas y mestizos eran minusvalorados e incluso despreciados, Garcilaso, vecino de Córdoba y Andalucía y viviendo en la vieja España desde decenios, hace alarde y defensa de su condición mestiza, nombre que “por su significación me lo llamo yo a boca llena y me honro con él” (Comentarios Reales). Esta defensa la hace sin agresividad alguna, convencido que las aportaciones de culturas que se unen suman activos y enriquecen a la Humanidad. Planteamientos así fueron muy pioneros, pues hasta finales del XIX-inicios del XX no surgirán corrientes intelectuales que piensen de esta forma.

Cuzco, ciudad natal de Garcilaso en 1539. Eran tiempos muy convulsos...

Cuzco, ciudad natal de Garcilaso en 1539. Eran tiempos muy convulsos…

CUZCO, 1539…

El 12 de abril de 1539 nacía en Cuzco un niño bautizado como Gómez Suárez de Figueroa. Era hijo de un capitán español, Sebastián Garcilaso de la Vega y Vargas, sobrino del afamado poeta renacentista Garcilaso de la Vega, y llegado al Perú con las tropas de Pedro de Alvarado desde Nicaragua durante los años de conquista. Su madre era Chimpu Ocllo, una noble cuzqueña bautizada como Isabel Chimpu Ocllo. Esta ñusta era sobrina del último gran Inca del imperio, Huayna Cápac, y prima de los dos sucesores contendientes, Huáscar y Atahualpa. Durante la guerra civil entre los dos hermanastros, Chimpu Ocllo consiguió sobrevivir a las matanzas llevadas a cabo por las tropas de Atahualpa contra los familiares de Huáscar.

Huayna Cápac, último gran emperador Inca, del que Garcilaso era sobrino nieto.

Huayna Cápac, último gran emperador Inca, del que Garcilaso era sobrino nieto.

Isabel Chimpu Ocllo, noble inca sobrina de Huayna Cápac y madre de Garcilaso.

Isabel Chimpu Ocllo, noble inca sobrina de Huayna Cápac y madre de Garcilaso.

Hasta solo 7 años antes del nacimiento de este niño, Cuzco había sido la esplendorosa capital del imperio Inca. Los españoles la tomaron en 1533, siendo bienvenidos por los cuzqueños, que los veían como libertadores de las venganzas y genocidios hechos por Atahualpa contra los huascaristas (la población de Cuzco apoyaba a Huáscar). Pero las buenas relaciones durarían poco: en 1536 Manco Inca se levantó contra los recién llegados, asediando e incendiando la ciudad durante varias semanas, y estuvo a punto de terminar con los españoles. Poco después hubo graves enfrentamientos entre los propios españoles por la propiedad de la gobernación del Cuzco. Partidarios de Almagro se enfrentaron contra los de Pizarro en la batalla de las Salinas (6 de abril de 1538), cerca de la ciudad. Sebastián Garcilaso debió asentarse en el Cuzco tras la batalla y allí conoció y tomó por compañera a la noble inca Chimpu Ocllo, con quien tendría un hijo al año de la batalla.

Casa del Inca Garcilaso, hoy Museo Regional del Cusco.

Casa del Inca Garcilaso, hoy Museo Regional del Cusco.

Pese a los incendios y asedios habidos tres años antes, Cuzco seguía siendo una ciudad magnífica, que comenzaba a reconstruirse hibridando su arquitectura inca con los gustos castellanos coloniales recién llegados. La familia de Garcilaso ocupaba una cancha o recinto cerrado con varios palacios junto a la plaza Cusipata (hoy plaza del Regocijo), que actualmente se corresponde con la manzana situada entre las calles Garcilaso, Márquez y Heladeros: en ella encontramos hoy dos hoteles con patios coloniales y un museo. Junto a la casa familiar se encontraba la de otro importante conquistador, Mancio Sierra Leguizamo, y poco más allá se estaba construyendo junto a un mercado el templo y convento de La Merced, donde unos meses antes ya habían enterrado a un personaje importante, Diego de Almagro, ajusticiado por Hernando Pizarro.

Templo de la Merced, cercano a la casa de Garcilaso, en construcción durante su infancia

Templo de la Merced, cercano a la casa de Garcilaso, en construcción durante su infancia

La infancia del futuro escritor discurrió en ese Cuzco en reconstrucción. La familia se relacionaba con otras bien conocidas, como la de Mancio Sierra de Leguizamo, Juan de Betanzos, Diego Hernández, o los tíos del niño, Juan Vargas (tío paterno) y Hualpa Túpac Yupanqui (tío materno). Esos otros conquistadores también habían tenido hijos mestizos con mujeres nobles. El padre de Garcilaso, como los de sus compañeros de juegos, pasaba largos periodos fuera, combatiendo en batallas de pacificación contra grupos de resistencia indígena (ej. en Cochabamba) o contra compatriotas de otras facciones (ej. en la batalla de Huarina y en la de Xaquixahuana). Había dejado al militar y compañero de confianza Diego de Alcobaza el cuidado de la familia durante sus ausencias. El futuro Inca Garcilaso lo llamaba afectuosamente “ayo”, y su hijo era como un hermano para él.

También la catedral del Cuzco comenzaba a ser construida sobre la antigua cancha o palacio del Inca Viracocha. Allí eran escolarizados por eclesiásticos Garcilaso y otros 17 niños, en su mayoría mestizos o descendientes de importantes nobles incas.

También la catedral del Cuzco comenzaría a ser construida sobre la antigua cancha o palacio del Inca Viracocha.  Algunos de sus eclesiásticos se dedicaron a escolarizar a Garcilaso y otros 17 niños, en su mayoría mestizos o descendientes de importantes nobles incas.

UN COLEGIO IMPROVISADO

La educación de los niños era difícil en esos tiempos revueltos, recayendo en personal eclesiástico. Pedro Sánchez, y luego Juan de Cuéllar, les impartieron enseñanza hasta la adolescencia. En clase el pequeño Garcilaso tuvo otros 17 compañeros, en su mayoría mestizos de otros conquistadores (como su hermano afectivo o los hijos de Pedro de Candía, Sierra de Leguizamo, Gonzalo Pizarro, etc) o de la alta nobleza inca (ej. Carlos Inca, hijo de Paullu Inca). Allí aprendió latín, gramática, ciencias, etc. Su profesor, Juan de Cuéllar, estaba satisfecho con sus alumnos, lamentando que no pudiesen ir en el futuro a estudiar a la universidad de Salamanca.

Saqsaywamán, imponente fortaleza sobre el Cuzco donde Garcilaso jugaba con sus compañeros en la infancia. Pocos años antes había sido escena de cruentas batallas.

Saqsaywamán, imponente fortaleza sobre el Cuzco donde Garcilaso jugaba con sus compañeros en la infancia. Pocos años antes había sido escena de cruentas batallas.

Tras las clases los niños correteaban por la antigua fortaleza de Saqsaywamán, en proceso de ser parcialmente desmantelada para usar sus bloques como mampostería en las nuevas construcciones. Todavía tenía en pie sus magníficos torreones. Se adentraban jugando por misteriosos pasadizos y seguramente emulaban luchas entre incas y españoles. La llegada de mercaderes a Cuzco era motivo de excitación, sobre todo cuando traían cosas de España nunca vistas allí. Especial interés popular tuvo la llegada de las primeras vacas y bueyes. Garcilaso recibió azotes de su padre y luego de su maestro por llegar tarde a clase un día que observaba fascinado como un campo era arado utilizando bueyes.

Garcilaso acudía a largas veladas entre los familiares de su madre. Allí los nobles incas recordaban su glorioso pasado imperial. Garcilaso escuchó épicas historias y curiosas costumbres que serían el germen de sus futuros Comentarios Reales de los Incas.

Garcilaso acudía a largas veladas entre los familiares de su madre. Allí los nobles incas recordaban su glorioso pasado imperial. El futuro escritor escuchó épicas historias y curiosas costumbres que serían el germen de sus futuros Comentarios Reales de los Incas.

El curioso niño acompañaba a su madre en frecuentes veladas que esta mantenía con sus parientes de la nobleza inca, como hermanas y primos suyos descendientes de Huayna Cápac. Allí Garcilaso escuchaba en sus años de infancia y adolescencia historias de las hazañas de sus antepasados, creencias, fábulas y costumbres que añoraban un pasado glorioso, en las que “con la memoria del bien perdido siempre acababan su conversación en lágrimas y llanto, diciendo: “Trocósenos el reinar en vasallaje”. Junto con el español y el latín, Garcilaso dominaba su lengua materna, el quechua, apreciando sus matices de significado en esas conversaciones.

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Su parentesco con la nobleza inca le permitió mantener una afectuosa entrevista con Sayri Túpac, el segundo Inca de la resistencia y primo suyo.

En 1549, cuando contaba 10 años, sufrió el amargo trance de la separación de sus padres y sus respectivas bodas con nuevas parejas. Las razones no parecen derivadas de unas malas relaciones, sino de la insistencia por parte de la Corona española para que los nobles españoles (el padre lo era) se casasen con damas nobles españolas, que forzaron a Sebastián Garcilaso a casarse con Luisa Martel de los Ríos, panameña de padres nobles españoles. Parece que Sebastián facilito que Isabel lo hiciese a su vez con Juan del Pedroche, posiblemente mercader o tratante. El padre del pequeño dio una cuantiosa  dote a su anterior consorte india y posiblemente la ayudó en la boda e inicios de su nueva vida, pues no se quiso desentender de quien había estado a su lado más de 10 años.

El pequeño Gómez siguió viviendo en casa paterna, pero continuaba viéndose con su madre probablemente a diario y asistiendo a las reuniones familiares. 60 años después, el ya Inca Garcilaso escribiría en la segunda parte de los Comentarios una crítica a esta costumbre de muchos conquistadores (e indirectamente su padre incluido) de tener consortes indias en los años duros y luego casar con mujeres españolas, quedando los mestizos y sus madres sin apenas dotes económicas o herencias. Por fortuna, su caso no fue tan malo. Como decimos, Sebastián dio una cuantiosa dote a Isabel Chimpu, y sobre todo permaneció muy encariñado de su hijo, a quien dejó buenas tierras en Havisca, cerca de Pilcopata (a los pies de los Andes amazónicos), productoras de hojas de coca, y 4000 pesos de oro y plata para que pudiese viajar a España a estudiar.

Garcilaso recibió de su padre una plantación de coca en el piedemonte andino

Garcilaso recibió de su padre una plantación de coca en Havisca, en el piedemonte andino, además de una notable cantidad de dinero para que viajase a España.

A medida que crecía, Garcilaso fue aprendiendo nuevas destrezas, como montar a caballo o luchar con la espada. Era ya un joven adulto cuando el Inca de la resistencia Sayri Túpac, su primo, abandonó su refugio en Vilcabamba y pactó un acuerdo de paz con el virrey (aunque a su muerte se continuaría la resistencia). Cuando Sayri Túpac llegó a Cuzco en 1558 recibió afectuosamente a un Garcilaso de unos 19 años, con quien hizo un brindis y se interesó por su vida y destrezas, deseando mantener el contacto con él ahora que había capitulado una paz con los españoles (Sayri Túpac moriría poco después y los enfrentamientos continuarían por el nuevo caudillo, Titu Cusi Yupanqui). Al año siguiente (1559) moría su padre tras una larga y dolorosa enfermedad. Antes de su muerte le había recomendado a su hijo viajar a España y proseguir allí sus estudios. Garcilaso decide emprender viaje y va a despedirse del Corregidor del Cuzco, Polo de Ondegardo. Entonces el funcionario le hace una invitación que le dejó impactado: “Pues que vais a España, entrad en este aposento; veréis alguno de los vuestros que he sacado a la luz, para que llevéis que contar por allá”. El asombrado joven entró en la habitación y quedó admirado: allí estaban cinco momias perfectamente conservadas de algunos emperadores incas y de sus mujeres, entre ellas la de su tío-abuelo Huayna Cápac, a la que tocó entre emocionado y curioso su dedo reseco y acartonado. Eran algunos de los protagonistas de las numerosas historias que había escuchado a sus familiares, y parecían vivos, sentados con sus manos cruzadas, con sus cabellos y llautus sobre la frente.

En 1560 Garcilaso parte del Perú hacia España, en un largo y peligroso viaje.

En 1560 Garcilaso parte del Perú hacia España, en un largo y peligroso viaje. 

RUMBO A ESPAÑA

El 20 de enero de 1560 parte del Cuzco en mulo o caballo subiendo la cuesta de Carmenca para continuar por el camino inca del Chinchaysuyu, rumbo a Lima. Le acompaña otro español. Cruza el famoso puente colgante del Apurímac, valles, punas y llega finalmente a los valles desérticos de Ica, Chincha, Pachacámac y Lima.  El todavía Gómez de Figueroa parte ese mismo año del puerto del Callao rumbo a España. El viaje era por entonces muy largo y arriesgado. Cerca de la isla de la Gorgona (actual Colombia), su barco estuvo próximo a naufragar. En Panamá cruzó el istmo a lomos de acémila, hasta llegar a Portobelo, ya en el Caribe. Pasó entonces por mar a Cartagena de Indias, donde esperó a la flota de Indias que desde España seguía a La Habana. Desde allí prosiguió viaje cruzando el Atlántico hasta las Azores y Lisboa, donde desembarcó. Tras unas breves estancias en Extremadura y Montilla (Córdoba), viaja a Madrid a reclamar reconocimientos a la Corona por los méritos de su padre, que le son denegados por haber confusos informes (negados por el joven) acerca de la actitud de su padre en la batalla de Huarina, donde parecía haber apoyado al rebelde Gonzalo Pizarro. Los funcionarios reales reprochan actitudes de su padre en esa batalla, que Garcilaso niega. Decepcionado y orgulloso de su padre, decide abandonar su nombre de pila, Gómez de Figueroa, por el de su padre, Garcilasso de la Vega, añadiendo “El Inca” como reconocimiento orgulloso a su linaje materno. Desde entonces será conocido como el Inca Garcilaso de la Vega, y así firmará sus escritos.

Escudo de Armas del Inca Garcilaso que figura en sus Comentarios Reales, con imágenes alusivas a los dioses incas del sol, luna y arco iris

Escudo de Armas del Inca Garcilaso que figura en sus Comentarios Reales, con imágenes alusivas a los dioses incas del sol, luna y arco iris con dos serpientes (amaru). Del arco iris pende una mascapaicha o borla imperial de los incas reinantes; a la izquierda, las armas de los Vargas, los Figueroa , los Sotomayor y los de La Vega.

Por un momento pensó en regresar a su tierra natal, pero finalmente decidió hacer carrera militar, llegando a ser capitán como su padre. Participó en la batalla de las Alpujarras contra los moriscos bajo el mando de don Juan de Austria (1569) y años después recibió jugosas herencias que le permitieron vivir sin necesidades y pudiendo dedicarse a estudiar historia y leer a clásicos latinos y renacentistas. Garcilaso es, por tanto, un hombre del Renacimiento, con formación integral e interés por distintos campos del saber, que domina cuatro idiomas (español, quechua, latín e italiano), y cuya economía le permite vivir dedicado al estudio y escritura, sin necesitar recurrir al trabajo manual.

Garcilaso se retirará de la carrera militar para dedicarse a escribir, estudiar y leer en Montilla y Córdoba. Se trata de un ejemplo de humanista renacentista, poliglota y escritor, con inquietud por dejar plasmadas sus vivencias y las de otros antes de que se pierdan (óleo de Francisco González Gamarra, 1959).

En Montilla se instala en casa de su tío, el capitán Alonso de Vargas, propietario de una rica hacienda. Allí (hoy un museo en memoria de Garcilaso) se atreve “con temeridad de soldado” a realizar la traducción del italiano de un complejo libro de filosofía neoplatónica, los “Diálogos del Amor” de León Hebreo, que acaba hacia 1586 y saldrá publicado como La Traducción del Indio de los Tres Diálogos de Amor de León Hebreo. Este libro marca su paso de la carrera militar a la de estudioso y escritor humanista. Es curioso como en el título hace alusión a su carácter “indio”: tal vez sus facciones raciales hacían que lo llamasen así sus conocidos o el mismo quiso distinguir y vanagloriarse de su sangre indígena, mostrando que también una persona de esa condición podía acometer una tarea tan compleja. Garcilaso pone especial empeño en la fidelidad al texto original, respetando “las mismas palabras que su autor escribió en italiano sin añadir otras superfluas”. Este libro fue leído por Miguel de Cervantes, con quien coincidió en Córdoba. A Felipe II le sorprendió gratamente y en el Escorial califico al autor de “fruta nueva del Perú”.

Garcilaso tuvo por entonces, hacia 1588, un hijo con Beatriz de la Vega, su sirvienta durante los años en Montilla, aunque no llegaría a casarse con ella. Este hijo, Diego de Vargas, convivió con su padre, quien le proporcionó una adecuada educación, aunque nunca hizo alarde manifiesto de su paternidad, tal vez avergonzado por la relación con su sirvienta, a quien dejó pensión vitalicia y la mayor parte del menaje de la casa en su testamento. Una razón de peso pudo ser que desde años antes el escritor había profundizado su relación con la Iglesia, recibiendo órdenes menores eclesiásticas en 1579; en 1596 llega a aparecer en un escrito como “clérigo”, e igual condición figura en el documento de compra de una capilla en la catedral 16 años después.

En 1591 se desplaza a Córdoba, donde escribirá sus obras más importantes y comprará una capilla en la catedral donde desea ser enterrado a su muerte.

En 1591 se desplaza a Córdoba, donde escribirá sus obras más importantes y comprará casa y una capilla en la catedral donde desea ser enterrado a su muerte.

EN CÓRDOBA

En 1591 Garcilaso y su pequeño hijo Diego se mudan a Córdoba. Compra allí una casa en el número 6 de la la calle Deanes (hoy un hostal-taberna), en El Barrio de la Judería. La carrera militar estaba ya abandonada y decide dedicarse a escribir. Entrado el nuevo siglo salen publicadas en Lisboa sus obras más conocidas y notables: en 1605 lo hace La Florida del Inca, que narra las aventuras de Hernando de Soto en tierras norteamericanas una vez este conquistador hubo abandonado el Perú. Sus informantes habían sido Gonzalo Silvestre, Alonso Carmona y Juan Coles. Garcilaso veía muy necesario recoger y dejar por escrito estos testimonios antes que se perdieran y así lo hizo en su obra.

La Florida del Inca (Lisboa, 1605, Biblioteca Nacional, Madrid)

La Florida del Inca (Lisboa, 1605, Biblioteca Nacional, Madrid)

Pero desde el siglo anterior ya trabajaba en su obra más importante y conocida. Quería recoger sus recuerdos de la infancia y adolescencia, lo que había escuchado de sus parientes incas, completado con nuevas crónicas y documentos a los que había tenido acceso de otros cronistas e informantes. Así salen publicados en 1609 sus Comentarios Reales de los Incas, impreso por Pedro Crasbeeck en Lisboa.

Comentarios Reales de los Incas, la obra más importante e interesante del Inca Garcilaso, primera edición en 1609 (Biblioteca Nacional, Madrid)

Comentarios Reales, la obra más importante e interesante del Inca Garcilaso, primera edición en 1609 (Biblioteca Nacional, Madrid)

Se trata de una obra extraordinaria, de enorme interés y hermosa prosa, fundamental para todo aquel que quiera adentrarse en el mundo de los Incas. Para los lectores hispanohablantes, además, es una satisfacción poder leer ese español del siglo de Oro en su versión original, sin tener que recurrir a traducciones como en el caso de estudiosos extranjeros.

Segunda impresión en Madrid (1723)

Segunda impresión en Madrid (1723)

Una de sus tempranas traducciones a lenguas extranjeras

Una de sus tempranas traducciones a lenguas extranjeras, en este caso al francés en 1633

La obra ha tenido algunas críticas en cuanto a la validez de sus informaciones: se ha objetado que Garcilaso escribiese sus Comentarios 40 años después de dejar el Perú, y que sus recuerdos estarían ya olvidados o muy influidos por su estancia en España. Prueba de ello sería su visión idílica del imperio Inca, que parece intentar encajar en los cánones éticos de la España renacentista. Pero lo cierto es que Garcilaso muestra voluntad de contar todo ello con objetividad, y contrastando opiniones con otros autores a quienes cita en la obra con gran honestidad por su parte (no era infrecuente copiar textos de otros autores en la época sin citar su procedencia: un ejemplo es Herrera, cronista oficial). Su dominio del quechua como lengua materna enmienda malinterpretaciones de otros autores. Cuando fallece, Garcilaso tenía en su casa 500 ejemplares de los Comentarios Reales para vender, quizá esperando a hacerlo con la Segunda Parte, próxima a salir publicada.

Un año después de su muerte ve la luz su segunda parte de los Comentarios Reales, que sale con el título "Historia General del Perú", donde narra los hechos acaecidos desde la llegada de los españoles.

Un año después de su muerte ve la luz su segunda parte de los Comentarios Reales, que el Inca había terminado en 1612. Sale de imprenta con el título “Historia General del Perú”, donde narra los hechos acaecidos desde la llegada de los españoles. El libro se publicó en Córdoba en 1617.

Poco tiempo después de publicar su obra más famosa, en 1612 el Inca Garcilaso completa la Segunda Parte de los Comentarios Reales, dedicada a la conquista del Perú, las guerras civiles habidas entre españoles y la resistencia de los Incas de Vilcabamba. En el prólogo se dirige “A los indios, mestizos y criollos de los reinos y provincias del grande y riquísimo imperio del Perú, el Inca Garcilasso de la Vega, su hermano, compatriota y paisano, salud y felicidad.” Pero Garcilaso murió antes de ver esta segunda parte impresa, pues sería publicada por su hijo en Córdoba un año después de su fallecimiento (1617). El título original fue cambiado, y en lugar de “Segunda parte de los Comentarios Reales”, salió publicado como Historia General del Perú.

 

En 1612, Garcilaso adquiere la capilla de las Benditas Ánimas del Purgatorio en la Mezquita-Catedral de Córdoba, manifestando su voluntad de ser enterrado allí. Paga el cierre con una reja, en la que figura el escudo por él diseñado y que figura en las primeras páginas de los Comentarios Reales.

 

AL PURGATORIO…

En ese año en que terminó la segunda parte de sus Comentarios, 1612, Garcilaso compró la capilla de las Benditas Ánimas del Purgatorio en la Catedral de Córdoba, manifestando su deseo de ser enterrado allí, al lado de los arcos de la ampliación de la mezquita en tiempos de Almanzor. Había escogido para su descanso un lugar simbólico de mezcla de culturas, como es la Mezquita Catedral de Córdoba. Al fin y al cabo, él también era el resultado de una de estas combinaciones de culturas, en su caso entre la inca y la española.

Patronazgo de la Capilla del Inca (pinchar para ampliar).

Con 73 años, Garcilaso quería ir preparando su descanso final. No sabemos que enfermedades padeció, aunque tenía un acusado temblor en la mano desde hacía tiempo que a veces le impedía firmar documentos. Sería interesante poder realizar un examen paleopatológico de sus restos óseos, hoy expuestos en una urna de su capilla.

Interior de la capilla con la urna que contiene parte de los restos óseos del Inca Garcilaso.

No los he podido examinar en cercanía en mi visita a la Mezquita-Catedral de Córdoba, por estar cerrada con una reja, aunque si he comprobado que Garcilaso murió desdentado: su maxilar superior carece de dientes y molares, y el proceso alveolar muestra una atrofia que permite deducir que la pérdida ocurrió desde años antes de su muerte, probablemente por enfermedad periodontal (la llamada “piorrea”). También podría tener un pequeño osteoma (tumor benigno óseo) en la sutura entre su malar derecho y el hueso frontal.

Garcilaso estuvo desdentado en sus últimos años de vida, y sus huesos muestran signos degenerativos (artrosis) en algunas epífisis. Aunque no pude hacer un examen en cercanía de los huesos, podría haber sufrido una bursitis o sinovitis suprarotuliana, que limitaría la movilidad de una de sus rodillas y le produciría cojera.

Además las epífisis de algunos huesos largos muestran signos artrósicos, y una osteocondensación en la zona anteroinferior de uno de sus fémures podría apuntar a una bursitis o sinovitis suprarotuliana, inflamación crónica habitual en personas que permanecen arrodillados con frecuencia y que produce limitación funcional en los movimientos de la rodilla y cojera. Tómese esta observación con la debida prudencia, pues no he podido examinar en detalle los huesos.

Partida de defunción del Inca Garcilaso; la fecha del día 24 hace  referencia a su entierro. “Garcilaso de la Vega (al margen): Murio garcilasso de la vega auiendo recebido los sacramentos necessarios, a veinte y quatro días del mes de Abril deste aº de 1616. testo ante gonzalo fenez. de Corª snº pucº dexo por sus albaceas a don manuel de messa Canonigo y al licendº Andres de bonilla racionero de la sta ygla de Corª dieron para q’ se dixessen por su anima zien misas—–“

En la noche del 22 al 23 de abril de 1616, el Inca falleció en su casa de la calle Deanes. Tenía 77 años. Llegado el momento, su hijo organizó el entierro, y sus albaceas encargaron unas lápidas que rezan así: El Inca Garcilaso de la Vega, varón insigne, digno de perpetua memoria. Ilustre en sangre, perito en letras, valiente en armas. Hijo de Garcilaso de la Vega, de las Casas de los duques de Feria e Infantado, y de Elisabeth Palla hermana de Huaina Capac, último emperador de las Indias. Comentó La Florida, traduxo a León Hebreo y compuso los comentarios reales. Vivió en Córdoua con mucha religión. Murió exemplar, dotó esta capilla. Enterróse en ella. Vinculó sus bienes al sufragio de las ánimas del purgatorio. Son patronos perpetuos los señores Deán y Cabildo desta santa Yglesia. Falleció a veynte y dos de Abril de mil y seiscientos y diez yseis. Rueguen a Dios por su Anima.”

Lápidas encargadas por sus albaceas a ambos lados del altar, con las banderas de España, Perú y Cuzco. También hay lápidas conmemorando el IV Centenario de los Comentarios Reales y el IV Centenario de la muerte del Inca: “Su espíritu creó una conciencia colectiva de mestizaje inspirada en el conocimiento, la tolerancia y el diálogo. Cabildo Catedral de Córdoba 23/04/2016″ (pinchar para aumentar).

Aunque en la lápida figura el 22 de abril, se trata de un error. La fecha que se da como casi segura es el 23, pues si bien en la partida de defunción de la catedral de Córdoba figura el día 24, se solía escribir la palabra “murió” por dar a entender que “se enterró” (algo similar ocurre con las partidas de Quevedo y Lope de Vega, según hace notar Astrana Marín).

Arqueta con parte de los restos de Garcilaso en la catedral de Cuzco, donados por los reyes de España en 1978.

En 1978 el obispo de Córdoba y el Deán de la Catedral hicieron entrega de una pequeña bolsa con parte de los restos del Inca Garcilaso al embajador del Perú en España para que fuesen entregados por el rey Juan Carlos I al Presidente de la República del Perú con motivo de su viaje al país. El 25 de noviembre de 1978 se realizó la entrega y los restos fueron depositados en una arqueta que  hoy se encuentra en una cripta de la catedral del Cuzco. Seguramente Garcilaso estaría satisfecho de saber que parte de sus restos descansan en su querido Cuzco natal, en aquella catedral que comenzaba a construirse cuando partió de la ciudad, entre ruidos de canteros y albañiles que iban levantando el nuevo templo cristiano, pero con bloques incas reutilizados. Una mixtura de la que el Inca Garcilaso fue el primer gran exponente en el mundo literario americano…

© José María Fernández Díaz-Formentí. Prohibida su reproducción total o parcial, del texto y/o imágenes.

Exposición La Biblioteca del Inca Garcilaso de la Vega, Biblioteca Nacional, Madrid © Formentí 001

MACHU PICCHU (V). DESCRIPCIÓN DE LA CIUDAD: EL BARRIO ALTO (HANAN) /The upper area (Hanan)

Intihuatana, Machu Picchu, Cuzco, Perú © Formentí 003

Texto y fotografias: © José Mª Fernández Díaz-Formentí / http://www.formentinatura.com

Como hemos visto en otro artículo de este blog (“Machu Picchu III: Ser y razón de Machu Picchu”), esta ciudad inca fue una hacienda real del emperador Pachacútec y de su panaca o linaje familiar, que además cumplió funciones de llacta o célula colonizadora en el recién conquistado Antisuyu (provincia de los valles orientales que dan hacia la Amazonía), y su ubicación permitía un buen control del cañón del Urubamba. En otras entregas hemos visto los restos que nos han dejado sus antiguos pobladores, que permiten acercarnos a sus orígenes y vida cotidiana (“Machu Picchu II”), y a como se planificó y construyó la ciudad (“Machu Picchu IV”). En este artículo y en el siguiente haremos un recorrido por la ciudad inca, describiendo sus barrios y edificios.

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MACHU PICCHU SIN FANTASÍAS…

Quizá esta descripción desencante a muchos guías y visitantes de la ciudad, pues va a intentar ser lo más racional, científica y aséptica que pueda. Machu Picchu esta hoy plagado de explicaciones, suposiciones e interpretaciones sin la menor (o muy ligera) base científica, y lo peor es que muchas de ellas, a base de ser repetidas machaconamente desde hace decenios terminan por adquirir carta de supuesta veracidad. Continuamente se recurre a conceptos relacionados con la cosmovisión andina, misticismo, etc. cuando no a planteamientos mucho más esotéricos, como rocas cargadas de energía que podemos captar (¡nunca aprecié cerca de ellas que las batería de mi teléfono móvil o de mis cámaras mejorasen su situación, la verdad!), huevos y conexiones cósmicas, astrales y cosas así, rocas con forma de esto y de lo otro, orientadas hacia este lugar, estrella, etc (lo aleatorio permite buscar cinco pies al gato siempre). Respeto que cada uno crea lo que quiera, aunque sería bueno que estas cosas se demostrasen y que realmente eran usadas o planeadas con ese fin, y que no es una pura casualidad o ensoñación de quien lo cuenta o lo ideó. Machu Picchu es un bien cultural de la Humanidad, suficientemente interesante y apasionante per se, y como bien dice el profesor Flores Ochoa, no se pueden seguir repitiendo productos de la imaginación: el visitante paga por unas explicaciones que deben tener veracidad y calidad, sin invenciones ni imaginaciones que limitan con la mentira. Otra cosa son las emociones personales que despierta en los visitantes, y que van desde el llanto a la indiferencia.

Machu Picchu

Machu Picchu está hoy plagado de explicaciones, suposiciones e interpretaciones de las que muchas carecen de base científica, y que terminan por adquirir carta de veracidad a base de ser repetidas durante años. Un ejemplo es la supuesta irradiación de energías telúrico-cósmicas que existen en el Intihuatana, que esta turista convencida pretende captar…

El propio “descubridor” ante el mundo de Machu Picchu, Hiram Bingham, advertía de la facilidad de establecer teorías poco fundadas sólo 11 años después de su llegada a Machu Picchu. En su libro “Inca Land” (1922) nos advierte: “… ningún historiador se mueve más rápido de los datos reales a la fantasía, de la observación precisa a la imaginación grotesca que al examinar el laberinto de estudios contemporáneos sobre los últimos incas; ningún autor omite detalles importantes ni establece polémicas conclusiones con más frecuencia. La historia de los Incas todavía está en un callejón sin salida de duda y contradicción.” Lo cierto es que el propio Bingham terminó siendo uno más de esos autores que critica, pues estableció teorías y explicaciones que, independientemente de que hoy están superadas, no siempre se basaban en argumentos demasiado sólidos.

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Aunque el propio Bingham advertía de la tendencia a la fantasía en las explicaciones que se propagan sobre Machu Picchu, lo cierto es que él tampoco se libró de ellas: quizá la más extravagante de cuantas propone es la referida a la que llamó “Ventana de las Serpientes”, en el Templo del Sol, donde imaginó (sin base documental o histórica alguna) que los sacerdotes soltarían serpientes por los agujeros interiores de esta ventana y que establecerían predicciones examinando por donde asomaban al exterior.

Antes de comenzar se hace precisa una aclaración importante. Cuando Bingham describió la ciudad al mundo nombró una serie de edificios, conjuntos, barrios, etc con unas denominaciones totalmente subjetivas. Nunca sabremos los nombres originales que tenían (ni siquiera sabemos con total certeza el nombre que tenía la ciudad, que podría haber sido “Picchu” como hemos visto). Esos nombres (Templo Mayor, Sala de los Morteros, Templo del Cóndor, Casa del Sacerdote, Torreón, Templo de las Tres Ventanas, etc) han permanecido vigentes hasta la actualidad y parecen atribuir al edificio una función que tal vez ni siquiera tuvo. ¿Alguien puede saber con total certeza que el Templo de las Tres Ventanas era realmente un templo? ¿Y el del Cóndor?. No podemos olvidar que los incas no tenían templos en el sentido europeo, pues sus ceremonias se realizaban en plazas y ushnus (elevaciones artificiales, generalmente sobre un edificio).

Templo

Las denominaciones actuales de los barrios y edificios de Machu Picchu fueron mayoritariamente propuestas por Bingham de forma subjetiva, frecuentemente extrapolando términos de la arqueología tradicional europea. Así es frecuente que hable de “templos” como este de las Tres Ventanas, sin que sepamos si se trató realmente de un templo.

El profesor Flores Ochoa nos propone acertadamente reflexionar sobre la nomenclatura tradicional en Machu Picchu: “los nombres de los edificios y espacios abiertos son arbitrarios: Se buscan analogías con la tradición europea, también deducciones en base a similitudes o comparaciones con otras tradiciones”. Por tanto, seamos críticos y cuestionemos las verdades tenidas por tales, pues en la mayoría de los casos no hay evidencia arqueológica o científica que la respalde. La descripción que ahora inicio intentará ser aséptica, pero inevitablemente propondrá algunas interpretaciones. Están basadas en estudios científicos (arqueológicos, de ingeniería y arquitectura) y documentales contrastados, asumiendo que con el tiempo tal vez queden desfasadas o superadas al avanzarse en el conocimiento arqueológico y documental.

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Como en época inca, unos pocos cientos de viajeros al día tienen su primera vista de Machu Picchu desde Intipunku (en la foto), en el camino inca original que llega a la ciudad, pero la mayoría lo hacen desde el fondo del cañón, a pie o en autobuses que suben por la serpenteante carretera “Hiram Bingham”

LLEGANDO A LA CIUDAD. VISTA GENERAL

En la actualidad hay tres formas de llegar a Machu Picchu. Lo ideal es hacerlo recorriendo el Camino Inca original que comunicaba el Valle Sagrado con la ciudad. La experiencia es fantástica y permite contextualizar Machu Picchu con su entorno natural y otros centros arqueológicos en la ruta. Pero la mayor parte de los visitantes llegan a la ciudad desde la población existente en el fondo del cañón, Aguas Calientes (hoy llamada también Machu Picchu Pueblo). Hay turistas que se alojan en sus hoteles y otros llegan en el día de la visita, a bordo de los trenes que a diario comunican el pueblo con Cuzco y el Valle Sagrado. Desde Aguas Calientes se puede subir a la ciudad caminando por un sendero peatonal empinado a través de la selva o en uno de los autobuses que constantemente suben y bajan de la ciudad. En cualquier caso, el recorrido debería comenzar en la parte alta de la ciudad.

Vista

La vista desde la llamada Casa del Guardián (preferimos llamarlo Puesto de Guardia) es extraordinaria y ya figura entre principales iconos turísticos del mundo, como símbolo de la armonía entre la naturaleza y la creación humana.

Desde el apeadero de los autobuses, y pasado el control de acceso (las entradas deben adquirirse previamente en Cuzco o en Aguas Calientes), unas flechas guían al visitante en dirección al sector agrícola. Lo ideal es tomar una desviación señalizada a al izquierda que sube hasta el tramo final del Camino Inca poco antes de su llegada a la ciudad. Desde allí continuamos subiendo a un edificio solitario que vemos más arriba: Se trata de la llamada “Casa (o recinto) del Guardián”. El panorama que vemos desde aquí  es imponente: se trata de la vista “oficial” de Machu Picchu, que aparece en todas las publicaciones, revistas y folletos. Aunque la hayamos visto muchas veces seguirá cautivándonos, sobre todo si la niebla aún no está disipada del todo y sus jirones serpentean entre los barrios de la ciudad.

 Desde este lugar conviene identificar el entorno geográfico de la ciudad. En el centro de la imagen destaca el cerro Huayna Picchu (

Desde este lugar conviene identificar el entorno geográfico de la ciudad. En el centro de la imagen destaca el cerro Huayna Picchu (“Pico joven”), y a la izquierda, como una réplica menor del mismo, el cerro Huchuy Picchu (“Pico menor o pequeño”). En las montañas del fondo, de izquierda a derecha, vemos el cerro San Miguel (mitad izquierda de la foto), el puntiagudo cerro Yanantin (fondo derecha) y la gran mole del cerro Putucusi ascendiendo desde el fondo del cañón (en contraluz).

En este enclave es interesante no limitarse a tomar las fotos de rigor y descender, pues se trata de un magnífico mirador para identificar la geografía, las zonas y los barrios de la ciudad que luego recorreremos. Hagamos un ejercicio de abstracción, imaginando el lugar cubierto de rocas y selva antes de comenzar las obras. Reflexionemos sobre el ingente trabajo de planificar todo, deforestar y mover tierras y rocas, nivelar terreno, etc. en un tiempo en que no existía dinamita ni excavadoras… ni siquiera ruedas, poleas o animales de tiro. Al fondo vemos el empinado cerro Huayna Picchu (“Pico Joven”), en cuya cumbre podemos distinguir andenes y construcciones. A la izquierda, asomado al abismo, otro pico menor que parece casi una réplica del anterior llamado Huchuy Picchu (“Pico Menor”, o “Pico Pequeño”), que también tiene construcciones. Más a la izquierda, al otro lado del cañón vemos las laderas del cerro San Miguel. Si dirigimos nuestra mirada a la derecha de Huayna Picchu vemos destacar la gran mole del cerro Putucusi que asciende verticalmente desde la orilla opuesta del cañón. Más lejano está el puntiagudo cerro Yanantin.

barrios

Observando la ciudad, distinguimos un barro alto (Hanan), al oeste (en primer plano de la foto), y otro bajo (Hurin), al este (al fondo), separados por una plaza principal con varios niveles. En el barrio alto podemos identificar algunos elementos importantes que luego vamos a recorrer.

Podemos luego prestar atención a la distribución de la ciudad. Rápidamente apreciamos la habitual división de las ciudades incas en un barrio alto (Hanan, más cercano a nosotros) y otro bajo (Hurin), separados por amplias plazas. Imaginemos la ciudad con sus techumbres vegetales, sus calles con gente y los andenes cubiertos de plantas de maíz, con agricultores trabajando con sus arados de pie. También advertiremos una construcción con aspecto de pirámide escalonada frente al Huchuy Picchu: se trata del conjunto del Intihuatana, promontorio rocoso que los incas revistieron de andenes y en cuya cumbre edificaron unas construcciones interesantes que más adelante veremos.

Entre el promontorio del Intihuatana y el sector más próximo a nosotros distinguimos una plaza (Plaza Sagrada) que tuvo uso religioso. En el barrio alto que tenemos debajo podemos reconocer fácilmente la muralla exterior de la ciudad y la puerta principal de acceso a la misma, a  la que llega el Camino Inca. En la zona inferior de este barrio podemos reconocer un edificio con un muro circular: se trata del llamado Templo del Sol (“Torreón”).

Casa

La llamada Casa del Guardián no es en realidad una casa, sino un puesto de guardia, término que preferimos. Se trata de una wayrona, o edificio de tres paredes, que además tiene una de ellas con tres grandes ventanas abiertas al valle. Probablemente aquí se turnaban pequeños retenes de guardianes que controlaban el valle y el camino. También pudo dar cobijo al encargado principal de las tareas agrícolas (arariwa), ya que desde aquí se domina muy bien el sector agrícola que está debajo. Tampoco se puede descartar un uso ceremonial, pues detrás hay una roca con aspecto de haber servido de altar o mesa de sacrificios.

La Casa del Guardián no parece haber sido la casa o vivienda de ningún guardián. Se trata  de un edificio tipo wayrona, con tres paredes, y además la mayor de ellas tiene tres amplias ventanas. No cabe pensar que con esta estructura fuera una vivienda, pero sí un puesto de control. Tal vez allí se turnaban pequeños retenes de guardianes que vigilaban y advertían de la llegada de algún porteador o recua de llamas con carga. También podían controlar muy bien el tránsito por el cañón, guareciéndose de la lluvia o del sol excesivo bajo su techumbre. Por tanto, pensamos que resultaría más exacto llamarlo “puesto de guardia”. Además de los vigilantes, tal vez subía hasta aquí el “arariwa” o “chakra camayoc”, el sabio encargado de los cultivos que supervisaba las tareas agrícolas, pues desde aquí se domina muy bien los andenes y terrazas que están por debajo.

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La Roca Ceremonial tras el Puesto de Guardia ha sido tallada a modo de altar, con peldaños y repisas. Podría haber sido un lugar de ofrendas para la agricultura y donde hacer sacrificios de llamas para predicciones del año agrícola observando sus vísceras. En el suelo hay multitud de cantos rodados subidos del río. Al fondo, la montaña de Machu Picchu.

Por detrás de este puesto de guardia hay un amplio terraplén con una gran roca finamente tallada a modo de altar,  incluyendo peldaños y repisas. Es la llamada “Roca Ceremonial”, nombre probablemente acertado. Sobre ella podrían hacerse ofrendas propiciatorias tal vez relacionadas con la agricultura (teniendo en cuenta que está en lo alto de la zona agrícola) y sacrificios de llamas (examinando sus vísceras se hacían predicciones acerca del año agrícola). En el terraplén donde asienta esta roca ceremonial se encuentran numerosos cantos rodados subidos desde el cauce del río Urubamba, con un sentido ceremonial que desconocemos, y un pequeño recinto más.

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Por encima de la roca ceremonial y rematando la ciudad en lo alto están las paredes del mayor edificio de Machu Picchu. Se trata de un gran galpón o kallanka de 250 m2, con 8 portadas mirando a la ciudad, en su día cubierto de un techo vegetal. Pensamos que aquí se alojaron contingentes de trabajadores mitayos durante la construcción y los agricultores.

Sobre la Roca Ceremonial y rematando la ciudad antes de continuarse con el bosque montano se encuentra el mayor edificio de Machu Picchu. Se trata de un galpón de casi 50 m de largo y 250 m2, con 8 portadas con vistas a la ciudad. Este tipo de construcción, llamada kallanka, permitía alojar a un gran número de personas bajo su techumbre vegetal, hoy ausente. Tal vez este edificio alojó comunalmente a los trabajadores de Machu Picchu, durante la construcción de la ciudad y también a los agricultores que cultivaban la zona agrícola. Desde aquí parte un camino inca que se dirige al occidente, hacia el Puente Levadizo, impresionante lugar que veremos en un capítulo posterior. Bajemos ahora a la entrada de la ciudad…

 

Puerta

La Puerta Principal da acceso a la ciudad desde el Camino Inca empedrado que llega de Cuzco y el valle Sagrado.

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Preferimos conocerla como “Puerta Principal”, y no como “Puerta Sagrada”, denominación a veces empleada que nos parece excesivamente pomposa. Nada hace pensar en su sacralidad y si en su sentido práctico. De todas formas, no fue la única entrada posible a la ciudad.

 

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Traspasada la puerta principal de entrada, si miramos atrás vemos el puesto de guardia y al fondo la montaña que da nombre a la ciudad.

EL BARRIO ALTO

La Puerta Principal era el acceso de los visitantes que llegaban desde Cuzco o de aquellos que lo hacían desde el occidente tras  cruzar el puente levadizo. Aquí terminan los últimos escalones del Camino Inca. La puerta tiene aparejo a base de grandes bloques con un pesado dintel. Por su parte interior se aprecia una argolla de piedra encima del mismo y en las jambas unos sillares tallados con clavos líticos. Como vimos en la anterior entrega de este blog (Machu Picchu IV) la argolla y los clavos laterales permitirían sujetar una tosca puerta de troncos amarrados (aunque no hay necesariamente evidencia de que existiese). Sin embargo, no fue este el único acceso a la ciudad. Hoy se han encontrado caminos secundarios que llegan desde el fondo del cañón a otros barrios.

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La puerta principal tiene un pesado dintel. En su interior hay un sistema de posible fijación de una puerta, que se amarraría a unos clavos líticos laterales y a una argolla en lo alto, según vimos en otra entrada de este blog.

Nada más cruzar la Puerta Principal (en nuestra opinión la denominación de “Puerta Sagrada” que se le da a veces es inadecuada, pues nada hace suponer una supuesta sacralidad), se abre una calle larga al final de la cual se ve la montaña de Huayna Picchu. A los lados hay unos cuantos edificios que podrían haber sido corrales para llamas de carga y almacenes. Más abajo hay edificios que sí podrían haber sido talleres y viviendas de los sirvientes del Templo del Sol o del Inca, cuyos aposentos estaban más abajo. Al final de esta calle encontramos a la derecha una puerta de doble jamba (sólo queda su parte inferior) y una escalera que desciende algo. En el lado opuesto (izquierda) nos encontramos con los bloques graníticos de la cantera de la ciudad, y enfrente la Plaza Sagrada y el Intihuatana.

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Nada más cruzar la Puerta Principal una hermosa calle parece dirigirnos a Huayna Picchu, que hace de magnífico telón de fondo. A ambos lados, hay edificios que pudieron servir de almacenes y corrales de llamas, donde se pudo controlar y gestionar las entradas y salidas de productos y personas de la ciudad.

Analizando el plano de Machu Picchu, los arqueólogos han delimitado 18 conjuntos de edificios. Cada uno de ellos agrupa unas cuantas construcciones, frecuentemente cercadas por una pared con pocas entradas. Los conjuntos se comunican entre sí por caminos y escaleras. Al pasar la Puerta Principal nos encontramos en el Conjunto 1. Para pasar al Conjunto 2 (en el que está el Templo del Sol) cruzamos la puerta de doble jamba derruida o inacabada que comentábamos y descendemos unos metros por una escalera. Entonces veremos una terraza interesante, al dorso del Templo del Sol: por ella corre el canal de abastecimiento de agua que describimos en el anterior capítulo (Machu Picchu IV) que se dirige a la primera de las fuentes.

Al dorso del Templo del Sol (muro en sombra) encontramos una terraza destinada al canal que trae el el agua desde el exterior a la primera fuente de la ciudad

Al dorso del Templo del Sol (muro en el centro) encontramos una terraza destinada al canal que trae el el agua desde el exterior a la primera fuente de la ciudad

Muro

La entrada al Templo del Sol se encuentra en un muro de factura extraordinaria, que maravilló a Bingham por la belleza y armonía de sus líneas.

EL TEMPLO DEL SOL

Desde este lugar podemos observar el magnífico muro posterior del Templo del Sol. Cuando Bingham lo examinó en 1911 quedó maravillado de su factura y belleza. Los sillares de granito son regulares, exquisitamente tallados y encajados, y van estrechándose a medida que el muro asciende en altura, creando un armónico efecto estético, de solidez en la base y ligereza y delicadeza en lo alto. “La belleza de las líneas, el arreglo simétrico de los bloques y la gradación de la magnitud de las hileras se combinaban para producir un efecto maravilloso, más suave y grato que aquel de los templos de mármol del Viejo Mundo” (Bingham).

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Los sillares de granito están exquisitamente tallados, y las hiladas se van estrechando al ascender en altura creando un armónico efecto estético de solidez en la base y ligereza en lo alto.

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En la parte interna de la puerta del Templo del Sol vemos uno de los escasos ejemplos de argolla en el dintel y clavos líticos para amarrar una puerta, algo que los incas utilizaban en muy contados edificios.

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Al final de un pasillo desciende una escalera tallada en un bloque de piedra, junto a la cual hay un notable edificio, la llamada “Casa Sacerdotal” (a la derecha de la foto)

Recorriendo esta magnífica pared llegamos a la puerta de entrada al Templo del Sol. Como toda portada de doble jamba, nos anuncia la llegada a un lugar especial, de importancia religiosa o nobiliaria, a la que no podía entrar cualquiera. De hecho, pasado el umbral encontramos de nuevo una argolla lítica sobre el dintel y amarraderos laterales para una puerta. Recorriendo el pasillo al otro lado  llegamos a una escalera tallada en un bloque de piedra.

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La llamada Casa Sacerdotal (izq) es un edificio de dos pisos anexo a una plazoleta más alta comunicada con el Templo del Sol (derecha)

Sin descenderla, a la izquierda encontramos la llamada Casa Sacerdotal (también llamada -pensamos que incorrectamente- Casa de la Ñusta: la ñusta era la princesa inca), anexa a una plazoleta más alta comunicada con el Templo del Sol. Es un edificio de dos pisos, incomunicados entre sí, a los que se accedía por entradas separadas (el superior desde la plazoleta mencionada). Cabe pensar que el lugar guardaría relación con las ceremonias realizadas en la plazoleta y en el Templo.

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Los dos pisos de la Casa Sacerdotal no estuvieron comunicados por dentro con escaleras. Cada piso tenía entradas separadas. El piso superior comunicaba con una plazoleta a la que se abría el Templo del Sol

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La puerta del piso superior de la Casa Sacerdotal se abre a una plazoleta que comunica con el Templo del Sol.

El Templo del Sol recibió este nombre por recordar su muro circular al del Koricancha de Cuzco. Asienta sobre una gran roca y su cantería es magnífica. Hay otros edificios incas similares con muros curvos sentados sobre grandes rocas y con ventanas y/o hornacinas. En los complejos que encontramos en el camino inca que se dirige a Machu Picchu aparecen edificios muy similares (ej. Llactapata, Sayaqmarka, Wiñay Wayna…), aunque nunca con el perfecto trabajo de la piedra que muestra este último. Debido a la forma redondeada y a que asientan sobre rocas, estos edificios suelen ser llamados “torreones” con frecuencia.

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Los incas construyeron otros edificios de muros curvos sentados sobre grandes rocas, a veces llamados “torreones”; aunque el de Machu Picchu es el de mejor calidad constructiva y de acabado (arriba), hay otros que siguen un patrón muy similar, como el de Llactapata (debajo), en el camino inca a Machu Picchu. Tal vez sus paredes estuvieron enlucidas y pintadas para compensar la rusticidad de su cantería.

Pulpituyoq (Templo del Sol) construido sobre roca in situ, Patallacta (o Llactapata o Q'entimarka), Camino Inca a Machu Picchu, Cuzco, Perú © Formentí 004

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El Templo del Sol de Cuzco tiene un muro curvo que Bingham relacionó con el muro curvo del “torreón” de Machu Picchu, asignándole este último una función similar al de Cuzco (en la imagen)

La observación de Bingham del relativo parecido entre el muro del Koricancha y el de este templo fue atinada, y teniendo en cuenta el culto solar de los incas, cabe suponer que en Machu Picchu hubo un lugar destinado para ello. Pero ¿fue realmente este?. Sencillamente por tener un muro curvo ¿cabe asignársele esa función? Lo cierto es que parece probable. El lugar está exquisitamente trabajado en sus muros. Dispone de una plazoleta para ritos religiosos con abundantes hornacinas. Como dijimos, asienta sobre una gran roca bajo la que hay una cueva que también fue muy trabajada. Esa roca constituye a su vez el suelo del Templo del Sol, donde se hicieron algunos tallados, se cree que con funciones astronómico-calendáricas (analizando el recorrido y las sombras de los rayos solares que entraban por la ventana al amanecer en los solsticios).

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Desde el Templo del Sol se tiene una magnífica visión del cañón del Urubamba, el cerro Putucusi y el sol naciente en la cordillera de Vilcabamba

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La ventana que se abre al cerro Putucusi recibe el sol matutino cuando este supera la línea de cumbres del horizonte. Otra ventana (por la que entra el sol de la tarde en la foto) se abre al cerro Huayna Picchu.

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Bajo la roca que da apoyo al Templo del Sol hay una caverna cuyas piedras naturales fueron primorosamente talladas y sus paredes revestidas de fina cantería

Además el edificio sufrió un incendio, como atestiguan sus piedras interiores agrietadas y desconchadas por el calor:  Como vimos en un capítulo anterior (Machu Picchu III, en este blog), hacia 1570, el inca de la resistencia Titu Cusi Yupanqui, aprovechando un momento de buenas relaciones con los frailes agustinos asentados en su reino de Vilcabamba, autorizó que miembros de esa orden fuesen a evangelizar a “Piocho”. El arqueólogo Luis G. Lumbreras supone que esos “extirpadores de idolatrías” llegarían a Picchu y serían los responsables del incendio del Templo del Sol, como antes habían hecho otros miembros de esta orden en el santuario de Chuquipalpa cercano a Vitcos. Como en este último caso, cabe pensar que el fuego purificador iría destinado al templo principal de culto solar, y no a edificios sin función religiosa. El espeso techo vegetal ardiendo y derrumbándose en el interior del templo generó una alta temperatura que dilató y resquebrajó las piedras de granito por su cara interna.

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La parte superior de la roca sobre la que asienta, constituye el suelo del Templo del Sol. El bloque granítico muestra una serie de entalladuras que algunos arqueoastrónomos relacionan con funciones calendáricas, al hacer coincidir las luces y sombras que entran por la ventana este al amanecer del solsticio de invierno con esas marcas en la roca. Se aprecian también las grietas en el interior del muro causadas por un incendio del que hablamos en la tercera parte de esta serie (Machu Picchu III)

La factura del Templo es, como decíamos, exquisita. El tallado de los sillares de granito y su encaje es perfecto. Estos, a su vez, asientan sobre la gran roca natural subyacente, pero el ajuste es tan extraordinario que casi es complicado distinguir donde termina la roca natural y donde comienza el sillar. El conjunto del templo y su plazoleta tiene una planta que recuerda a una “e”. La plazoleta ocuparía la zona abierta de la “e”: tiene nichos trapezoidales en su pared (posiblemente para colocar ídolos, copas -keros- y otros objetos litúrgicos). Bajo ella las excavaciones arqueológicas han descubierto un antiguo muro sepultado de buena factura, que parece el resultado de un cambio en la planificación del edificio. Una portada comunica la plazoleta con el piso alto de la llamada Casa del Sacerdote, y unas escaleras que bajan un nivel desde la plazoleta son el único acceso a la misma y al interior del Templo.

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Los sillares del muro del templo están exquisitamente trabajados y su encaje es perfecto, no sólo entre sí sino en su ajuste a la roca subyacente. Llega a hacerse complicado distinguir donde acaba esta última y empieza el muro.

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El edificio curvo del Templo del Sol también tiene hornacinas en sus muros interiores y tres ventanas trapezoidales. La que mira al sur tiene junto a sus aristas unas protuberancias de piedra (y otras dos más junto a la inferior derecha), cuya función desconocemos. Se ha especulado con la posibilidad de su uso para observación astronómica y su relación con el calendario, pero no encontramos apoyo fidedigno para tal teoría. Puestos a elaborar hipótesis, podría tratarse sencillamente de unos apoyos donde fijar algún adorno exterior del templo (el Koricancha de Cuzco los tenía). También Bingham opinaba algo así. Algo parecido  pudo ocurrir con la ventana que mira al norte, conocida como “Ventana de las Sierpes”. En ella hay unos agujeros y conductos que pudieron servir para fijar algún adorno importante. Varios estudiosos han postulado que estas tres ventanas del Templo del Sol pudieron estar destinadas a la observación de ciertas constelaciones, opinión que no compartimos y que nos parece rebuscada. Los incas observaban las estrellas y reconocían formas que les eran familiares en la Vía Láctea, pero creemos que no hay razón para pensar que tuvieran que encerrarse en un templo para mirar esas estrellas desde unas ventanas, cuando es más fácil y cómodo hacerlo desde el exterior, más aún cuando esas estrellas van cambiando de posición para el observador a lo largo de la noche.

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La ventana este del templo tiene cuatro protuberancias talladas en sus bloques de utilidad desconocida. Pensamos que pudieron dar sujeción a algún ornamento.

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También la ventana sur tiene estas cuatro protuberancias, y otras dos más a un lado. La entalladuras en “escalera” que se ven en la roca basal pudieron tratarse de una tarea de cantería inacabada.

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La ventana norte carece de esas protuberancias, y en cambio tiene unos orificios y conductos en su base que pudieron servir para amarrar y fijar algún objeto importante. Al principio de este artículo hemos visto la rebuscada hipótesis de Bingham respecto a estos agujeros por el que se soltarían serpientes con fines adivinatorios, denominándola “Ventana de las Sierpes”.

Por tanto opinamos que el Templo del Sol fue un lugar ceremonial importante, posiblemente destinado en efecto al culto solar, y en el que tal vez se hacía alguna observación de utilidad para el calendario agrícola, observando los rayos del sol que entran al amanecer del solsticio por la ventana orientada al este. Estudiando las sombras que producen sobre la roca tallada que forma el suelo del interior del Templo, y analizando sus trayectorias y coincidencias, los incas tal vez podían reconocer el día del solsticio de invierno, es decir, el día en que los días volvían a crecer, asunto de gran importancia para planificar siembras, por ejemplo.

OTROS ADORATORIOS ANEXOS

La forma en “torreón” del Templo del Sol, con partes curvas y rectas, se debe al objetivo de rodear la gran roca que está debajo, en cuya zona basal hay una cueva interesante. Los incas sentían veneración por estas cavidades, que comunicaban con la Pachamama (Madre Tierra), de las que habían salido clanes familiares y donde gustaban sepultar a sus muertos. Por ello el conjunto debió constituir una huaca o lugar de veneración.

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La caverna que hay bajo el Templo del Sol pudo ser un lugar de veneración y comunicación con la Pachamama. El lugar está exquisitamente trabajado, con altares tallados en la roca natural y revestimiento interno de cantería y nichos. En esta unidad los incas tenían adoratorios para dos de sus deidades más importantes: el sol (arriba) y la Madre Tierra (abajo). 

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Esta grieta entre dos rocas naturales en la entrada a la cueva fue minuciosamente cerrada con sillares tallados y perfectamente ajustados. Es admirable como los canteros consiguieron introducir y encajar los bloques, sobre todo en la zona más angosta de este “reloj de arena”.

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Otro detalle de la mampostería de la caverna, con bloques poliédricos

Esta cueva tiene exquisito trabajo en los aparejos que recubren sus paredes interiores, con nichos alargados. Una roca natural en la entrada fue pulcramente tallada con escalones (más pequeños en su zona externa y más anchos y altos en la interna), aunque no parecen haber sido utilizados como escaleras, sino como soporte de objetos ceremoniales (altar). Pero quizá lo más extraordinario de este lugar es el relleno con bloques tallados de granito que los canteros incas realizaron a la derecha de la piedra escalonada, sellando el hueco que la separaba de la siguiente roca natural. Esa oquedad tiene forma de reloj de arena y es asombroso como los canteros consiguieron tallar y adaptar los bloques a las anfractuosidades y estrecheces entre ambas rocas. Tanto esmero confirma que el lugar tuvo gran importancia, pues rellenarlo con piedras no talladas de “pirja” hubiese sido mucho más sencillo.

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El interior natural de la cueva está cubierto de finas paredes con nichos trapezoidales y más rocas talladas en la base (la de la foto con una protuberancia que recuerda a la del Intihuatana). Lamentablemente hoy se ha vedado el acceso al interior de la cueva, lo que dificulta su inspección y estudio.

La interpretación que se ha dado a esta cueva es la de un mausoleo real temporal, destinado a albergar a la momia del inca Pachacútec cuando era llevada por miembros de su panaca a la ciudad que mandó construir (véase “Machu Picchu III: Ser y razón de Machu Picchu” en este mismo blog). No hay dato arqueológico alguno que permita confirmar algo así, pero tampoco negarlo, y nos parece una hipótesis compatible con lo que hoy se sabe de Machu Picchu, su origen, sentido y uso en el pasado. No obstante hay otras posibles interpretaciones igual de válidas, como ser un lugar de veneración a la Pachamama. Esta posibilidad nos parece algo más probable, pues las momias de los soberanos incas no solían depositarse en cuevas como las de los demás mortales. Permanecían en habitaciones de los palacios que habían ocupado en vida, donde eran agasajadas y cuidadas a diario. Y Pachacútec tenía su palacio de verano a pocos metros de este lugar, con buenos habitáculos donde colocar y agasajar su momia, como se hacía en su palacio del Cuzco.

A la izquierda del Templo del Sol encontramos una wayrona, o edificio de tres paredes. Destaca su mampostería basal, de poliedros megalíticos. Encima se ha reconstruido su tejado vegetal. La función de esta wayrona es desconocida, aunque pudo tener vinculación con ritos relacionados con la fertilidad, purificación y culto al agua en las fuentes de la ciudad, las primeras de las cuales (y la más importante y monumental de todas), están a su lado.

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Wayrona o edificio de tres paredes junto al Templo del Sol y las primeras fuentes (en primer plano la nº 4); debajo, un detalle de la cuidada mampostería de su interior a base de bloques poliédricos megalíticos

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Ya hemos hablado de las 16 fuentes concatenadas de Machu Picchu (véase Machu Picchu IV en este mismo blog). La primera se encuentra tras esa wayrona,  y se supone fue una fuente de uso reservado al Inca, que tendría acceso al agua pura recién llegada a a ciudad. La segunda fuente está entre los muros de la wayrona y el Templo del Sol.

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La fuente nº 1 se encuentra detrás de la wayrona y del muro posterior del Templo del Sol. Está también delante de la entrada al que se supone fue el aposento (palacio real) del Inca (sólo se interponen las escaleras). Aquí llega el agua del canal y se cree que la fuente era para uso exclusivo del Inca y sus más próximos familiares, donde realizarían sus baños y abluciones.

La tercera es la mayor las 16: se encuentra frente a la zona abierta de la wayrona (también la cuarta), y es conocida como “Fuente Sagrada” por ser adyacente a la huaca de la roca con la cueva. Su importancia se hace patente por sus mayores dimensiones y monumentalidad. La albañilería de su recinto es exquisita, con bloques graníticos finamente trabajados y ajustados que dejan cuatro hornacinas para apoyar objetos ceremoniales. Frente a la entrada de esta fuente fue tallada una gran roca allí presente, con varias repisas escalonadas, una de las cuales podría haber sido un asiento que daría vista a la fuente y a la ventana septentrional (“de las Sierpes”) del Templo del Sol. Sin duda, un lugar muy especial, también tal vez asociado en sus rituales a la wayrona.

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La fuente nº 3 es la mayor de las 16 fuentes concatenadas de Machu Picchu, y también la más monumental, con albañilería exquisita. Se encuentra junto a la “ventana de las Sierpes” (norte) del templo del Sol y a la wayrona, con una magnífica vista del cañón

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Las aguas siguen bajando de una fuente a otra hasta la número 16, aunque hoy lamentablemente es frecuente verlas casi secas cuando los trabajadores de mantenimiento desvían el flujo para sus menesteres, perdiendo la vida que les otorga las aguas corriendo y chorreando de una a otra. El canal de desagüe de cada una pasa a ser surtidor de la siguiente. Todas ellas tienen un murete cuadrangular con una entrada y alguna hornacina. Podemos suponer que los sirvientes de los pobladores temporales de la ciudad (y luego los empleados de mantenimiento el resto del año) acudían a estas fuentes a llenar de agua sus aríbalos, grandes vasijas que eran transportadas a la espalda. Junto a las fuentes escalonadas desciende una escalera, que además de facilitar el acceso a las mismas, sirve de comunicación  directa entre el sector alto (Templo del Sol) y bajo (el llamado Templo del Cóndor). La última fuente (16) queda aislada del acceso desde la escalera, por lo que sólo se llegaba a ella desde el interior del recinto del llamado Templo del Cóndor.

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Fuente nº 4

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Fuente nº 5

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Fuente nº6

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Fuente nº 7

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Fuente nº8

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Fuente nº9

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Fuente nº 10

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Fuente nº 11

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Fuente nº12

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Fuente nº 13

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Fuente nº 14

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Fuente nº15

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Fuente nº16, sólo accesible desde el llamado templo del Cóndor

LA RESIDENCIA O PALACIO REAL

Subiendo por la escalera de las fuentes un poco por encima de la wayrona que hemos visto se accede a un conjunto de edificios (conjunto nº 3) aislados de los demás. Es lo que se supone fueron los aposentos del inca Pachacútec (y cabe pensar que de algunas de sus esposas) durante su estancia en la ciudad, y que ya Bingham denominó “Grupo del Rey”. La puerta de entrada desde la escalera es relativamente angosta, y su simpleza parece poner en duda que fuese una puerta que diese acceso al palacio del Inca: sería de esperar una portada trapezoidal de doble jamba, digna de tan alto personaje, pero se trata de un pasillo estrecho y oscuro en plena escalera. Al otro lado de esta última, enfrente de la puerta, se encuentra la fuente nº 1, que como hemos visto líneas arriba, se supone era de uso exclusivo para el Inca.

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La puerta de entrada a la considerada residencia Real es en realidad un angosto pasillo abriéndose a la escalera. Es contradictorio un acceso tan simple para dar paso a un personaje de la importancia del Inca y su séquito.

Nada más traspasar la discreta puerta encontramos un pequeño habitáculo abierto a la izquierda, en una de cuyas paredes podemos ver una gran piedra tallada de la que sobresale una gruesa prominencia perforada, a modo de un aro lítico.Si examinamos su interior apreciaremos su suave pulido pese a tratarse de roca granítica. Ello hizo pensar a algunos estudiosos que dicho pulimento pudo ser debido a haber estado amarrado un puma. De nuevo nos parece una explicación fantasiosa, muy jugosa para contársela a turistas poco informados, pero en nuestra opinión sin ninguna lógica. Un puma aquí amarrado bloquearía totalmente el paso, pues el habitáculo y el pasadizo contiguos son pequeños. Parece mucho más lógica la otra explicación que existe, y es que en el aro se encajaría una antorcha que iluminaría el oscuro pasillo, donde además estaría un vigilante de la escolta del inca. Claro que también habría que comprobar si los incas empleaban realmente antorchas, pues para ello hacen falta combustibles que produzcan una llama luminosa y duradera. Los antiguos peruanos conocieron afloramientos de petróleo y brea (muy lejanos del Cuzco), así como resinas vegetales inflamables, pero no existen noticias en las crónicas acerca de su uso para iluminarse (sí en flechas incendiarias).

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En el pasillo de acceso al palacio Real desde la escalera hay un pequeño habitáculo con una argolla de piedra. Tal vez fue un puesto para la guardia personal del Inca

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Vista de la argolla desde abajo. Su función es desconocida. Algunos estudiosos suponen que pudo servir para encajar en ella una antorcha

Pasado este habitáculo saldremos por una portada estrecha a un patio al que abren sus puertas dos edificios enfrentados de cuidada albañilería. En el suelo de este patio aflora una roca parcialmente tallada, en la que destacan dos prominencias con forma de plato algo cóncavo. Como en el caso del mal llamado “Templo de los Morteros o de los Espejos”, hay quien piensa que se rellenaban de agua para funcionar como espejos. La suposición puede ser válida, pero sin más valor que el de una idea más de las muchas a las que estimula Machu Picchu. Los documentos coloniales no hablan del uso de tales espejos entre los incas, y mucho menos de su uso como superficies en las que observar el firmamento nocturno reflejado, otra explicación que en nuestra opinión se adentra ya en la fantasía o en tradiciones poéticas.

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El pasillo se abre a un patio en cuyo piso la roca natural fue tallada en dos prominencias, dándoles la forma de un plato con ligera concavidad

Tal vez sobre esta piedra tallada la familia real hacía algún ritual privado, del que desconocemos todo, pero hay otra posibilidad: al fondo cierra el patio un portal abierto al mismo y a esta roca tallada. Quizá este portal, que estuvo techado y con tres hornacinas en sus paredes, pudo ser el lugar en el que se depositaba la momia del inca cuando la panaca familiar de sus descendientes volvía a pasar una temporada a Machu Picchu. En tal caso podría ser que la roca tallada en el suelo alojase objetos relacionados con el agasajo y cuidado de la momia real. Esta hipótesis nos parece más plausible que la de espejos destinados a observaciones astrales, pero sigue siendo imposible de demostrar, y también tiene sus objeciones: por ejemplo su ubicación, algo alejada del posible habitáculo de la momia y estorbando algo en el acceso al conjunto.

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El pequeño habitáculo del fondo, al lado de la puerta a la que se abre el pasillo de entrada al patio, estuvo techado y probablemente con la mitad superior de sus paredes enlucidas y pintadas. Pensamos que tal vez aquí se depositaba o era agasajada la momia real cuando era traída por su panaca a Machu Picchu.

Los edificios a ambos lados de este patio son parecidos y de pulcra factura. Ambos habitáculos pudieron ser las habitaciones del inca, la coya y alguna esposa secundaria. En su interior las paredes muestran las características hornacinas trapezoidales incas. El situado al sur tiene en su puerta un gran dintel en el que se labró un discreto surco en horizontal.

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En el patio encontramos dos edificios enfrentados, de pulcra factura, que pudieron ser las habitaciones  del Inca, la coya y esposas secundarias principales. Se supone que el situado al sur (a la izquierda de la foto) pudo ser la estancia del Inca.

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Interior de la que se supone fue la estancia del Inca (habitación nº 4). Los hastiales del tejado, de cantería menos refinada, debieron estar enlucidos y pintados.

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La habitación 3  se encuentra enfrente, al otro lado del patio, y es prácticamente simétrica a la anterior. Se cree que pudo alojar a esposas o familiares destacados del Inca

Dentro existe una curiosa dependencia privada en el fondo, que se ha interpretado como un retrete privado para el inca. Este habitáculo es estrecho y su entrada angosta; en el extremo hay un canal de desagüe en el suelo que pasando a través de la pared desemboca en un canal mayor en la calle. La hipótesis es tentadora desde nuestra concepción occidental, pero debe interpretarse con cautela. Entre los incas no existían retretes o sus equivalentes, y los campesinos se deshacían de sus excrementos  enterrándolos en las tierras de labor ayudando así a su abonado. No tenemos datos de los cronistas acerca de estos detalles y el Inca, pero si sabemos que algunos de sus desechos, como cabellos caídos o esputos, eran rápidamente deglutidos por sus sirvientas para evitar que cayeran en manos de algún enemigo o hechicero, pues el Inca era prácticamente un dios. Desconocemos si también prevendrían el robo de las heces reales, pero cabe pensar que por si acaso serían incineradas.

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Esta estrecha dependencia privada al fondo de la habitación 4, dotada de un desagüe (al fondo), se supone pudo ser el retrete del Inca.

El edificio opuesto carece de dicho retrete privado, aunque tiene también una dependencia en el mismo lugar a la que se accede desde el patio común. En su interior se hallaron fragmentos de objetos ennegrecidos que han hecho suponer que el recinto pudo ser un área de cocina. Como el retrete, también aquí hay canales de drenaje atravesando la base de los muros.

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El edificio opuesto tiene una dependencia parecida, aunque sin acceso desde la habitación, que se supone fue área de cocina. También dispone de un canal de desagüe.

Un pasillo en el lado opuesto (oeste) corre al otro lado del muro comunicando estos dos aposentos reales con otros situados al norte que pudieron alojar a los yanacona o personal de servicio del inca y la coya. Además nos encontramos aquí con una terraza privada de este conjunto que se ha interpretado como un jardín tropical particular del inca, donde florecerían diversas plantas de la selva montaña circundante, como orquídeas, begonias, bromeliáceas, etc. visitadas por colibríes, tangaras y otras hermosas aves para solaz del inca que descansaba allí de sus conquistas.

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El conjunto del llamado palacio Real tiene una amplia terraza particular con una extraordinaria vista. Se piensa que aquí pudo existir un jardín tropical particular del Inca con orquídeas, begonias, bromeliáceas, colibríes, etc

LA CANTERA 

Si ascendemos la escalera que se interpone entre la residencia real y el Templo del Sol iremos a parar a la cantera de la ciudad, donde aparecieron numerosos martillos de mano usados por los picapedreros (véase “Machu Picchu IV” en este blog). Incluso se pueden distinguir los cimientos de algunas chozas circulares que pudieron ofrecer cobijo a estos trabajadores y un recinto rectangular que parece haber sido un corral de llamas.

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En la cantera aun se pueden distinguir los cimientos de algunas chozas circulares empleadas por los picapedreros

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Entre el caótico conjunto de bloques de granito de la cantera existe uno con una hilera de perforaciones unidas por una grieta, pero atención: se trata de un experimento efectuado por alguien en el pasado siglo. Los incas nunca utilizaron esta técnica.

La cantera es un caótico laberinto de rocas graníticas. Una de ellas muestra una hilera de agujeros y una grieta, pero no es algo hecho por los incas y ni siquiera es una técnica empleada por ellos para cortar roca: se trata de un experimento que algún moderno investigador efectuó remedando las técnicas egipcias en el corte de las rocas. Tal vez el INC debería sellar esos agujeros y grieta con cemento y polvo de granito para evitar equívocos y explicaciones erróneas a los visitantes. Los incas partían las rocas de la cantera con sus martillos y cinceles, aprovechando diaclasas y fisuras naturales en las rocas, no horadando agujeros alineados e hinchando cuñas de madera con agua, como se quiso demostrar aquí.

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Vista del corral rectangular para las llamas, y detrás la Roca de la Serpiente (señalada como RS). En las excavaciones realizadas en su entorno se encontraron objetos de interés (véase “Machu Picchu 2” en este mismo blog)

La última gran roca de la cantera en dirección a la Plaza Sagrada, flanqueada por los cimientos de dos chozas de picapedreros, tiene cierta importancia: se trata de la llamada “Roca de la Serpiente”. Bingham la llamó así por un borroso petroglifo en su parte superior, hoy difícil de distinguir.  La verdadera importancia de esta roca son los jugosos hallazgos que se hicieron en su entorno durante las excavaciones efectuados en 1912 por el equipo de Bingham. Allí se encontraron espejos de bronce, cajas de piedra delicadamente talladas, decoradas y pulidas, vasijas de cerámica decorada y el famoso cuchillo con un pescador que Bingham consideró el objeto más valioso hallado en Machu Picchu (véase “Machu Picchu II” en este mismo blog).

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LA PLAZA SAGRADA

Desde la Roca de la Serpiente entramos a la llamada Plaza Sagrada. En la nomenclatura empleada en Machu Picchu es frecuente sacralizar lugares con el pomposo nombre de “Sagrado”. Hay “Puerta Sagrada”, “Fuente Sagrada”, “Roca Sagrada”, “Plaza Sagrada”, etc. Sin embargo desconocemos como de sagrados eran realmente estos lugares. Un lugar sagrado lo es por su carácter divino o por su relación con desconocidas fuerzas sobrenaturales, que lo hacen objeto de veneración y respeto. Con frecuencia el acceso del pueblo a estos lugares es limitado o controlado, quedando restringido a una élite religiosa. Podemos suponer que algunos lugares tuvieron ese carácter, como el Templo del Sol y su entorno, pero en otros casos nos parece una suposición bastante gratuita (“Roca Sagrada”), cuando no totalmente (la llamada “Puerta Sagrada” es sencillamente la puerta de entrada principal a la ciudad). El conjunto 4 , que quedó inacabado, se ha denominado “Plaza Sagrada” por ser el mayor de los lugares ceremoniales no públicos de la ciudad. En efecto es una plaza amplia flanqueada en tres de sus lados por sendos edificios que parecen haber tenido finalidad religiosa. El cuarto lado se abre al oeste hacia el cañón del Urubamba. En ese lado hay una  sólida pared de cimentación de la plaza,  con forma semicircular y exquisita albañilería a base de grandes bloques minuciosamente encajados y pulidos.

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La plaza Sagrada quedó inacabada: el lado que se abre al cañón (oeste) se apoya en un muro sólido de cimentación con forma semicircular y excelente trabajo de cantería.

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Al este de la plaza se encuentra el llamado Templo de las Tres Ventanas, wayrona de 3 paredes que quedó inacabada con tres ventanas excepcionalmente grandes para los patrones incas.

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En el lado opuesto de la plaza de encuentra un notable edificio inacabado, llamado por Bingham “Templo de las Tres Ventanas”. Se trata de otra wayrona de tres paredes, elaborada con grandes bloques poligonales bien ajustados (estilo de bloques poliédricos megalíticos). Inicialmente tuvo cinco ventanas abriéndose a la plaza principal pública de la ciudad, pero en el transcurso de la obra dos fueron cegadas y reconvertidas a hornacinas interiores. Las ventanas de esta wayrona son excepcionalmente grandes para los patrones constructivos habituales de los incas. A Bingham le hicieron pensar en el mito originario de la dinastía inca, en el que los hermanos Ayar y sus esposas salieron de la cueva central de las tres cuevas del cerro Tampu Tocco. Aunque en algunos de sus textos llega a atribuir a Machu Picchu lugar el origen de los incas, pensando que el Templo de las Tres Ventanas sería Tampu Tocco (ubicación que hoy se sabe es disparatada), en otros más meditados propone que este templo sería una especie de memorial a esos ancestros y al mito de su origen.

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Inicialmente esta construcción tenía 5 ventanas, pero las de los extremos fueron cegadas y transformadas en hornacinas interiores

En cualquier caso la vista desde estas ventanas es magnífica, pues ofrecen un estupendo panorama de las plazas, del sector oriental de la ciudad y del impresionante telón de fondo montañoso por el que cada día asoma el sol. Por debajo, el equipo de Bingham encontró un gran número de restos de vasijas rotas, que parecían haber sido arrojadas ritualmente desde estas ventanas.

Parece que desde sus ventanas se arrojaban vasijas de forma ritual hacia el exterior: Bingham encontrón gran número de restos de las mismas debajo. En la foto se aprecian también las dos ventanas de los extremos cegadas.

Parece que desde sus ventanas se arrojaban vasijas de forma ritual hacia el exterior: Bingham encontró gran número de restos de las mismas debajo. En la foto se aprecian también las dos ventanas de los extremos cegadas.

Ello hace pensar que el lugar ya se utilizaba en ceremonias pese a estar las obras inacabadas. Como hemos visto (Machu Picchu IV), este edificio tiene huecos previstos para las vigas de madera del tejado y una columna monolítica en el amplio vano que mira a la Plaza Sagrada para darle apoyo central a esa larga viga, aunque parece que el edifico no llego a quedar techado. Valencia y Wright han señalado que una acanaladura labrada en el extremo norte del Templo, en el lado que mira a la Plaza Sagrada, parece haber sido la marca que indicaba a los canteros hasta donde debían rebajar la piedra para hacer la esquina.

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El Templo de las Tres Ventanas estaba siendo construido con estilo de cantería de bloques poliédricos megalíticos. En algunos de ellos se aprecian acanaladuras (abajo derecha) que podrían ser marcas guía que los capataces hacían para indicar a los canteros hasta donde debían rebajar la piedra.

Hacia el sur, dándole la espalda a la Roca de la Serpiente y a la cantera, hay otro edificio al que Bingham llamó la “Casa del Sacerdote”, pues suponía que desde allí partía el sacerdote supremo a dirigir las ceremonias que se celebraban en la Plaza. Lo cierto es que parece un edificio utilitario, de menor calidad en su mampostería. Tiene una hilera de hornacinas en su interior (una cegada en una esquina por un cambio de diseño en el edificio) y se abre a la plaza por dos puertas amplias.

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El edificio que Bingham llamó “Casa del Sacerdote” parece utilitario, con menor calidad en su mampostería. Frente a el, la gran losa que pensamos pudo ser un futuro altar ceremonial .

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Otra piedra tallada presente en el suelo de la Plaza Sagrada, que se presta con frecuencia a fantasiosas interpretaciones sin mayores fundamentos. El hecho de que apunte a la Cruz del Sur no significa que esa fuera su función (los incas no tenían constelaciones de ese tipo, sino basadas en las manchas de la Vía Láctea)

En la plaza se observa una gran losa, que algunos investigadores suponen se trata de un bloque abandonado durante el proceso de traslado. Fundamentan esa hipótesis en el relleno (dudoso) de cascajo que se aprecia en parte bajo la misma, y que pudo servir para facilitar su empuje sobre el terreno. Sin embargo, no nos parece que su destino fuese uno de los edificios que estaban en construcción en la Plaza Sagrada. Más bien pensamos que se trataba de un futuro altar ceremonial parecido al que está cercano al Puesto de Guardia, pero inacabado. Otro pequeño bloque romboidal presente en la plaza ha dado lugar a un sinnúmero de interpretaciones con poco o ningún fundamento (supuestas emanaciones energéticas, flecha apuntando a la Cruz del Sur, etc). Acerca de su supuesta orientación hacia la Cruz del Sur, conviene recordar que los incas no tenían constelaciones como las imaginadas por la cultura occidental uniendo estrellas imaginativamente. Su análisis del conjunto estelar era muy limitado, pues las constelaciones se basaban en las figuras imaginadas en las manchas de la Vía Láctea. Y el propio Inca Garcilaso nos dice en sus Comentarios Reales de los Incas que las únicas estrellas que les llamaron la atención fueron las Siete Cabrillas (Pléyades) “por verlas tan juntas”, pero que por lo demás “no miraron en más estrellas porque, no teniendo necesidad forzosa, no sabían a que propósito mirar en ellas. Ni tuvieron más nombres de estrellas en particular…”

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El llamado Templo Principal también quedó inacabado. Sus muros son extraordinarios con enormes bloque es su base perfectamente tallados y ajustados entre sí. Los sillares se ordenan hacia arriba en filas regulares decrecientes que crean un hermoso efecto estético.

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Opuesto a la “Casa del Sacerdote” se encuentra el denominado Templo Principal de la ciudad, otra wayrona inacabada abierta hacia la Plaza como el Templo de las Tres Ventanas. Sus muros son extraordinarios, con enormes bloques en su base perfectamente tallados y ajustados entre sí. Como en el muro posterior del Templo del Sol, los sillares van estrechándose en la zona más alta del muro, ordenándose en filas regulares que crean un hermoso y armónico efecto estético. Los hastiales no llegaron a construirse, y algunos bloques basales muestran marcas que hacen pensar en que estaban siendo terminados de trabajar en su superficie por los canteros. En el fondo del templo, un gran bloque rectangular parece evocar a un altar. También aquí encontramos una hilera de hornacinas trapezoidales alineadas en el interior, aunque muy elevadas e inaccesibles, lo que sugiere que fueron planeadas para colocar objetos de culto frágiles o que no precisaban ser removidos con frecuencia.

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Durante su construcción, el Templo Principal sufrió un grave percance: por un posible error en el cálculo de la cimentación, el pesado muro oriental se hundió unos centímetros dislocando la esquina con la pared norte. Se aprecia el posible altar y las elevadas hornacinas.

Sin embargo, pese a la cuidada factura el edificio sufrió un grave percance: debido tal vez a un error en el cálculo de la cimentación que precisaría, la pared oriental del templo resultó excesivamente gruesa y pesada y se hundió unos cuantos centímetros, dislocando la esquina con la pared norte y la regularidad de la hilera de hornacinas. El hundimiento debió comenzar ya cuando se iban a construir las cumbreras, y dado que el trabajo se interrumpió en la ciudad, el desperfecto nunca llegó a repararse, acentuándose en los siglos siguientes. Los fotos de Bingham de 1912 ya muestran ese hundimiento.

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Clavo lítico de función desconocida en la parte posterior del Templo

Por la parte de detrás de esta esquina hundida y dislocada, el muro muestra uno de sus bloques tallado con una  caja y pivote cuyo objetivo es desconocido. Recuerda algo a los clavos de piedra a los que se amarraban los sistemas de cierre de puertas , pero no parece haberse hecho para un propósito así, tal vez para fijar algún ornamento.

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Parte del muro posterior del Templo Principal, en la salida de la Plaza hacia el Intihuatana, se comparte con otro edificio extraordinario, llamado por Bingham “La Sacristía“, cuyo muro y hornacinas interiores vemos aquí.

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Bingham llamó “Sacristía” a este edificio por afinidad con las salas adosadas al templo en que se prepara la liturgia católica. Además de una impecable factura, cabe destacar la presencia de lo que pudo ser un altar bajo a lo largo de la pared del fondo.

Por el costado izquierdo del Templo Principal sale el camino que asciende al Intihuatana, pero antes de comenzar a subir sus escaleras nos encontramos un recinto de exquisita factura que comparte su pared derecha con la posterior del Templo Principal. Bingham lo denominó la “Sacristía” por asemejarlo a las salas adosadas al templo en las que se prepara la liturgia católica. La interpretación podría ser acertada. Tal vez aquí los sacerdotes y Vírgenes del Sol preparaban sus atuendos y objetos litúrgicos antes de salir a los actos ceremoniales y religiosos que se llevarían a cabo en la Plaza y sus edificios.

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En el interior destacan las hornacinas trapezoidales que alojarían objetos suntuarios.

Como indicamos, la “Sacristía” tiene un perfecto y minucioso trabajo de albañilería. En el interior destacan las hornacinas trapezoidales típicamente incas, que pudieron alojar ídolos, vasijas u objetos suntuarios (recordemos que los incas carecían de muebles en sus edificios). Los guías muestran a los visitantes un curioso fenómeno acústico: al susurrar en algunas de las hornacinas puede escucharse perfectamente la conversación en las de la pared opuesta. Sin embargo no pensamos que este efecto haya sido intencionadamente buscado por los constructores, pues es un efecto acústico fácil de apreciar en otras muchas construcciones cerradas.

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También destaca un pedestal con drenajes para líquido, que se ha interpretado como un banco o asiento, pero que más bien podría haberse destinado a otro uso ceremonial, a modo de pequeño altar en el que se derramarían líquidos o libaciones. Hay que tener en cuenta que los incas no utilizaron bancos como los empleados en Europa. Lo habitual era sentarse sobre pequeñas banquetas o tianas que se levantaban poco sobre el suelo. El bloque pétreo que se observa formando la base del muro a la izquierda de la entrada es megalítico y en él se han contabilizado 32 ángulos, algunos de ellos conformando la base de las 2 hornacinas interiores de ese muro (una de ellas sin haber sido terminada de tallar).

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EL INTIHUATANA

Desde la llamada Sacristía, una escalera de esmerada factura sube a un lugar que sin duda tuvo importancia religiosa. Se trata de un gran promontorio rocoso que los planificadores de la ciudad decidieron conservar, revistiéndolo de andenes y construyendo un notable centro ceremonial en su cima. De esta forma, en la distancia el lugar recuerda a una gran pirámide escalonada. Los andenes son estrechos y empinados, de acuerdo al relieve natural, y debieron servir para estabilizar las laderas, aunque después  se aprovechasen para sembrar plantas simbólicas o flores ornamentales, más que cultivos agrícolas.

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Desde lejos, el Intihuatana semeja a una pirámide escalonada, al haberse aterrazado de forma escalonada el promontorio rocoso en que asienta este notable centro ceremonial.

Como decíamos, una escalera sube a lo alto, con peldaños de granito tallado bien asentados entre sí. En una curva podemos ver la roca natural tallada dejando una argolla. Algunos opinan que pudo servir como apoyo para una antorcha, aunque de nuevo hablamos de una pura suposición (los incas no parecen haber usado antorchas portátiles de combustión prolongada). Todavía menos probable nos parece la posibilidad de que sirviera para sostener un estandarte real, como se ha propuesto. Los incas los usaban con moderación, por lo general en sus campañas militares, y no parece muy propio este lugar para colocarlo. Una posibilidad más que se nos ocurre es en servir como amarre de un animal, quizá de una llama destinada al sacrificio en la parte alta del templo.

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En la escalera de subida existe una argolla lítica tallada en una gran piedra. De nuevo desconocemos su función, pues no nos parece probable su uso como sujeción de una antorcha o un estandarte: pensamos que más bien pudo servir para amarrar una llama destinada al sacrificio en lo alto.

Poco después llegamos a una pequeña explanada con un edificio de tres paredes. Si nos acercamos  al este de esa explanada veremos un conjunto de piedras de las consideradas “espejo”. La llamadas “piedras espejo” son aquellas que los incas tallaban para supuestamente copiar o replicar las montañas del fondo. En Machu Picchu hay unas cuantas de ellas, o que al menos así han sido consideradas. Esto es una creencia asumida ya prácticamente por todos, pero ante la que soy algo escéptico. Si algo sabían hacer los incas era tallar la piedra exquisitamente, y si de verdad hubiesen pretendido replicar las montañas del fondo pienso que lo hubiesen hecho con más exactitud. En este caso del Intihuatana, las “piedras espejo” (que se consideran las mejores de la ciudad) se supone que tratan de replicar el cerro Yanantin y el Putucusi. La forma los remeda algo, es cierto, pero francamente creo que si los incas se hubiesen propuesto algo así seriamente, lo hubiesen hecho mejor. Además, cambiando la perspectiva puede parecer que lo que se intentó replicar es el cerro Huayna Picchu.

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Cerca de la explanada superior hay un conjunto de piedras llamadas “espejo”  o “imagen”, que supuestamente los incas tallaban para replicar las montañas del fondo, en este caso el cerro Yanantin (con niebla a media ladera) y el Putucusi (a la derecha, más bajo y sin niebla). Soy muy escéptico con este tipo de intencionalidades e interpretaciones. Los incas sabían tallar magníficamente la piedra y si realmente pretendiesen replicar esas montañas lo hubiesen hecho con más exactitud. 

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La misma piedra, desde otro ángulo, puede parecer que esboza el cerro Huayna Picchu y Huchuy Picchu. Muchos guías encuentran intencionalidad de formas de forma casi obsesiva en los lugares arqueológicos incas, aunque casi siempre sin base científica o documental.

En mis viajes por los lugares arqueológicos incas, los guías encuentran intencionalidad de formas de forma casi obsesiva: esta piedra representa la cara de un inca, aquella un inca sentado, esa un cóndor con sus alas abiertas, etc, cuando no todo un complejo: así algunos afirman que Machu Picchu tiene forma de cóndor desde el aire. Yo nunca he apreciado esa forma desde ningún punto cardinal, ni desde las cumbres cercanas o las fotos de Google Earth, y además ese supuesto contorno intencionado está siendo desdibujado, pues continúan despejándose nuevos andenes cubiertos de selva que modifican la morfología aérea de la ciudad. Soy muy crítico e incrédulo con estas cosas: Mirando las nubes o las rocas de una montaña uno puede imaginar caras, animales o lo que se le ocurra, pero de ahí a asegurar que hubo una intencionalidad en su creación media un abismo vacío de pruebas.

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El edificio de tres paredes que antecede a la plataforma del Intihuatana tiene una ventana que antes había sido una puerta trapezoidal, y a la que se cegó su mitad inferior.

El edificio de tres paredes al que hemos llegado tiene una ventana que antes había sido puerta trapezoidal. Un cambio de planes la reconvirtió a ventana, cegando su base. Lo mismo podemos apreciar en la construcción que está al lado, a continuación de unos peldaños minuciosamente tallados en la roca natural y que dan acceso a la última plataforma.

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Unos peldaños tallados en la roca natural de la base dan acceso a la plataforma en la que se encuentra la piedra conocida como Intihuatana. Junto a ellos vemos otra puerta parcialmente cegada en su base para ser reconvertida a ventana.

Es aquí, en el punto más elevado del conjunto urbano, donde se encuentra a famosa piedra tallada que Bingham llamó “Intihuatana”, por remedar a otra llamada así en el interior de un edificio de Písac. Ambas piedras tienen una protuberancia apuntando al cielo desde una plataforma. Cuando el viajero norteamericano E.G. Squier vio el Intihuatana de Písac pensó en un posible reloj solar, y escuchó el término de Intihuatana con que la población local conocía a esta piedra. Esa palabra significa “lugar en que se ata al Sol”. Según la tradición popular era donde los sacerdotes incas “amarraban” al Sol durante una ceremonia en el solsticio de invierno: como los días se iban acortando, en el día del solsticio un sacerdote hacía una ceremonia en la que amarraba simbólicamente al astro rey a la protuberancia del Intihuatana, de forma que el Sol detenía su “alejamiento” de la tierra y los días volvían a crecer, cosa que en efecto ocurría pasado el solsticio.

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El término “Intihuatana” es moderno, del siglo XIX y hace referencia a un “lugar en que se ata el sol” en el solsticio de invierno para evitar que el astro rey se siga alejando. Sin embargo no existe constancia documental alguna de esta ceremonia en época incaica ni de dicho término.

Hasta aquí todo muy poético, pero de nuevo sin ningún fundamento, como bien señala uno de los mayores especialistas del mundo en la cultura Inca, el Dr. John Rowe. Los incas no usaron relojes de sol basados en proyecciones de sombras como los europeos, ni existe ninguna referencia escrita por parte de los cronistas españoles que recojan esa tradición de amarrar al sol, o del propio término “intihuatana”. Rowe señala que, documentalmente, la primera vez que se habla de estas cosas y términos es en pleno siglo XIX, época de románticos viajeros en la que historias poéticas como la de amarrar al sol en los solsticios resultaban muy convincentes. Además, en ese siglo aparece en el mapa de Charles Wiener del entorno de Machu Picchu, en el fondo del cañón cerca del puente de San Miguel, otra piedra que remeda a la de la ciudad, y que aparece registrada como “Intihuatana”. Tiene un cierto parecido a la de Machu Picchu, aunque sin un pináculo. Sin embargo el autor de este blog ha podido detectar una referencia mucho más antigua a un “Intiguatana”, en un mapa colonial de 1786, presente en el Archivo de Indias de Sevilla, y que además aparece reseñado a la altura en la que se encuentra Machu Picchu: no obstante, podría corresponder al pequeño santuario inca homónimo que se encuentra en la base del cañón, cerca de la actual estación de tren de la Hidroeléctrica (véase artículo en este mismo blog “Machu Picchu I: Lo que buscaba Hiram Bingham”).

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Los incas tallaron las rocas naturales con mucha frecuencia labrando asientos, escalones, protuberancias… Estas piedras esculpidas fueron ushnu-altares vinculadas a lugares sagrados (huacas) naturales, como cerros, cuevas, grandes rocas, etc.

Entonces, ¿qué pudo ser el Intihuatana de Machu Picchu?. Sabemos que los incas tallaron las rocas naturales con mucha frecuencia, labrando en ellas plataformas, “asientos de inca”, escalones, protuberancias, etc. Existía un arraigado culto a la piedra, fuese natural o intervenida por los canteros. Los cronistas españoles nos hablan de templos o huacas naturales (montañas, rocas, cuevas…) y artificiales (edificios): así un jesuíta anónimo al referirse a sus altares naturales escribe que “… a lo máximo hacían en tales lugares un altar de piedra que lo llamaban osno para sus sacrificios”. Dado el gran número de huacas naturales que tenían los incas por su territorio, es fácil imaginar la gran cantidad de ushnu-altares que habría en el Tahuantinsuyu. De hecho aparecen ejemplos por todas partes (Chinchero, Ollantaytambo, Písac, Kenko, Chuquipalpa, etc). El cronista Guamán Poma de Ayala nos proporciona dibujos de los adoratorios, uno de ellos con un pináculo de piedra sobre el que hay un ídolo colocado. El parecido con el Intihuatana de Machu Picchu o Písac es notable.

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En este dibujo del cronista Felipe Guamán Poma de Ayala (“Nueva Corónica y Buen Gobierno”, fines s XVI-inicios s XVII) podemos ver una altar-ushnu que tiene notables semejanzas con los “intihuatanas” de Písac o Machu Picchu. En él hay un ídolo colocado en la “aguja” de piedra, mientras un sacerdote se dispone a sacrificar una llama negra a los ídolos, dioses y cerros designados por los incas durante el lluvioso mes de marzo.

Por tanto parece sensato pensar que estas piedras esculpidas eran altares destinados para actos ceremoniales o religiosos, usándolos para colocar utensilios litúrgicos, vasijas o ídolos, para posicionar personajes o Escogidas (acllas) participantes en la ceremonia, y para oficiar sacrificios de llamas en sus plataformas, algo frecuente en las fiestas incas. Nos parece que el Intihuatana de Machu Picchu debe incluirse en el conjunto de piedras ceremoniales naturales talladas por los incas en sus asentamientos, y que sus funciones podrían ser similares. En concreto, esta piedra está tallada con unas plataformas que parecen sugerir un altar en el que sacrificar llamas, y también tiene una gran oquedad con aspecto de asiento o trono.

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Se ha sugerido que el pináculo de piedra puede ser una estilización del cerro Huayna Picchu que está detrás, reproduciendo sus laderas y sombras, aunque posiblemente su tallado tuvo unos orígenes y motivaciones más simples.

En cuanto al pináculo de piedra, se ha sugerido que pudo ser una estilización abstracta del cerro Huayna Picchu que está detrás, una “piedra espejo” estilizada, reproduciendo sus laderas y sombras. Así considerada, como una estilización, la interpretación podría ser aceptable. O tal vez simplemente los canteros que trabajaron esta roca natural la fueron esculpiendo dándole formas geométricas a partir de su relieve natural original. Tal vez la roca madre tenía esa parte más protruida y el cantero simplemente decidió dejarla dándole forma de prisma, antes de continuar con el “asiento” y “altar”. Las cosas seguramente fueron más simples de lo que nos las imaginamos.

Con todo muchos visitantes de turismo esotérico creen firmemente que el Intihuatana y su pináculo irradian energías telúricas. La gente abrazaba y se apoyaba en esta piedra para captar esas supuestas energías, hasta que fue preciso acordonarla. Pero en cuestiones energéticas lo cierto, lo indiscutiblemente cierto, es la explicación que le escuché a un guía en cierta ocasión, cuando estaba con su grupo en este lugar: “Muchos dicen que esta piedra desprende e irradia energía, pero… miren, la única energía comprobada que se genera en esta zona de Machu Picchu es la que se produce allí…”, y decía esto último mientras señalaba a la central hidroeléctrica de Machu Picchu, visible desde el Intihuatana más abajo del Puente San Miguel. En efecto, desde el Intihuatana se tiene una extraordinaria vista del cañón del Urubamba, de Huayna Picchu, de las plazas de la ciudad y del barrio oriental (Hurin).

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Vista del Cañón del Urubamba y cerro San Miguel desde el Intihuatana. Al fondo se distingue la central hidroeléctrica de Machu Picchu.

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El cañón con el río Urubamba y el cerro Huchuy Picchu, vistos desde lo alto del Intihuatana

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En la esquina sur, la roca basal también está tallada con peldaños y una pequeña plataforma en V

Cerca de los peldaños que dan acceso a la plataforma del Intihuatana, en la esquina sur de la misma, una piedra tallada en forma de V apunta al sur en dirección al Monte Salkantay, un apu o montaña sagrada de los Incas no muy distante pero no visible desde aquí. De nuevo con frecuencia se da por intencionada esa orientación sin que nada pruebe dicha voluntad expresa, que bien puede ser una casualidad.

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Escaleras que descienden a otras plataformas y a la escalera que baja al barrio bajo (hurin). Al fondo, la montaña Machu Picchu.

Al norte del Intihuatana, unos peldaños nos llevan a dos plataformas consecutivas, desde donde desciende una larga escalera a la plaza principal que separa el barrio alto (Hanan) del bajo (Hurin). En la siguiente entrega de este blog vamos a recorrer este último…

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El barrio bajo (hurin) visto desde lo alto del Intihuatana

Texto y fotografias: © José Mª Fernández Díaz-Formentí / http://www.formentinatura.com

Prohibida su reproducción total o parcial

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA:

La bibliografía sobre Machu Picchu es extensísima. Estos libros que cito a continuación son algunos de los más recomendables por su amenidad, interés y/o rigor:

– Bingham, Hiram (1948): Machu Picchu, la Ciudad Perdida de los Incas (Lost City of the Incas). Numerosas ediciones en español e inglés. También interesantes sus artículos en National Geographic, especialmente los de abril de 1913 y febrero de 1915

-Bingham, Hiram (1930). Machu Picchu. A Citadel of the Incas. Hacker Art Books, Nueva York, 1979

– Bingham, Hiram (1922). Inca Land. Constable & Co. limited, Londres.

– Burger, Richard y Salazar, Luzy (eds): Machu Picchu. Unveiling the mystery of the Incas. Yale University Press, New Haven and London, 2004

– Wright, Kenneth R. y Valencia Zegarra, Alfredo. Machu Picchu. Maravilla de la ingeniería civil. Universidad Nacional de Ingeniería y Colegio de Ingenieros del Perú, Lima 2006. (Traducción de “Machu Picchu. A civil engineering marvel“. American Society of Civil Engineers, Virginia, 2000)

– Wright, Ruth M. y Valencia Zegarra, Alfredo. The Machu Picchu Guidebook. A self guided tour. Facultad de Ingeniería Civil. Universidad Nacional de Ingeniería, Lima, 2007

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